El problema dentro del islam / The trouble within Islam

Sólo hay una opinión posible sobre el asesinato del soldado británico Lee Rigby en una calle del sur de Londres: horripilante.

Pero hay dos opiniones sobre su transcendencia. Una es la de que fue un acto de locos, motivado en su caso por una idea pervertida del islam, pero sin importancia en sentido más amplio. Los locos hacen locuras, conque no hay que reaccionar con exageración. La otra es la de que la ideología que inspiró el asesinato de Rigby es profundamente peligrosa.

Yo soy de esta última opinión. Naturalmente, no debemos reaccionar con exageración. No lo hicimos después de los ataques del 7 de julio de 2005 en el sistema público de transporte de Londres, pero sí que actuamos e hicimos bien. Las acciones de nuestros servicios de seguridad previnieron indudablemente otros ataques graves. El “programa “Prevenir” en las comunidades locales fue una medida sensata.

También las nuevas medidas del Gobierno parecen racionales y proporcionadas, pero, si creemos que podemos proteger el Reino Unido simplemente con lo que hacemos dentro de nuestro país, estamos engañándonos. La ideología está ahí fuera. No está disminuyendo.

Pensemos en Oriente Medio. Ahora Siria está en un proceso de desintegración acelerada. El Presidente Bashar Al Assad está pulverizando brutalmente comunidades enteras que son hostiles a su régimen. Al menos 80.000 personas han muerto, hay casi un millón y medio de refugiados y el número de personas desplazadas dentro del país ha ascendido a más de cuatro millones. Muchos en la región creen que el objetivo de Assad es el de limpiar de suníes las zonas dominadas por su régimen y formar un Estado separado en torno al Líbano. Después podría haber un Estado suní de facto en el resto de Siria, separado de la riqueza del país y sin acceso al mar.

La oposición siria comprende muchos grupos, pero los combatientes asociados con el grupo Jabhat Al Nusra, afiliado a Al Qaeda, están obteniendo cada vez más apoyo, incluidos dinero y armas procedentes de fuera del país.

Assad está utilizando armas químicas en escala limitada, pero mortífera. Algunos de los arsenales se encuentran en zonas ferozmente disputadas.

El deseo abrumador de Occidente de permanecer al margen es completamente comprensible, pero también debemos entender que estamos en el comienzo de esa tragedia. Su capacidad para desestabilizar la región está clara. Jordania está actuando con una valentía ejemplar, pero el número de refugiados que se puede esperar razonablemente que absorba tiene un límite. Ahora el Líbano es frágil, pues el Irán incita a Hezbolá a la batalla. Al Qaeda está intentando de nuevo causar una carnicería en el Iraq, mientras que el Irán sigue inmiscuyéndose en este país.

Entretanto, en Egipto y en todo el norte de África, los partidos de los Hermanos Musulmanes están en el poder, pero la contradicción entre su ideología y su capacidad para gestionar economías modernas ha alimentado una inestabilidad en aumento y las presiones de grupos más extremos.

Además, no hay que olvidar el régimen iraní, que sigue decidido a obtener un arma nuclear y continúa exportando el terror y la inestabilidad. En el África subsahariana, Nigeria está afrontando ataques terroristas espantosos. En Malí, Francia riñó una dura batalla para impedir que los extremistas invadieran el país.

Tampoco hay que olvidar al Pakistán y al Yemen. Más al Este, una guerra fronteriza entre Birmania y Bangladesh está a punto de estallar y acontecimientos recientes en la propia Bangladesh o en la región de Mindanao –de mayoría musulmana– de las Filipinas amplían aún más la lista.

En muchas de las zonas más gravemente afectadas, otra cosa es patente: una población en rápido aumento. La edad media en Oriente Medio es de veintitantos años. En Nigeria, es de 19 años. En Gaza, donde Hamás ocupa el poder, una cuarta parte de la población es menor de cinco años de edad.

Cuando pronto regrese a Jerusalén, será mi centésima visita a Oriente Medio desde que abandoné mi cargo y me puse a contribuir a la creación de un Estado palestino. Veo de primera mano lo que está sucediendo en esa región.

Así, pues, entiendo el deseo de mirar ese mundo y explicarlo mediante referencia a agravios locales, alienación económica y, naturalmente, “personas locas”, pero, ¿de verdad no podemos encontrar un hilo común, nada que conecte los puntos de conflicto, ninguna sensación de una ideología que esté activándolo o exacerbándolo todo?

No hay un problema con el islam. Para quienes lo hemos estudiado, no cabe duda de su naturaleza verdadera y pacífica. No hay un problema con los musulmanes en general. En Gran Bretaña, la mayoría de ellos está horrorizada con el asesinato de Rigby.

