El principal reto del mercado laboral

Uno de los principales maestros del laboralismo europeo, el profesor italiano Romagnoli, dijo ya hace algún tiempo que el Derecho del Trabajo comienza a pensar a lo grande. ¡Qué buen augurio para nuestra realidad española! Es en estos momentos de crisis, cuando más acuciante se hace asumir la grandeza de la tarea que tenemos por delante y la necesidad de dar un papel protagonista a las leyes laborales. Ante el drama del paro en nuestro país, la tentación es sentirse impotente, pesimista si se quiere. Pero España nunca ha sido impotente en su historia. Ha sabido superar, en cada momento puntual, los retos a los que se ha enfrentando, ya fuera conquistando tierras extranjeras, luchando por su independencia, defendiendo su cultura, creando nuevos regímenes políticos o, cómo no, superando crisis económicas profundas. Todo ello se ha conseguido con liderazgo, unión, decisión, valentía y visión de futuro. Calificativos que deberían ser los pilares iniciales del comienzo de la recuperación de nuestro mercado laboral.

Nuestra disciplina laboral tiene unas funciones de gran altura dentro del sistema económico que no conviene menospreciar en absoluto. En primer lugar, la normativa del trabajo tiene tradicionalmente una primera función estabilizadora de las relaciones entre empresario y trabajador. Consigue encauzar el llamado conflicto social dando pautas de equilibrio entre derechos y obligaciones para ambas partes supuestamente con intereses contrapuestos. No cabe duda de que ello potencia claramente el progreso económico y empresarial de cualquier país.

En segundo término, la legislación laboral es impulsora del crecimiento en múltiples vertientes: económica, social, empresarial… El dictado de normas en el lugar de trabajo, donde se desarrollan relaciones personales, consigue no sólo mejorar el bienestar económico de las personas que participan de las mismas, sino su propia progresión personal con mayores conocimientos, formación y motivación ante las tareas que se les encomiendan. En este sentido, cabría afirmar que la norma laboral siempre nos acompaña en cada día, en cada empleo.

En tercer lugar, el Derecho del Trabajo es conformador de la personalidad del trabajador porque establece los límites de sus obligaciones y sus derechos, acotando la posible intromisión empresarial a sus derechos más fundamentales como la intimidad, el honor, y la dignidad personal, que son intrínsecos al ser humano.

Y, finalmente, una legislación laboral equilibrada y adaptable a las circunstancias es el instrumento esencial de una buena gestión de los recursos humanos de la empresa, que en definitiva hará, sin lugar a dudas, que ésta pueda crecer.

En definitiva, el Derecho del Trabajo es cada vez más el Derecho del Empleo.

Como vemos, debemos aprovechar esta vocación ilustre de la normativa de trabajo para tratar de salir del abismo laboral en el que en estos momentos nos encontramos. Bien es cierto que ahora no somos los más fuertes, ni los más altos, pero estamos llamados a un reto histórico de adaptarnos con rapidez a tomar medidas audaces, ambiciosas y precisas, para conseguir que España, de una vez por todas, ponga freno a la crisis brutal que estamos atravesando y podamos levantar la cabeza ante nosotros mismos y ante los demás por haber conseguido invertir la tendencia, siendo campeones del empleo, como en alguna época reciente.

Un lamento atontado ya no nos sirve. Debemos conseguir construir un nuevo modelo para nuestro país, no vaya a ser que en las siguientes crisis (que las habrá), volvamos a los rankings infames de desempleo, y ese problema no preocupa tanto porque seamos el contraejemplo sino por los dramas que encierran esas cifras. Y lo que es insostenible en un país es que haya miedo, literalmente, a contratar. Como la tarea es ingente, nos corresponde participar a todos pero evidentemente el papel protagonista, el guía de esta labor, va a descansar fundamentalmente en el Gobierno que salga de las urnas en las próximas elecciones generales.

Para ello, en el ámbito del mercado de trabajo que nos ocupa en estos momentos, el Leitmotiv que debe presidir ese cambio se resume en una única palabra: estabilidad. No tanto la estabilidad del puesto de trabajo, sino la estabilidad de la empresa. La estabilidad del mercado de trabajo, es decir, del empleo. Ese debe ser, ni más ni menos, nuestro objetivo. Cierto es que en la realidad actual, donde la incertidumbre es la reina de los acontecimientos sociales y económicos, parece una contradicción propugnar como valor la certeza, pero tenemos todas las condiciones para conseguir esa estabilidad: somos conscientes del problema, siempre hemos tenido capacidad de reacción, estamos perfectamente preparados y, en definitiva, se pueden apuntar unas soluciones responsables que deben ser asumidas en nuestro entorno laboral.

Nadie quiere resignarse (salvo los de tendencia masoquista, y conozco a pocos) a dar por perdido el lugar que nos corresponde en el mundo, en general, y en Europa en particular. No conozco ningún cambio sustancial en mi disciplina laboral que haya sido fácil, que no esté exento de dificultades y que haya sido en muchas ocasiones contestado socialmente, pero precisamente el camino se ha recorrido para conseguir un mayor éxito a largo plazo. Y ahora que hay mucha frustración, es cuando ese cambio es más preciso que nunca, sin demasiadas vacilaciones. No parece ser el momento de medias tintas, sino de la búsqueda de una esperanza para nuestro país con decisiones firmes y audaces. En el área laboral se pueden adoptar todavía muchas iniciativas.

Sin ánimo exhaustivo y simplemente esbozando unas líneas generales, considero que el cambio de modelo laboral debería pivotar en torno a una serie de ejes. En primer lugar, una nueva cultura laboral. Frente a la confrontación, nuevos modos de cooperar. Frente al quietismo, innovar. Necesitamos un nuevo modelo normativo que debe estar sustentado en la empresa actual, en el mundo global del siglo XXI y no en un modelo de hace décadas. Se precisa un cambio de mentalidad, transmitiendo un nuevo mensaje laboral en todos los ámbitos: empresarial, político y sindical, con una clara vocación de espíritu Reformista (en mayúsculas).

En segundo término, nuevas formas de contratación laboral. Las viejas y numerosas fórmulas de contratos de trabajo han demostrado que se utilizan como verdaderos mecanismos de flexibilidad laboral externa, finalidad totalmente viciada. El contrato debe servir para asegurar la estabilidad mencionada anteriormente y, para ello, se precisan nuevos instrumentos de contratación. Todo el foco de atención debe estar en el contrato, no en el despido como hasta ahora.

Tercero: nueva formación. Estamos instalados en la Economía del Conocimiento, ése es nuestro futuro: trabajos con cualificación elevada que puedan entrar en competencia con otros países. Por ello, la formación debe emprenderse, de forma continua, como derecho básico del trabajador pero con la búsqueda de un objetivo país de futuro claro.

Cuarto: nueva flexibilidad. Todo es cambiante, la empresa también. El despido no debe ser el primer mecanismo a utilizar para la adaptación a ese cambio. La ley laboral tiene la responsabilidad (y ahí el convenio colectivo es pieza fundamental) de no obstaculizar esa ineludible necesidad.

Quinto: nueva productividad. Los mecanismos de estímulo de la productividad de nuestros trabajadores y de nuestras empresas deben ser el frontispicio de cualquier regulación o reforma que se adopte en el ámbito de las relaciones laborales. Ésa es la clave de la competitividad y de la mejora de nuestra maltrecha situación económica.

En definitiva, los retos son claros y numerosos pero no me cabe duda de que, como en otras ocasiones, existen las bases y los deseos para poder escribir una historia de éxito.

Por Íñigo Sagardoy de Simón, presidente de Sagardoy Abogados.

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