El príncipe de las mareas

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 22/07/07):

De todo el vademécum de frases impactantes que en las obras de Shakespeare sirven de llave para abrir las puertas esenciales de los grandes arcanos de la condición humana, pocas han estimulado la imaginación de filósofos, estadistas, estrategas y creadores de toda laya como la que Bruto le dirige a Casio en la tercera escena del acto cuarto de Julio César, cuando le propone tomar la iniciativa y atacar en Filipos al ejército enviado a Grecia por los herederos del dictador asesinado por sus puñales: «There is a tide in the affairs of men which, taken at the flood, leads on to fortune». Puesto que no es fácil encontrar dos traducciones iguales, yo aporto la mía: «Hay una marea en los asuntos de los hombres que, si se coge en la pleamar, conduce hasta la fortuna». Pero sólo es contraponiéndola a la reflexión siguiente como esta cita adquiere todo su sentido: «Omitted, all the voyage of their life is bound in shallows and miseries». O lo que es lo mismo -dicho sea con cierta libertad-: «Si (esa marea) no se aprovecha, todo el viaje de sus vidas transcurre entre escollos y miserias».

Es la loa perfecta al sentido de la oportunidad, al mérito del hombre capaz de aguardar pacientemente a que llegue su hora, pero que no duda lo más mínimo en encaramarse a la cresta de la ola cuando surge la ocasión perfecta para hacerlo. Bismarck solía decir a este respecto que el líder político debe ser alguien que, pegando la oreja al suelo, pueda reconocer el sonido remoto de los cascos del caballo de la Historia para estar preparado para aferrarse a sus crines y saltar sobre su lomo en el momento preciso en que pase por delante. También la conducta del halcón que sobrevuela ojo avizor el teatro de los hechos y que súbitamente quiebra su aparente impasibilidad para precipitarse sobre su presa y apoderarse de ella en un santiamén, es una buena metáfora de lo que trato de describir.

De la misma manera que sus aduladores moldearon en torno a Aznar la aureola de la buena suerte -con flor en el trasero incorporada-, los pelotas de turno ven ahora a Zapatero como el privilegiado depositario de ese don -que ellos resumen como el arte del manejo de los tiempos- en cantidades superlativas. «Nadie domina el timing político como el jefe», alegan sacando pecho algunos exultantes funcionarios de Moncloa.

Haciendo honor a aquello de que es mucho más importante caer en gracia que ser gracioso, Zapatero ha visto cimentada su leyenda sobre dos acontecimientos imprevistos hasta por sus más entregados admiradores: la conquista del poder en el PSOE en el 2000 y la conquista del poder en el Estado en el 2004. Es indudable que si en el primer caso existió una concienzuda planificación de la captación de las voluntades de los delegados al Congreso, en el segundo se produjo una hábil manipulación -amoralidades o inmoralidades al margen- de una situación límite excepcional. Una y otra vez Zapatero puso de relieve una muy poco común sangre fría.

Si estuviéramos en una tertulia radiofónica sus múltiples detractores se apresurarían a añadir que en ambas ocasiones también exhibió una absoluta falta de escrúpulos y yo no tendría ningún inconveniente en asentir… si se me admitiera la enmienda de dejar su perversidad en relativa. Pero, en todo caso, insisto en que no estoy acometiendo un juicio ético sino tan sólo una descripción entomológica. Una vez el Rey definió espontáneamente a Aznar como «un picha fría» y es ciertamente en la flema en lo único en lo que se parecen Zapatero y él.

Pero también el final de esta legislatura empieza a adquirir algunos de los rasgos que caracterizaron al último tramo de la primera de Aznar. Estamos como entonces ante la ruptura de una tregua por parte de ETA y eso siempre implica -al margen de cual sea la actitud de la oposición- un cierto cerrar filas de la ciudadanía en torno al Gobierno y las Fuerzas de Seguridad como último baluarte en el que se puede encontrar protección frente al terror. Y al igual que hace ocho años parece que, de repente, al poder la suerte le saliera al encuentro y en cambio todo fueran pulgas para el perro flaco de la oposición. ¡Cuán volátiles son los estados de opinión! No han pasado ni siquiera dos meses desde que el PP ganara sus primeras elecciones de ámbito nacional tras ese mágico 2000 y ya hay encuestas que, por primera vez desde que Zapatero llegó a La Moncloa, sitúan al PSOE rondando la mayoría absoluta.

