El prestigio de lo incomprensible

Referirse a los discapacitados como «tontitos» en una reunión a finales de febrero le valió un aluvión de críticas a la popular Celia Villalobos. La secretaria cuarta de la Mesa del Congreso se decidió entonces a responder por escrito a todos los que la habían regañado, y explicó en una carta que todo había sido un malentendido o incluso una tergiversación intencionada por parte de José Bono, presidente de la Cámara Baja. Las disculpas iniciales de los portavoces del PP ya habían calificado de equívoco las palabras de Villalobos, pero en este caso malentendido parece ser un puro eufemismo.

Villalobos no empleó la palabra «tontitos» ni nada semejante. En el texto que ha publicado, acusa a Bono de utilizar «de forma torticera […] una frase que era justamente lo contrario de lo que yo afirmaba». Sin embargo, yo me inclino por creer en la buena fe del presidente de la Cámara, y no por confianza en su imparcialidad ni en su dominio de la exactitud terminológica, sino sencillamente porque los malentendidos son muy frecuentes y todos somos víctimas de la incomprensión de nuestros interlocutores. Puede ser que Bono no se esforzara mucho en este caso por comprender a Villalobos, pero es muy normal en cualquier caso que, a pesar de todos nuestros desvelos, acabemos sin entendernos unos a otros. ¿Por qué no nos entendemos mejor?

Según fuentes antiguas pero poco fiables, cuando los conquistadores llegaron a Yucatán, preguntaron por el nombre del lugar. «No os entendemos», contestaron los indígenas. La respuesta, en las orejas españolas, sonó algo así como «Yucatán», y la provincia se bautizó con un nombre que representa literalmente la falta de entendimiento mutuo. Se podría escribir la Historia de la humanidad en términos mal entendidos: en todos los encuentros entre culturas suceden casos de falta de comprensión, a menudo violentos. Los equívocos son parte de nuestras vidas diarias. De ellos surgen guerras, parejas se disuelven, se rompen amistades, se condenan a inocentes mientras que los culpables andan sueltos, los negocios fracasan, los chistes se toman por insultos, lo genial de una obra de arte escapa al conocimiento del público mientras los críticos aclaman un montoncito de basura…

En mi trabajo docente soy muy consciente de lo difícil que es comunicarse con los alumnos. A veces me da la sensación de que me están entendiendo, y luego me llegan sus trabajillos, con versiones torcidas de mis conferencias, arrojadas por allí como fragmentos de un naufragio, devueltos por un mar cruelmente transformador. A veces los políticos explotan la normalidad de los malentendidos para disfrazar sus mentiras bajo la oscuridad de las aclaraciones.

Es curioso que sea así. Solemos nosotros, los seres humanos, felicitarnos de nuestra aptitud comunicativa al lado de la de otros animales. Al igual que los demás monos, utilizamos los mismos gritos y gestos, las mismas muecas y vocalizaciones, pero tenemos también la ventaja supuestamente única del lenguaje. Disponemos de medios escritos, que se complementan con una gama enorme de dispositivos técnicos para eliminar errores y ambigüedades. Nos jactamos de nuestra inteligencia, que debería servir para anticipar y evitar los malentendidos. Pero a pesar de todo seguimos entendiéndonos mal. Nuestra incomprensión parece incomprensible. Por lo visto, otros animales, con sistemas de comunicación poco desarrolladosy relativamente sencillos, se entienden mejor que nosotros. Todos los miembros de la tribu chimpancé saben distinguir entre el grito de «Hay comida» y el de «Hay peligro», mientras que, por ejemplo, entre los seres humanos, el gesto con los dedos que significa «Me gusta» en Uruguay es un insulto grosero en Brasil, y los negocios de empresarios occidentales fracasan en Japón por el hecho de que los nipones, para evitar el disgusto de decir que no, sustituyen la negativa por frases eufemísticas y falsamente esperanzadoras como «Está bajo consideración».

El problema, además, está aumentando. El temor al choque de civilizaciones y las necesidades de la mundialización económica exigen más comprensión que nunca, pero estamos viviendo una auténtica edad de oro de los malentendidos, que crecen y se profundizan de un día para otro. La multiplicación de medios de comunicación da lugar al incremento exponencial de casos de incomprensión, debidos a la falta de cuidado de los interlocutores o a los defectos de las nuevas tecnologías. Las tecnologías mal dominadas (y ninguna más que la desgraciada autocorrección, por el cual cualquier mensaje puede salir hecho jirones) son responsables de casos verdaderamente lamentables. En la Red se pueden leer ejemplos divertidos, como el de la pareja que iba a divertirse antes de que la autocorrección convirtiera el mensaje en nos vamos a divorciar; o el del masajista que comunicó a un colega que había pasado el día entero masacrando a sus clientes.