Pero hay un problema dentro del islam y tenemos que ponerlo sobre la mesa y ser sinceros al respecto. Naturalmente, hay cristianos extremistas y también judíos, budistas e hinduistas, pero me temo que la variedad problemática dentro del islam no está compuesta por unos pocos extremistas. Tiene en su centro una concepción de la religión –y de las relaciones entre religión y política– que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y de amplias miras. En el último extremo del espectro hay terroristas, pero la concepción del mundo penetra y se extiende más de lo que nos resulta cómodo reconocer. Así, pues, por lo general no lo reconocemos.

Hay dos efectos resultantes. Primero, quienes profesan opiniones extremas creen que nosotros somos débiles y eso les da fuerza. Segundo, los musulmanes que saben que el problema existe y quieren hacer algo al respecto –y lo bueno es que hay muchos– se desaniman.

En todo Oriente Medio y más allá de él, se está desarrollando una lucha. En un bando, hay islamistas y su concepción del mundo exclusivista y reaccionaria. Constituyen una minoría importante, estridente y bien organizada. En el otro, están los de mentalidad moderna, los que aborrecían la antigua opresión por parte de dictadores corruptos y desprecian la nueva opresión por parte de fanáticos religiosos. Potencialmente, son la mayoría; lamentablemente, están mal organizados.

Se están sembrando las semillas del fanatismo y del terror futuros: posiblemente de un conflicto importante incluso. Nuestra tarea es la de contribuir a sembrar las semillas de la reconciliación y la paz, pero la preparación del terreno para la paz no siempre es pacífica.

Los largos y duros conflictos en el Afganistán y en el Iraq han hecho que las potencias occidentales se muestren cautelosas ante la intervención extranjera, pero no debemos olvidar nunca por qué fueron largos y duros esos conflictos: permitimos que nacieran Estados fallidos.

Sadam Husein fue el responsable de dos guerras importantes, en las que murieron centenares de miles, muchos por armas químicas. Mató un número similar de sus propios compatriotas. Los talibanes surgieron a partir de la ocupación soviética del Afganistán y convirtieron el país en un campo de entrenamiento para el terror. Una vez eliminados esos regímenes, los dos países empezaron a luchar contra las mismas fuerzas que en todas partes promueven la violencia y el terror en nombre de la religión.

No todas las intervenciones tienen que ser militares y no todas las intervenciones militares deben ir acompañadas de tropas, pero retirarnos de esa lucha no traerá la paz.

Tampoco la seguridad por si sola lo hará. Aunque la resistencia al comunismo revolucionario se basó en la determinación en materia de seguridad, en última instancia fue derrotado por una idea mejor: la de la libertad. Lo mismo se puede hacer en este caso. La idea mejor es una concepción moderna de la religión y del lugar que le corresponde en la sociedad y la política: un modelo basado en el respeto y la igualdad entre personas de credos diferentes. La religión puede tener voz en el sistema político, pero no debe gobernarlo.

Tenemos que comenzar con los niños, aquí y en el extranjero. Ésa es la razón por la que creé una fundación, cuyo objeto concreto es el de educar a los niños de credos diferentes en todo el mundo para que aprendan a conocerse y vivir juntos. Ahora estamos en veinte países y el programa funciona, pero es una gota en el océano en comparación con el diluvio de intolerencia que se enseña a muchos otros.

Ahora, más que nunca, hemos de ser fuertes y tener visión estratégica.

Tony Blair was Prime Minister of the United Kingdom from 1997 to 2007. Since leaving office, he has founded the Tony Blair Faith Foundation and the Faith and Globalization Initiative. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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There is only one view of the murder of British soldier Lee Rigby on a south London street three weeks ago: horrific.

But there are two views of its significance. One is that it was an act by crazy people, motivated — in this case by a perverted notion of Islam — but is of no broader significance. Crazy people do crazy things, so don’t overreact. The other view is that the ideology that inspired the murder of Rigby is profoundly dangerous.

I am of the latter view. Of course, we shouldn’t overreact. We didn’t after the July 7, 2005, attacks on London’s public-transport system. But we did act. And we were right to do so. Our security services’ actions undoubtedly prevented other serious attacks. The “Prevent” program in local communities was sensible.

The government’s new measures seem reasonable and proportionate as well. But we are deluding ourselves if we believe that we can protect the United Kingdom simply by what we do at home. The ideology is out there. It is not diminishing.

Consider the Middle East. Syria now is in a state of accelerating disintegration. President Bashar Assad is brutally pulverizing entire communities that are hostile to his regime. At least 80,000 people have died, there are almost 1.5 million refugees, and the number of internally displaced persons has risen above 4 million. Many in the region believe that Assad’s aim is to cleanse the Sunni from the areas dominated by his regime and form a separate state around Lebanon. There would then be a de facto Sunni state in the rest of Syria, cut off from the country’s wealth and access to the sea.

