El ‘procés’ como experiencia

Ahora que estamos en fase miércoles de ceniza, no está mal echar una ojeada a tantos años de procés, de emociones sin fin, de días históricos y giros inesperados de guión. En efecto, más allá de las declaraciones de buena parte de los dirigentes independentistas sobre los errores cometidos, las improvisaciones asumidas, las ingenuidades consentidas, lo que sigue siendo remarcable es la indudable existencia de una gran masa de la población catalana que parece seguir conectada al devenir de la peripecia. Si se me permite, diría que las razones que pueden ayudar a explicar ese altísimo nivel de movilización social a lo largo de todos estos años, no del conjunto de la sociedad catalana, pero sí de una parte muy considerable, no son estrictamente políticas. Es importante tratar de entenderlo si queremos buscar salidas a los constantes bloqueos en que vamos tropezando.

Nadie en su sano juicio puede considerar que los centenares de miles de personas movilizadas, procedentes de entornos rurales y urbanos, de todas las edades, condiciones sociales y niveles educativos, hayan sido víctimas de un conjuro que les ha obnubilado su capacidad de juicio o que han sido simplemente víctimas de un adoctrinamiento masivo a través de los medios de comunicación más proclives. Ha habido mucho de ilusión colectiva, de deseo canalizado, de capacidad para construir formas descentralizadas de organización e implicación, de envolver todo ello en una constante sensación de fiesta, de expresión pacífica, de sentido de pertenencia y de esperanza incondicional por un futuro en el que la independencia lo resolvería todo.

En un momento en que la credibilidad de la política está bajo mínimos en todas partes, no es extraño que lo que ocurre en Catalunya haya atraído la atención de muchísimas audiencias que no entienden qué está ocurriendo aquí para que no dejemos de manifestarnos, de discutir de política y de cambiar las cosas, cuando, en general, el cinismo o activismo de unos pocos y el escepticismo o pasividad de otros muchos acostumbran a dominar el escenario político convencional.

Los estudios clásicos de cultura política sobre las democracias contemporáneas, distinguían a la gente entre apáticos, espectadores y gladiadores, a partir de su menor o mayor predisposición a la participación política. Análisis más recientes apuntan a otras caracterizaciones: inactivos, conformistas, constestatarios, reformistas o activistas, según la predisposición a intervenir en política a través de actividades más o menos convencionales.

En estos últimos cinco años hemos ido viendo cómo mucha gente pasaba de la inactividad al activismo de manera acelerada, incorporándose a acciones tantos legales como no legales. Y lo hacía en torno a una idea, un sentimiento, una pauta de acción que no era estrictamente ideológica. Me refiero a que la idea de independencia no ha tenido un gran despliegue programático. Más bien se ha querido mantener en una cierta ambigüedad sobre sus contenidos finales ya que probablemente existía el temor que si se avanzaba mucho en las concreciones de los que vendría después, la solidez del movimiento podría resquebrajarse. Al final, lo que ha acabado imponiéndose es un escenario en el que se enfrentan dos falsas ideologías: los independentistas contra los no independentistas, sin que podamos sepamos que programa de acción hay detrás de cada una de esas afirmaciones excluyentes.

El procés ha convertido en activistas sofisticados a jubilados, empleados, profesionales y pequeños comerciantes que hasta hace poco cumplían con sus obligaciones de votar, sin demasiado entusiasmo y no siempre. Ahora organizan con pulcritud y disciplina envidiables complicados diseños de manifestación, esconden urnas, bloquean carreteras y trenes, cuelgan carteles, recaudan fondos de resistencia y no dejan de deliberar y estar atentos a lo que las redes y medios cercanos les anuncian. El entramado cívico es notable. Más emocional que político. Más empoderador quizás que políticamente eficaz. Y su gran fuerza ha obligado incluso a movilizarse a quienes durante muchos años asistían de manera más o menos pasiva o más o menos resignada a una serie de acontecimientos con los que no estaban de acuerdo.

Pero ahora lo que toca es contrastar la capacidad de resistencia y de adaptación a las nuevas condiciones por parte de todos. Más allá de las emociones, llega el momento en que el debate de ideas, de programas, de propuestas para encarar un futuro que se presenta muy complicado, parece imprescindible. Las elecciones del 21 de diciembre puede ser que se celebren aún en clave más de pasado que de futuro. Más en clave de amenaza, de miedo y de indignación que no de proyecto. Pero, si es así servirán de poco. A la postre, deberemos ver si somos capaces de encauzar la gran emotividad y capacidad de acción de todos los sectores para ir más allá de los sentimientos, los miedos y las amenazas, y poder responder así, colectivamente, a los retos del cambio de época en que estamos ya plenamente inmersos.

Joan Subirats, Catedrático de Ciencia Política (Universitat Autònoma de Barcelona).

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