El problema de Europa

Todo empezó hace sesenta años, con el carbón y el acero. Es verdad que antes había habido otros intentos. U otras llamadas a intentarlo. Entre las más sugerentes, la del francés Julien Benda, que publicó su «Discours à la nation européenne» justo cuando Adolf Hitler alcanzaba al poder —o sea, en el peor momento—. En cualquier caso, la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) no perseguía la formación de nación ninguna. Nada de abstracciones. Nada de uniones morales o intelectuales, como las propugnadas por Benda en su discurso. En aquel entonces, con las cenizas de la segunda gran guerra todavía humeando, Europa sólo podía (re)construirse —lo señaló Valentí Puig en «Por un futuro imperfecto»— poco a poco, por sedimentación, sobre bases reales. Así empezó, pues, la aventura. Y en ella seguimos, aunque los tiempos, a qué negarlo, no inviten precisamente al optimismo.

Como es sabido, al carbón y al acero les sucedieron otras realidades. En un primer estadio, las aduaneras y las agrícolas. Es decir, la progresiva desaparición de las barreras arancelarias y la libre circulación de los productos del campo. Más adelante, esa incipiente dilución de las fronteras no afectó ya tan solo a las mercancías; también a las personas y los capitales. En cuanto a las primeras, con el establecimiento de la ciudadanía europea, lo que conllevaba, entre otros derechos, el de sufragio y elección —incluidos los de ámbito municipal— y el de libre movimiento y residencia a lo largo y ancho de lo que iba siendo ya la Unión Europea (UE). Y en lo tocante a los segundos, con la creación de una moneda única y un banco central, o, lo que es lo mismo, con la consideración de que la economía y las finanzas, motores de todo desarrollo, no podían sino constituir un asunto común.

Por supuesto, ese proceso acumulativo de cuyo inicio acaban de cumplirse seis décadas ha comportado un proceso paralelo, el de la progresiva ampliación de los Estados que lo conforman. Al fin y al cabo, Europa es mucho más que el territorio y la población de Francia, la República Federal de Alemania, Italia, Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo —o sea, de los firmantes de la vieja CECA—. Lo es sobre el mapa físico y debería serlo, en consecuencia, sobre el político. De ahí que, a estas alturas, el número de países miembros de la UE se acerque ya a la treintena y que en la recámara, ostentando la condición de candidatos y a la espera de que se les franquee el paso, se encuentren otros cinco Estados, entre los que destacan tres antiguas repúblicas yugoeslavas, a las que pronto puede unirse una cuarta, Serbia, después de que el último escollo para su integración —la captura del criminal Mladic— haya sido vencido.

Aun así, faltarán todavía algunas piezas para coronar la obra. En especial, en la parte más oriental del territorio, donde factores de toda índole —política, cultural, religiosa— dificultan por el momento la incorporación de más países. Con todo, lo más preocupante no es la demora en ese extremo del viejo continente —a fin de cuentas, la gradualidad del proceso ya acarrea esos cambios de ritmo—, sino las grietas que comienzan a abrirse en lo que pueden considerarse los cimientos de la construcción europea. Esto es, en las bases reales y en muchos de los Estados más o menos pioneros.

Ha bastado el estallido de la crisis económica para que el edificio se pusiera a temblar. Es cierto que las mayores sacudidas, como las originadas por los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal, han tenido también su lado bueno, aunque sólo sea porque han permitido constatar que la obra resiste, que no se viene abajo así como así. Del mismo modo que la presión ejercida hace más de un año sobre el Gobierno de España para que adoptara sin dilación medidas drásticas de reducción del déficit —presión a la que contribuyó, muy en primer plano, el propio presidente de Estados Unidos— ha servido asimismo para evidenciar que la deriva de la gobernación española es menos deriva gracias a la existencia de un poder superior —llámesele europeo, llámesele mundial o global— al que no podemos sustraernos a no ser que queramos terminar de patitas en la calle pidiendo limosna. Pero, a pesar de todos esos activos, las grietas siguen allí. Y se diría que, con la perduración de la crisis, no pueden sino ensancharse.

Ya no son sólo los acostumbrados berrinches de Angela Merkel, tan estentóreos y no por ello menos significativos. Son también las propuestas de algunos partidos y las disposiciones de determinados gobiernos. Es el caso, por ejemplo, de lo que se conoce como organizaciones de corte populista o, más llanamente, como extrema derecha europea. El aumento de la presencia de esas formaciones en los distintos Parlamentos de la UE, y en particular el auge que han cobrado en los de los países nórdicos —vergeles tradicionales de la socialdemocracia donde han florecido, a lo largo de las últimas décadas, todas las especies imaginables de multiculturalismo—, tiene como fondo un componente manifiestamente eurófobo. Por un lado, los Auténticos Finlandeses, convertidos recientemente en la tercera fuerza del país, se han manifestado contrarios al rescate económico de Portugal. Por otro, el Partido Popular Danés, aun sin formar parte del Ejecutivo, ha pactado con la coalición gubernamental reinstaurar los controles aduaneros para poner freno al libre acceso de inmigrantes —o sea, de ciudadanos de otros países de la UE, entre otros extranjeros, en lo que constituye una clara violación del Acuerdo de Schengen—. Y en fin, algo más al sur, el holandés Geert Wilders, con su cada vez más influyente Partido de la Libertad, ha formulado de modo reiterado las propuestas sin duda más radicales en materia de inmigración —especialmente musulmana—. (Lo cual no significa, claro está, que el resto de los países de la Unión no tengan, o hayan tenido, conflictos semejantes; significa tan sólo que, al menos hasta el momento, no los han achacado a su pertenencia a la Europa política.)

Así las cosas, ya sólo faltaban las bacterias en pepinillo o soja para evidenciar la quiebra del modelo. De golpe, todas esas fronteras que parecían cosa del pasado van levantándose de nuevo poco a poco para cortar el paso —en nombre del derecho al trabajo, a la seguridad, a la cultura, a la democracia y hasta a la salud— a capitales, personas y mercancías procedentes de la propia Unión Europea. Si a ello le añadimos el diagnóstico que se desprende del exhaustivo análisis contenido en «Europa después de Europa» —el conjunto de ensayos coordinados por Emilio Lamo de Espinosa—, en el sentido de que el peso de Europa en el mundo lleva trazas de diluirse en un futuro no muy lejano, convendrán conmigo en que el panorama no puede ser más desolador.

Y es que, o mucho me equivoco o el problema de Europa no es la economía, ni la seguridad ni el empleo. El problema de Europa es ella misma. O sea, su incapacidad para ser algo más que una mera suma de identidades, una suerte de matrimonio de conveniencia —a muchas bandas, eso sí— al que parece que nunca ha unido amor ninguno. Sí, el problema de Europa es Europa. Y eso, qué quieren, ha tenido siempre mala solución.

Xavier Pericay, escritor.

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