El problema de Rajoy

Por Enric Sopena, periodista (EL PERIODICO, 22/01/04):

Son mayoría los ciudadanos que –según las encuestas y al margen de sus preferencias– pronostican otra victoria del PP en las generales del 14 de marzo. Algunos muestreos apuntan, sin embargo, la posibilidad de que Mariano Rajoy no consiga revalidar la mayoría absoluta. Incluso así, el número de escaños que le faltarían para llegar a los 176 necesarios sería tan escaso que le bastaría con el apoyo de los dóciles diputados de Coalición Canaria.Ocurre empero que el crédito de los augurios demoscópicos cotiza a la baja en la bolsa de la opinión pública. Repasar los veredictos de las encuestas previas a las urnas catalanas, por ejemplo, constituye un ejercicio poco estimulante. Parece, además, que contra el criterio de que las campañas apenas modifican la voluntad de los votantes, la realidad, de cuando en cuando, desmiente tal axioma. Las encuestas suelen acertar en las tendencias, pero la dinámica en uno u otro sentido se dispara o acelera con frecuencia los últimos días.TODOS LOS profetas profesionales que trataron de anticipar lo que sucedería en Catalunya coincidían en el ascenso de ERC. Pero ninguno logró vaticinar su enorme éxito, que convirtió a este partido en árbitro indiscutible de la situación. En las municipales de mayo pasó algo similar. En este caso, el PSOE, aun ganando, quedó por debajo de las expectativas, alimentadas desde la madrileña calle de Ferraz en base al trabajo de prospección electoral llevado a cabo por sus expertos, que gozan, por cierto, de acreditada reputación. En Barcelona, desde luego, la sorpresa estuvo a punto de ser mayúscula. Nadie había previsto el gran resbalón del PSC ni los sustantivos incrementos de ICV y de ERC.

Conviene subrayar estas obviedades, que vienen de lejos. En 1993, el PP y sus conexiones demoscópicas y mediáticas daban por seguro que las elecciones certificarían la caída, al fin, del odiado González. Su obsesión o su perfidia –según se examine el episodio– les condujeron al ridículo, mientras se empeñaban en ubicar a España en la categoría de república bananera. Alberto Ruiz-Gallardón y Javier Arenas cantaron victoria antes de que acabara el recuento, acusaron a Interior de malas artes, insinuaron que se estaba produciendo pucherazo y, en fin, hicieron un ejercicio monumental de irresponsabilidad política.

En 1996 pensaron –de acuerdo con la mayoría de sondeos– que, esta vez sí, arrasarían. Vencieron por poco más de 300.000 sufragios, se les congeló el aliento y José María Aznar sufrió su via crucis particular antes de pisar la Moncloa. En el 2000 pasó, en cierto modo, al revés. El PSOE confiaba que se repetiría, con mayor o menor intensidad, la sentencia de cuatro años atrás y creyó que Joaquín Almunia podría formar un Gobierno de concentración con el respaldo de las minorías para desalojar a la derecha del poder. Tiene escrito Ana Botella en un periódico madrileño, con motivo del primer aniversario del triunfo de 2000, que a la hora de comer el ambiente en la mesa moncloíta era de inquietud y no de euforia. Ésta se desbordó horas más tarde: la derecha había superado todas sus cotas anteriores, incluyendo las de Adolfo Suárez.

RESPECTO del 14-M, nada está, pues, predeterminado todavía. La tendencia señala que el PP repetirá victoria. Sin embargo, no será lo mismo si alcanza de nuevo la mayoría absoluta –o si la obtiene con Coalición Canaria– que si se abre un foso que le haga depender de otros aliados. ¿Cuántos? ¿Quiénes? José Luis Rodríguez Zapatero, errático tras las municipales y autonómicas, con apariencia incluso de sonado desde el escándalo de Madrid y hasta que Pasqual Maragall no pudo formar Gobierno, parece hallarse finalmente en racha positiva, sólo interrumpida — siquiera de forma fugaz– por un Juan Carlos Rodríguez Ibarra desnortado, torpe en el fondo y en la forma. Zapatero se siente tan fuerte que hasta se ha permitido el lujo de lanzar el órdago de sólo aspirar al Gobierno si vence al PP en votos.

Ha puesto el listón muy alto. Cabe que se haya colocado la venda antes que la herida. Pero también es verosímil que desee proyectar la imagen de un partido que huye del miedo, que va a por todas y que quiere amarrar el voto útil de muchos electores indecisos.

Por el contrario, Mariano Rajoy aparece desdibujado. En medio del estruendo tan autoritario como falaz que montan sus colegas de partido sobre la unidad de España, lo único que le faltaba al sucesor es que haya sido recordado estos días que él –¡justamente él!– defendió, hace 10 años, la reforma de la Constitución y del Senado con ribetes federalistas. El problema de Rajoy es éste: o gana por mayoría absoluta o corre el riesgo de no gobernar. No lo digo yo. Lo repite, en declaraciones públicas, su director de campaña, Gabriel Elorriaga.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *