El Príncipe Rana

¿Por qué, entre todos los cuentos de los Hermanos Grimm, agrupados en aquel bello volumen, de gran tamaño y sugerentes ilustraciones, que forma parte de los recuerdos de mi infancia, mi favorito no era el de Cenicienta, Blancanieves o Pulgarcito, sino el mucho menos famoso del Principe Rana?

Algo debió de influir la seductora variante del «érase una vez» que constituía su comienzo: «En aquellos tiempos remotos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas…» ¿A qué niño no le gustaría vivir en un mundo en el que los sueños se hicieran, ipso facto, realidad, por un mero acto volitivo?

Pero la clave principal de la fascinación que ese relato ejercía sobre mí estaba, sin duda, en el propio fenómeno de la metamorfosis, probablemente inspirado en Ovidio, y llevado hasta el extremo de la fantasía por los dos filólogos y cuentistas alemanes. Una cosa es que los dioses transformaran a Acteón en un ciervo, a Narciso en una flor y a Calixto en una osa; pero imaginar al príncipe más bello, convertido en el batracio más repulsivo, era un formidable señuelo para atrapar la atención de mentes infantiles en permanente ebullición como la mía.

El Príncipe RanaTanto lo lograron los autores, que llegué a sentirme identificado con el personaje del cochero Heinrich -apodado «el férreo» por la firmeza de su compromiso-, que conduce la carroza nupcial cuando, una vez revertido el encantamiento, el príncipe que fue rana se casa con la más guapa de las hijas de aquel rey. Durante el trayecto se escuchan tres fuertes chasquidos. Corresponden a la quiebra de los tres aros de hierro con los que Heinrich había protegido su corazón para que no le estallara de pena, al ver a aquel en quien había depositado tantas ilusiones, reducido a la saltarina y viscosa condición de inerme sapo cancionero.

Será que algo del espíritu sensible de esa alma cándida, identificado con una buena causa, pervive en mí. El caso es que, desde lo que debía haber sido el final del ciclo electoral, programado para abril y mayo, yo también he visto a mi príncipe convertirse en rana y también puedo palpar los tres aros de hierro que han ido protegiendo las membranas de mi ánimo con mecanismos racionales de autoayuda: el primero fue el de la sorpresa, el segundo el de la decepción y el tercero el de la perplejidad.

No esperaba, desde luego, que fueran pasando los días, las semanas, los meses sin que Albert Rivera aprovechara la ocasión, única en la historia de nuestra democracia, de hacer valer una minoría suficiente -la bola de oro que la princesa encarga a la rana que rescate del fondo del pozo-, para condicionar el Gobierno de España y a la vez dar estabilidad al sistema constitucional.

Por eso, no he podido dejar de transmitir a los lectores la contrariedad, el chasco, la frustración in crescendo que esa parálisis política, en el momento decisivo, me produce como centrista y liberal, en general, y como auriga o al menos altavoz periodístico -uno de los muchos- del proyecto de Ciudadanos, en particular.

Recubriéndolo todo, queda el estupor que genera lo incomprensible pues, si no se produce una rectificación in extremis, ni tampoco aparece ninguna clave oculta que le justifique, la pifia, el gatillazo de Rivera lleva camino de pasar a esa antología de las decisiones contrarias al interés de quien las toma que Barbara Tuchman reunió en La marcha de los locos.

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¿Se ha vuelto loco Albert Rivera o simplemente nos ha salido rana? Lo segundo es descartable porque durante años y hasta hace unos meses no se comportaba así. Nunca había sustituido la lógica por la ofuscación. Nunca había permitido que la visceralidad se apropiara del razonamiento. Todo lo contrario: era el heraldo de la nueva política, el paladín de la tercera España, el epítome de la tolerancia, el gozne de toda transacción, la alternativa al chantaje nacionalista, la reencarnación del pactismo suarista, la bisagra antiderrapes… el hombre providencial capaz de ponerse siempre en el lugar del otro.

Y ese era el paso que marcaban a su lado Inés, Villegas, Girauta, Begoña, Marta, Páramo, Garicano, Roldán, Carrizosa, Nart… Miro lo que queda de aquella gran mesnada, deambulando a la deriva, y me froto, incrédulo, los ojos con duelo manriqueño. «¿Qué se fizo el Rey don Juan?/ ¿Los infantes de Aragón, qué se ficieron?/ ¿Qué fue de tanto galán?/ ¿Qué fue de tanta invención como truxieron?/ Las justas y los torneos,/ paramentos, bordaduras/ y cimeras,/ ¿fueron sino devaneos?/ ¿qué fueron sino verduras/ de las eras?».

Escuchando el estupendo debut parlamentario de Arrimadas y a la espera de los frutos de los prometedores nombramientos de Villacís, Aguado o Marta Rivera, cuesta admitir que todas las esperanzas alentadas por Ciudadanos, como artífice de una política transversal que jubilaría el añejo maniqueísmo hispano, en pro de una armónica sinapsis neuronal, hayan quedado agostadas en el absentismo de un verano, como meros «devaneos» que tiñeron de verde las «eras» de nuestras ilusiones.

Los inasequibles al desaliento recurrimos, he aquí la prueba, hasta a la literatura infantil, si hace falta, para no rendirnos a tan negra evidencia. Porque si el príncipe se ha convertido en rana -y que nadie dude de que así es como ve hoy a Albert gran parte de sus antiguos seguidores-, a raíz de un encantamiento, bastaría encontrar el antídoto para revertir sus efectos.