Todo el tenderete del actual presidente está cogido con alfileres, pero no cabe duda de que la eventualidad de que nos aguarde un segundo mandato suyo resulta hoy -si quieren que añada «por desgracia», lo hago sin incomodidad alguna- más verosímil que nunca. A ello han contribuido su nueva victoria en el Debate sobre el estado de la Nación con la efectista promesa de los 2.500 euros lineales por cada bebé felizmente alumbrado camino de los pupitres sobre los que se impartirá la obligatoria Educación para la Ciudadanía, la tan resultona como inane remodelación del gabinete -ser ministro ya no es lo que era, pero hay quienes dan mejor que otros en la tele-, la razonable buena marcha de la Economía a pesar de los negros nubarrones que acechan en el horizonte y, sobre todo, la alentadora cadena de detenciones de etarras con las manos en la masa a uno y otro lado de los Pirineos.

Esa es la operación algebraica que más nos importa: la que resulta de cotejar las ventajas políticas y operativas obtenidas por ETA durante la tregua con el perfeccionamiento de la capacidad de infiltración, control y seguimiento de sus actos desarrollado paralelamente por las Fuerzas de Seguridad. De momento el equipo de casa va ganando y sobre todo da la sensación de dominar el partido. Gaudeamus igitur. Rubalcaba podrá ser un malvado, pero una vez más ha demostrado que no se chupa el dedo. Y cuando Joan Mesquida llegó al mando único de la Policía y la Guardia Civil con el mensaje de que debían trabajar sobre la hipótesis del fracaso del proceso de paz, sabía lo que se decía. Entre otras cosas porque se había estudiado a fondo las anteriores treguas, le había preguntado a su ministro si a la hora de la verdad el Gobierno estaría dispuesto a darle a ETA algo distinto de un plan escalonado para reinsertar presos y, tras obtener un escueto «no» como respuesta, había llegado a la conclusión de que, por mera inercia, a los terroristas no les quedaría otra sino volver a las andadas.

A punto de cumplirse los 50 días desde la ruptura del alto el fuego, ETA no ha logrado aún cometer ningún atentado y ha sufrido serios descalabros en circunstancias nada honrosas para unos bisoños militantes que dejan tirado un coche cargado de explosivos en el arcén de una autovía andaluza, se dejan capturar en la estación de Santander por meros policías de base tras dar patentes muestras de nerviosismo o salen huyendo de un taxi apenas avistan una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico. No es difícil presumir que estamos ante una ETA crecientemente humillada y confundida, y por lo tanto cada día más rabiosa, capaz tanto de volver al tiro en la nuca contra objetivos fáciles como de intentar acometer algún atentado espectacular que le devuelva su prestigio operativo. Por mucho que haya enseñado los dientes y afilado sus uñas durante la tregua en el plató de la sociedad de la información, ETA perdería rápidamente todo el territorio conquistado en el imaginario colectivo si se consolidara la sensación de que la eficacia policial está logrando reducirla a la condición de mero tigre de papel.

Si alguien puede saber que estos éxitos de las Fuerzas de Seguridad, aparentemente casuales, no son fruto de los «milagros» es un ex ministro del Interior como Rajoy. De hecho cada golpe policial contra ETA pivota habitualmente sobre dos líneas operativas: la destinada a capturar al comando correspondiente y la destinada a enmascarar la forma en que se ha obtenido la información necesaria para actuar. No hay mayor tesoro para la democracia española que la red de infiltrados que desde el sur de Francia proporciona datos clave sobre los movimientos de la banda. Algún día se escribirá su historia en términos equivalentes a la de los espías aliados en la Europa ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Al margen del oprobio de que durante la tregua también funcionara una trama simétrica en la dirección opuesta con pleno consentimiento, cuando no estímulo, por parte del Gobierno, el momento en el que estamos requiere la sutileza de hacer compatible la crítica política y la exigencia de responsabilidades por los engaños y cesiones durante esos meses con el apoyo más rotundo al actual empeño del Ministerio del Interior. Ni su conciencia ni su conveniencia deberían permitir al PP proyectar la más mínima duda sobre la sinceridad de su alegría cada vez que se aborta un atentado.

Rajoy no ha dejado de ser el hombre cabal y el político solvente que todos conocemos, pero desde hace unas semanas parece estar levantándose cada mañana con el pie cambiado. Se equivocó jibarizando el gran discurso de conjunto con el que inició el debate, al hacerlo desembocar en su insistencia final en reclamar las «actas» de la negociación con ETA. Pero una vez puesto el foco en ese asunto, el líder del PP debió haber sido el gran protagonista de la semana de homenaje a Miguel Angel Blanco, en lugar de distraer la atención el día clave con la propuesta de reforma fiscal más atractiva y ambiciosa que nadie ha hecho en 30 años de democracia. Tan atractiva y ambiciosa que debió haberla planteado en la tribuna del Congreso, en contraposición al chapucero cheque-bebé, y no en un foro empresarial que de entrada parece asimilable a los intereses de las rentas altas.

