El problema árabe

Los movimientos islamistas que asolan Oriente Próximo y aterrorizan a los occidentales no son inéditos: su historia explica el presente. Hasta la invasión de Egipto por Bonaparte en 1799, el mundo árabe vivía en el aislamiento, ignorando más o menos la creciente separación con Europa. La campaña de Egipto levantó el velo y se pudo ver que los árabes se habían dormido en su civilización como si, después de los siglos, el mundo no hubiese cambiado. Frente a esta invasión, los árabes dudaron, como todavía dudan, entre la modernización y el repliegue. Respondiendo al llamamiento de sus imanes, los egipcios la emprendieron con los franceses de El Cairo, en nombre de Dios y con la misma furia que los islamistas contemporáneos; pero otros aprendieron francés y crearon periódicos y escuelas.

La misma aventura y la misma ambivalencia se repetirían durante la colonización francesa de Argelia. Abdelkader, un jefe religioso y militar en la década de 1830, es el antepasado del «Estado Islámico» actual en Irak y Siria. Los británicos provocaron en Sudán una reacción comparable por parte del Mahdi, profeta autodeclarado, que en la década de 1880 trató de reconstruir un califato en torno a Jartum. Tras la destrucción de estos movimientos islamistas, en Occidente se tenía la impresión de que la causa modernista se imponía entre los árabes. De hecho, hasta la década de 1960, parecía que una burguesía musulmana y laica hacía entrar al mundo árabe en el modelo occidental instaurando regímenes parlamentarios e impulsando el desarrollo económico.

Por desgracia, estos modernistas árabes solo se sostenían gracias al apoyo de los colonizadores, ya que no tenían arraigo entre el pueblo, que siguió siendo conservador y creyente. La ideología socialista, en la década de 1960, apuntilló el fracaso: Nasser en Egipto y Sadam Husein en Irak, al estatalizarlo todo, impidieron que surgiese una economía moderna y una clase media. La conclusión que el pueblo árabe sacó a menudo de ello fue que la modernización a la occidental había fracasado y que había que regresar, civilmente o por la violencia, a la época del Profeta, cuando los árabes dominaban el mundo de entonces. Desde hace unos cincuenta años, los árabes permanecen atrapados entre dictadores modernistas y unos islamistas más o menos fanáticos. En ningún país árabe se ha encontrado el equilibrio entre un mayor bienestar material, una apertura al mundo moderno y el islam. Me objetarán que Turquía, Indonesia, Malasia y Bangladesh tienden hacia esta síntesis, pero no son países árabes. La distinción es importante, porque el 80 por ciento de los musulmanes no son árabes, y el islamismo es, ante todo, una tentación árabe con algunos brotes aquí y allá en unas regiones arabizadas como Malí o Pakistán. Existe, por tanto, un problema árabe en sí que no es un problema musulmán. El líder religioso del islam moderado en Indonesia, Abdurrahman Wahid, que fue presidente de la República de 1999 a 2001, explicaba la diferencia entre musulmanes árabes y no árabes de la siguiente manera: «Para los árabes –decía– la Época Dorada se sitúa en el pasado, cuando el Profeta apareció entre ellos y dominaron el mundo. Los árabes viven en la nostalgia y quieren volver a ese pasado glorioso. Para los indonesios, la Época Dorada está en el futuro porque, en el pasado, éramos pobres y desconocíamos el islam»

Los tiempos modernos, por tanto, resultan frustrantes para el mundo árabe, y los occidentales han hecho que su reconciliación con nuestra época sea aún más difícil. Desde la descolonización del mundo árabe, los occidentales siempre han apoyado a dictadores y a soberanos autoritarios, con la condición de que estos fuesen prooccidentales y, hasta la caída de la Unión Soviética, anticomunistas. Desde entonces, los occidentales –empezando por los estadounidenses– alaban la democracia en el mundo árabe, pero se alían en todas partes con los dictadores para neutralizar cualquier oposición en cuanto esta parece un poco musulmana. Por consiguiente, los pueblos árabes no confían ni en sus tiranos, ni en los occidentales inconsecuentes, y el islamismo moderno sale evidentemente reforzado. Cuando este cae en la violencia –lo que ocurre a veces, pero no es necesariamente un componente del islam político– los occidentales actúan.

La ofensiva actual contra los terroristas de Siria, Irak, Malí, Somalia y Yemen se enmarca dentro de este telón de fondo: deriva de la táctica limitada al día a día para reaccionar ante los excesos islamistas, pero nunca para prevenir los fanatismos. En ningún momento se oye en Washington o en las capitales europeas definir una estrategia a largo plazo, que debería aceptar que los musulmanes lo son de verdad y que pretenden, en distintos grados, seguir siéndolo. Por tanto, es a los movimientos musulmanes moderados y liberales –que los hay– a los que a la larga se debería apoyar desde Occidente y no a los militares oportunistas y corruptos. Y, por último, sin reducirlo todo a la economía, esta explica en gran parte la violencia en el mundo árabe. Recordemos que la Primavera Árabe en 2010 empezó cuando un joven estudiante desempleado, Mohamed Bouazizi, se inmoló con fuego en Túnez después de que la Policía le hubiese confiscado su puesto de verduras. Entre la falta de progreso económico y la represión política, los jóvenes árabes están desesperados. ¿Quién no lo estaría? No vemos cómo la alianza objetiva actual entre Bachar el Asad en Siria, el mariscal Al Sisi en Egipto y los occidentales va a restablecer en el mundo árabe la confianza en Occidente o en la modernidad. Lo que saldrá reforzado es el mito de la Época Dorada.

Guy Sorman

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