The Syrian opposition comprises many groups. But the fighters associated with the al-Qaida-affiliated group Jabhat al-Nusra are generating growing support — including arms and money from outside the country.

Assad is using chemical weapons on a limited but deadly scale. Some of the stockpiles are in fiercely contested areas.

The West’s overwhelming desire to stay out of it is completely understandable. But we must also understand that we are at the beginning of this tragedy. Its capacity to destabilize the region is clear. Jordan is behaving with exemplary courage, but there is a limit to the number of refugees that it can reasonably be expected to absorb. Lebanon is now fragile, as Iran pushes Hezbollah into the battle. Al-Qaida is again trying to cause carnage in Iraq, while Iran continues its meddling there.

Meanwhile, in Egypt and across North Africa, Muslim Brotherhood parties are in power, but the contradiction between their ideology and their ability to run modern economies has fueled growing instability and pressure from more extreme groups.

Then there is the Iranian regime, still intent on getting a nuclear weapon, and still exporting terror and instability. In Sub-Saharan Africa, Nigeria is facing gruesome terror attacks. In Mali, France fought a tough battle to prevent extremists from overrunning the country.

Then there is Pakistan — and Yemen. Farther east, a border war between Myanmar and Bangladesh is simmering. And recent events in Bangladesh itself, or in the Muslim-majority Mindanao region of the Philippines, extend the list further.

In many of the most severely affected areas, one other thing is apparent: a rapidly growing population. The median age in the Middle East is in the mid-20s. In Nigeria, it is 19. In Gaza, where Hamas holds power, a quarter of the population is under five.

When I return to Jerusalem soon, it will be my 100th visit to the Middle East since leaving office, working to build a Palestinian state. I see firsthand what is happening in this region. So I understand the desire to look at this world and explain it by reference to local grievances, economic alienation, and, of course, “crazy people.” But can we really find no common thread, nothing that connects the dots of conflict, no sense of an ideology driving or at least exacerbating it all?

There is not a problem with Islam. For those of us who have studied it, there is no doubt about its true and peaceful nature. There is not a problem with Muslims in general. Most in Britain are horrified at Rigby’s murder.

But there is a problem within Islam, and we have to put it on the table and be honest about it. There are, of course, Christian extremists and Jewish, Buddhist and Hindu ones. I am afraid that the problematic strain within Islam is not the province of a few extremists. It has at its heart a view of religion — and of the relationship between religion and politics — that is not compatible with pluralistic, liberal, open-minded societies. At the extreme end of the spectrum are terrorists, but the worldview goes deeper and wider than it is comfortable for us to admit. Not admitting it has two effects:

First, those who hold extreme views believe that we are weak, and that gives them strength. Second, those Muslims — and the good news is that there are many — who know the problem exists, and want to do something about it, lose heart.

Throughout the Middle East and beyond, a struggle is playing out. On one side, there are Islamists and their exclusivist and reactionary worldview. They comprise a significant minority, loud and well organized. On the other side are the modern minded, those who hated the old oppression by corrupt dictators and despise the new oppression by religious fanatics. They are potentially the majority; unfortunately, they are badly organized.

The seeds of future fanaticism and terror — possibly even major conflict — are being sown. Our task is to help sow the seeds of reconciliation and peace. But clearing the ground for peace is not always peaceful.

The long and hard conflicts in Afghanistan and Iraq have made Western powers wary of foreign intervention. But we should never forget why these conflicts were long and hard: We allowed failed states to come into being.

Saddam Hussein was responsible for two major wars, in which hundreds of thousands died, many by chemical weapons. He killed similar numbers of his own people. The Taliban grew out of the Soviet occupation of Afghanistan and turned the country into a training ground for terror. Once these regimes were removed, both countries began to struggle against the same forces promoting violence and terror in the name of religion.

Not every engagement need be military, and not every military engagement must involve troops. But disengaging from this struggle won’t bring us peace. Neither will security alone. While revolutionary communism was resisted by resoluteness on security, it was ultimately defeated by freedom. The same can be done here.

The better idea is a modern view of religion and its place in society and politics — a model based on respect and equality among people of different faiths. Religion may have a voice in the political system, but it must not govern it.

We have to start with children, here and abroad. That is why I established a foundation whose specific purpose is to educate children of different faiths around the world to learn about each other and live with each other. We are now in 20 countries, and the programs work. But it is a drop in the ocean compared with the flood of intolerance taught to so many.

Now, more than ever, we have to be strong, and we have to be strategic.

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