Esta semana le ha ocurrido tres cuartos de lo mismo al soltar en una emisora de escasa audiencia la idea de incluir en la legislación electoral una especie de listón o fielato del 30% que sea obligatorio traspasar para poder gobernar. Como no ha aclarado si está hablando de las generales, las autonómicas o las municipales, si se refiere tan sólo a la presidencia de los órganos ejecutivos o la barrera de entrada afectaría también a sus demás integrantes, es imposible evaluar la viabilidad de lo que en principio parece una ocurrencia de muy difícil encaje constitucional. El resultado inmediato no está siendo en todo caso realzar la importancia del debate sobre la reforma de la ley electoral, sino envolverlo en un aura de improvisación, confusión y caos.

Y en esto se fue Piqué. En el peor momento y de la peor manera posible. Como si necesitara hacer daño a quienes han sido testigos directos de su reiterado fracaso, para poner el foco en impostadas discrepancias y no en el catastrófico resultado que su liderazgo ha legado al PP en Cataluña. Al escuchar los panegíricos con los que le han despedido sus adversarios nacionalistas parecía que estuviéramos asistiendo a los elogios fúnebres con que la Unión de Plantadores de Algodón debió de despedir al sumiso Tío Tom.

Los hechos demuestran que nos equivocamos quienes hace dos años abogamos pública y privadamente por restañar las heridas abiertas tras lo que parecía una mera salida de pata de banco del dirigente catalán contra Acebes y Zaplana. Yo me di cuenta del error -poco después de que Rajoy se rebajara a suplicarle que continuara, durante aquella larga entrevista en su casa- cuando supe que un amigo común le había ofrecido a Piqué abrir un cauce para su reconciliación con el secretario general y el portavoz parlamentario y él le había dado la callada por respuesta. Era obvio que Piqué prefería seguir alimentando esa enemistad personal para continuar manejando la coartada de las discrepancias ideológicas con la cúpula de Génova, a modo de comodín de las bazas políticas que le fuera deparando la evolución de las cosas. Qué tío. No está mal como pincelada para ir componiendo el retrato -la catadura, más bien- de quien empezó a actuar como dirigente del partido antes incluso de hacerse militante y nunca conoció otra entrada a la sede que no fuera la de la planta noble.

Al final Rajoy ha perdido a Piqué en circunstancias mucho peores que aquéllas y encima con Acebes y Zaplana desgastados por la labor de zapa realizada contra ellos, incluida esta última coz expresamente dirigida al rostro del secretario general. ¿Se hubiera podido evitar lo uno y lo otro con un liderazgo más activo, firme y determinado?Dejemos esta pregunta sin contestar no vaya a ser que haya lectores que puedan empezar a reprocharme lo mismo que yo reprochaba, mediante el «chiste del caballo» -«Sí, tú sigue hablando mal de nuestro caballo y a ver luego cómo lo vendemos…»-, a los barones de la derecha española que a comienzos de los 90 sólo veían defectos en Aznar.

Máxime cuando el inexorable flujo y reflujo de las olas permite vaticinar que, por mucho que parezca subir ahora, la cotización del Gobierno volverá pronto a descender y el deterioro de las expectativas de la oposición encontrará su paliativo en la necesidad ciudadana de contar con un instrumento útil para combatir los desmanes del poder.

Estimulado por el coraje de Imaz -que siempre podrá presentar como inducido por su propia apertura al nacionalismo vasco- y con los recursos contra el Estatut vergonzosamente encerrados en los cajones de María Emilia Casas, Zapatero debe creerse a día de hoy poco menos que el príncipe de las mareas: Moncloa rules the waves. No sería de extrañar que incluso estuviera sintiendo en las yemas de los dedos el cosquilleo de la tentación de disolver las Cortes nada más volver de vacaciones y celebrar las elecciones a finales de octubre para aprovechar la ventana de oportunidad que la conjunción de sus propios éxitos y la mala racha del PP parece estar abriéndole.

Sin embargo tanto a quienes sientan alborozo como más bien consternación ante esta aparente evolución en la correlación de fuerzas, no debo dejar de recordarles que aquel Bruto que tan felices se las prometía al ordenar a sus huestes marchar sobre Filipos para aprovechar la fuerza de la marea que había de ahogar a los cesarianos, fue finalmente el perdedor de la batalla y que el a priori desahuciado Octavio -sobrino y heredero del primer déspota ilustrado de la Historia- fue quien se alzó con la victoria, cimentando así el nacimiento de la Roma imperial.

El jefe del bando republicano no pudo, pues, ni lavar su pecado original, ni amortizar sus graves errores en materia de alianzas y estrategia militar. Tal vez porque como el propio Casio le advierte en otro de los momentos culminantes de la obra, «la culpa, querido Bruto, no está en las estrellas sino en nosotros mismos». Y eso significa que, antes o después, todas las deudas, todas las equivocaciones y todos los engaños se pagan.