El príncipe y la universidad

Creo no equivocarme en demasía si afirmo que la imagen del actual Príncipe Heredero ha crecido positivamente en el seno de nuestra sociedad en los últimos años. Hemos podido ver su presencia en todos los actos en que debía estar y en aquellos otros en que él mismo ha estimado que resultaba fructífera dicha presencia tanto por dar realce al acto en cuestión como por su deseo de acercarse a mundos en los que podía sumar conocimientos. El Príncipe, con su buena formación académica y militar previa (aspecto que he puesto de manifiesto en anterior ocasión), ha representado a la Corona en numerosas tomas de posesión en Hispanoamérica, inaugurando o clausurando infinidad de actos y congresos nacionales, acompañando a su padre en los más importantes acontecimientos militares, presenciando y animando a nuestros deportistas, y un largo etcétera bien conocido por los ciudadanos, sin distinción de clase o ideología. Todo esto es bien sabido.

Pero lo que confieso que desconocía era su protagonismo en un evento universitario, con su correspondiente discurso. Y esto es lo que quisiera comentar a raíz de su discurso en la Apertura de Curso Académico Universitario en la Universidad de Santander, celebrado el 28 de septiembre pasado. Merece la pena.

Vayan por delante dos afirmaciones de mi cosecha. Ante todo, Su Alteza ha cursado las Licenciaturas de Derecho y Económicas en Madrid, ampliadas luego por estancias en Relaciones Internacionales fuera de nuestras fronteras. Es decir, conoce bien la situación de nuestra Universidad y sus actuales peripecias. Ni engaña ni se engaña. Y, en segundo lugar, el Príncipe, siguiendo el ejemplo de S. M. El Rey, no se queda en la denuncia pesimista. Sabe de la actual situación de nuestra Universidad, no precisamente ideal, pero, tras reconocerla, de inmediato inserta en sus palabras unas frases de optimismo sobre lo que hay que hacer, frases que animan a cuantos desde cerca o desde lejos vivimos relacionados con la Universidad. Tarea nada fácil, pero que acomete con habilidad, unida a la preocupación.

Así, la Universidad debe formar «en saberes y valores». Informar y formar, siendo lo segundo lo más olvidado en la actualidad, en una democracia que bien necesita de ello. Por eso, la Universidad no solamente debe crear buenos profesionales, sino igualmente «ciudadanos responsables y solidarios con los demás, empeñados en el progreso del conjunto de la colectividad, no solo en el ámbito material, sino también en un plano cívico e incluso ético. Se dice por ello que la Universidad es una institución integral que constituye un reflejo de la sociedad a la que sirve y de la que forma parte». Confieso no haber oído antes en discurso de autoridad una afirmación tan certera y rotunda. Buen consejo para nuestros profesores de cualquier grado y, por supuesto, hasta quienes lo son en escalas preuniversitarias.

Acto seguido viene la loa. España «cuenta con universidades espléndidas que atesoran una larga y fructífera tradición (…) y que ocupan gran estima en la opinión de los españoles». Pero el Príncipe, aunque no lo confiese, conoce bien el lamentable puesto que se nos da a nivel internacional. Directamente: ninguna de ellas está entre las cien mejores del mundo. De aquí el consejo de Su Alteza: hay que lograr mayor esfuerzo para que el reconocimiento de la valía no se quede únicamente entre nuestras fronteras, sino que crezca «tanto internamente como a escala internacional, donde quizás requiera un mayor impulso». Sin duda, el «quizás» es una generosa concesión para animar y no tanto para desilusionar. El consejo es claro: «Ha de profundizarse en el desafío del crecimiento inteligente, sostenido e integrado, y considerando la educación como una contribución decisiva al progreso económico y social». ¡Qué buen consejo, que se debía tener presente a la hora de abordar el auténtico rosario de planes de estudio que tanto en el terreno universitario como en la enseñanza que le precede estamos soportando! Seguir este consejo supondría que, de una vez, cada ministro o gobierno dejara morir la tentación de hacer «su plan» y todos tomáramos conciencia de que estamos ante un auténtico asunto de Estado, con el acuerdo de todos y para larga duración. Optimismo, pero no indiferencia o autocomplacencia. Lo de pasar los años contemplando nuestro ombligo es algo que ya denunció Miguel de Unamuno.

Y en tercer lugar, una vez sentado el binomio información-formación, el discurso del Príncipe entra en un terreno para mí nunca oído en estos actos académicos. Hace falta profundizar en todo lo antes señalado, pero… ¿para qué? Al contestar a esta pregunta, sus palabras ponen de manifiesto el evidente contacto con la realidad. Se informa y se forma para lo inmediatamente posterior. Este es su discurso: «Hay que reforzar los factores que incidan en una incorporación más rápida y plena de nuestros jóvenes al mercado del trabajo, de forma que los conocimientos y habilidades adquiridos durante su etapa de formación superior puedan tener una pronta acogida en el sector productivo. Todos los esfuerzos que seamos capaces de sumar para resolver el lamentable desempleo juvenil son y serán siempre fundamentales». Con este párrafo, el Príncipe ha puesto el acento en una de las cuestiones básicas de la España actual. Cuestión que es problema y que, por supuesto, se está agravando de forma alarmante en la etapa de crisis socioeconómica que padecemos. Por eso, como Heredero de la Corona no solamente no podía silenciar este agobiante problema, sino que ofrece su pleno apoyo para lo que, sin duda, tanto redundará en el progreso económico, la cohesión social y la proyección internacional de España. La precisa y acertada alusión al paro juvenil creo que constituye un valor notorio en el discurso del Príncipe. No lo sería tanto en los discursos y mítines de políticos obligados a la caza de votos. Es a lo que nos han acostumbrado, en la plena seguridad de que luego, en el poder, la memoria gasta malas pasadas. Pero el Príncipe, como es sabido a través de cualquier análisis monárquico, no necesita votos. Su legitimidad viene derivada del argumento hereditario, guste o no guste a quienes se empeñan, de vez en cuando, en pregonar la unión entre el Rey el sufragio. Eso ya no es monarquía, y allá quienes pregonen la figura de un Jefe del Estado, en un régimen monárquico, elegido y pendiente de los partidos políticos. En nuestro país no tenemos más que un intento. El de Amadeo de Saboya. La lectura del escrito a las Cortes en el que anunciaba su dimisión debiera ser obligada lectura para muchos.

Por eso, porque lo que importa en monarquía no es el sufragio, sino la eficacia y el respeto a la Constitución, Don Felipe de Borbón ha sabido dar un discurso como el comentado, que debería ser cauteloso aviso para los tan encendidos amantes de teorías y definiciones.

Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político.

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