Otras circunstancias propicias para aumentar los malentendidos son el mayor alcance de los medios de comunicación, que atraviesan cada vez más fronteras culturales y lingüísticas con cada vez más posibilidades de extraviarse; el auge del inglés -un idioma que, como herramienta de comunicación global, nadie domina perfectamente (ni siquiera los propios ingleses, que siguen hablando su propio dialecto poco inteligible)-; la multiplicación de comunidades introspectivas y de los argots privados; y las rutinas frenéticas de la vida actual, que no nos permite pararnos a pensar antes de enviar un correo electrónico o un mensaje de texto, ni conversar con detenimiento.

Parece que habitamos una cultura que valora el prestigio de lo ininteligible, manifestado en el lenguaje hierático y esotérico de los especialistas académicos y técnicos. Hace poco tiempo, un par de investigadores norteamericanos demostró la existencia de este tipo de prestigio, ofreciendo la misma conferencia en dos versiones: la una lúcida en lenguaje directo y normal, la otra desatinada, en un argot académico, diseñado para desconcertar al público. Por supuesto, los auditores, cuando se les sometió a un sondeo, prefirieron la conferencia ininteligible, que les pareció más erudito.

Hay malentendidos a propósito, como las ambigüedades literarias o proféticas o las charlatanerías políticas, y otros inocentes, radicados en diferencias de enfoque o en discrepancias semánticas. Un chiste argentino cuenta que la ONU fracasó en su intento de hacer una encuesta mundial con la pregunta «Disculpe, ¿qué opina usted de la escasez de alimentos que afecta al mundo?». En Europa occidental nadie entendía qué era «escasez». En China nadie entendía qué significaba «opina». En África nadie entendía qué eran «alimentos». En EEUU nadie comprendía qué es «afecta al mundo». Y en Argentina nadie entendía qué era «disculpe».

Según las teorías de Ferdinand Saussure, el fundador a principios del siglo XX de la ciencia lingüística moderna, la incomprensión surge de la misma naturaleza de la comunicación humana, por emplear un simbolismo arbitrario, que relaciona palabras con supuestas realidades con las cuales aquéllas no tienen nada que ver. La ciencia cognitiva permite la misma conclusión. Nuestra actividad cerebral, cuando intentamos comunicar una idea, o cuando la recibimos y la registramos en nuestros propios cerebros, resulta tan compleja que es casi inconcebible que la idea no salga siempre afectada por el proceso: la conflagración de sinapsis, la inundación de proteínas…

tenemos que vivir entre malentendidos. En lugar de preocuparnos, sería mejor buscar la virtud de la incomprensión. Los listos aprovechan los malentendidos, como el profesor Tornasol, personaje de los cuentos de Tintín, que abusaba de su propia sordera para oír la aprobación de sus interlocutores, aun cuando proclamaban su desacuerdo con gritos de furor. En muchas culturas, la falta de claridad se venera como un rasgo divino, propio, por ejemplo, de visionarios proféticos, como el oráculo de Delfos o la Sibila de Cuma, que, según Virgilio, «envolvía la verdad en lo oscuro».

La literatura sería inconcebible sin la posibilidad del error interpretativo, que nutre las metáforas y las ambigüedades intencionadas. ¿Cuántos amores durarían si las parejas se entendiesen perfectamente, incluyendo sus mentiras y evasivas? Sin malentendidos, el progreso se acabaría, pues toda idea nueva procede de una idea antigua mal entendida. La vida diaria sería insoportable, por no poder convertir insultos en comentarios útiles, mentiras en consuelos o insensateces en sugerencias aprovechables. Las preciosas diferencias entre culturas se mantienen a través de expresiones intraducibles. Según el gran erudito Salvador de Madariaga, un español es incapaz de apreciar lo que significa la droit para un francés, o el fair play para un inglés sin estudiar las culturas francesa e inglesa.

Así que los malentendidos nos estimulan a mejorar el alcance de nuestras simpatías culturales. La incomprensión, tal vez, es una facultad evolucionada con funciones ventajosas para nuestra especie. Si llevamos ventaja sobre los chimpancés, por ejemplo, podía ser, en parte, por entendernos mal. No culpemos a Bono por su mala interpretación de las palabras de Celia Villalobos. Su falta de comprensión le acredita como un tipo bastante evolucionado.

Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

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