Después de haber visto, hace apenas unos días, a Cecilia Bartoli encarnar, en Salzburgo, a una formidable Alcina, en la ópera de Handel que plasma el mito de la hechicera que atrae a los mejores paladines a su isla, para esclavizarlos y terminar por transformarlos no ya en animales, sino en árboles, piedras y otros elementos del paisaje, lo fácil sería caer en la falacia ad mulierem más en boga. Arrullado por la voz sensual de la belleza y aturdido por mágicas sustancias, el héroe naranja habría entrado en un progresivo estado de lasitud, mientras sus ojos salían de sus órbitas y de su piel brotaban las escamas. Eso explicaría que ni siquiera acudiera a la toma de posesión de su vicepresidente y consejeros en la Comunidad de Madrid. Seguía atrapado en el Venusberg, como Tannhauser.

Demasiado literario. Puestos a hacer un diagnóstico que no se limitara a coger el rábano por las hojas, yo diría que Rivera está siendo víctima de una fobia personal -la que siente por Pedro Sánchez- elevada exponencialmente a categoría política, mediante la llamada «ley de hierro de los partidos». Fue formulada hace ya casi un siglo por el sociólogo alemán Robert Michels, discípulo de Max Weber, para explicar que el pie del que más cojea la democracia es precisamente la falta de democracia interna de los partidos: «La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes. Quien dice organización, dice oligarquía».

Parece un fatídico sarcasmo que sea precisamente en Ciudadanos, que nació enarbolando la bandera de la democracia interna, como emblema regeneracionista, donde esta «ley de hierro» esté cumpliéndose de forma más inexorable. Y los dos últimos botones de muestra son la invitación de Rivera a los partidarios de negociar la abstención en la investidura de Sánchez a «fundar otro partido» y la incorporación por cooptación -vulgo dedazo- de los nuevos favoritos del líder a un órgano como la Ejecutiva que teóricamente surge de las bases.

El riesgo de que el conformismo y la adulación terminen produciendo una atmósfera en la que lleguen a medrar los sicofantes es cada día más palpable en Ciudadanos. Sólo en esa deriva puede comprenderse que una decisión de Rivera, tan atrabiliaria o para ser más exactos excéntrica, en el sentido integral de la palabra, como la de rehusar reunirse con el presidente en funciones para explorar salidas a la crisis, prevaleciera sin apenas debate ni contestación. Es inevitable que gran parte de los votantes de Ciudadanos se pregunte cuál es el estigma de Sánchez, invisible para Macron, Merkel, Trudeau y demás grandes mandatarios de la Tierra, que hace tan insoportable su mera presencia física a Rivera.

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Como acaba de escribir Jaime Olmedo, en un atinado comentario sobre el último libro de Alejandro Díz, en Revista de Occidente, nada caracteriza tanto a un verdadero liberal como ejercitarse en el arte de «aprender a no tener razón». Yo me empeño a diario en ello y progreso adecuadamente. ¿Y Rivera? ¿Qué puede decir al respecto? Pues que se fue de vacaciones, después de echar el cerrojo a la cuestión, y ahora vuelve decidido a resistir las «presiones del poder económico y mediático» para que permita gobernar al ganador de las elecciones. O sea que ni se plantea el riesgo de estar equivocado, ni percibe la necesidad de convencer a quienes no vemos en Sánchez a ese monstruo con el que él no puede transigir.

Sin equiparar, por supuesto, la naturaleza de las tres cuestiones, Rivera elude dar explicaciones sobre este irracional veto al líder del PSOE de la misma forma que Rajoy eludía hacerlo sobre la ‘Caja B’ o su admirado González sobre los GAL. Lo que iba a ser un «partido antipartidos», caracterizado por el bullicio de las ideas contrapuestas y la permeabilidad al exterior, ha ido mutando en poco tiempo en otro yermo de las almas, en el que sólo se oyen los susurros.

Y en el ínterin, por deslizamiento, va produciéndose un cambio de la propia razón social de Ciudadanos. Porque, como ha escrito José Antonio Montano, en una de sus certeras columnas en EL ESPAÑOL, el otrora partido «antinacionalista» se ha transformado en «antisanchista». Y esta otra metamorfosis «conduce a un callejón sin salida porque, al ser el sanchismo algo vacío, sin contenido político, el antisanchismo está condenado a serlo también».

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Antes se me ha olvidado consignar la tercera razón por la que de niño prefería El Príncipe Rana a los demás cuentos de los Hermanos Grimm. Se trata de la forma en que la bella princesa rompe el hechizo de aquel fastidioso batracio que, croa que te croa, se había colado en su palacio, se había subido a su mesa, se había paseado por su plato y la había seguido hasta su habitación. Así como lo habitual en las versiones contemporáneas es recurrir al tradicional beso en la frente o la mejilla que devuelve al apuesto príncipe a su ser primigenio, entre una lluvia de diminutas estrellas, mi edición de gran formato era fiel al relato original y presentaba a la princesa lanzando con rabia a la rana contra la pared. Era la violencia del impacto la que destruía el hechizo.

Probablemente ya intuía entonces que el papel de la crítica, por extrema y contundente que parezca, es hacer entrar en razón a quien pueda haberla perdido, mediante un choque con la realidad todo lo abrupto que sea necesario. Aún estaríamos a tiempo de que las personas que mejor conocen y más quieren a Albert Rivera, dentro de su entorno político y personal, le cogieran por banda, le zarandearan y le lanzaran metafóricamente contra la pared, buscando esa reacción que ya sólo puede ser fruto de un shock. Si eso no sucede, como bien demuestra nuestro sondeo de hoy, será la repetición de elecciones la que lo provoque.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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