El ‘procés’ y los banalizadores del mal

Amon Göth era el oficial de las SS que disfrutaba matando, mutilando y torturando, interpretado por Ralph Fiennes en La lista de Schindler. Su alma, y el espejo de su cara, de villano impecable y sin resquicios era, no obstante, muy poco representativa del mal que trataba de mostrar la célebre película.

Porque tal y como había demostrado décadas antes Hannah Arendt en su extraordinario reportaje sobre el juicio en Jerusalén al líder nazi Adolf Eichmann, la maldad del Holocausto no se nutrió apenas de monstruos psicópatas asesinos, sino de gente normal —»terriblemente y temiblemente normal», lo describió la filósofa—, es decir, de funcionarios fieles cumplidores de su deber, de aplicados y ambiciosos empresarios, de interesadas víctimas colaboradoras, de intelectuales comprensivos y disciplinados, de amantísimos padres y madres que querían un país mejor para sus hijos y de jóvenes inflamados por elevados ideales.

Cabe decir que esos elevados ideales no inflamaban sólo a los jóvenes del «mañana nos pertenece». En realidad, Arendt identificaba «la noción de participar en algo histórico, grandioso, único» como el principal impulso para que tantos millones de personas corrientes aceptaran convertirse con total entusiasmo en simples piezas del gigantesco engranaje que fue el proyecto nazi. Creían que estaban haciendo historia, mejorándola.

Así pues, el mal era más banal de lo esperado, pero no así su explicación, que nada tenía de banal. A fin de prevenirlo, a fin de erradicarlo, no bastaba con identificar al Satanás de turno; había que explorar a fondo un terreno abonado para que agarrase esa mala hierba. Y un ingrediente fundamental de ese abono era la banalización.

Es obvio que lo dicho hasta ahora tiene que ver con las últimas detenciones de miembros de los denominados CDR (Comités de Defensa de la República), acusados de delitos de rebelión, terrorismo y tenencia de explosivos, y con la reacción del Gobierno de la Generalidad, dirigiendo su condena no a los supuestos prototerroristas —sorprendidos preparando acciones con planos de instalaciones de la Guardia Civil—, sino al Estado que en cumplimiento de su obligación ha ejercido su poder legítimo por medio de sus jueces y fuerzas de seguridad para «neutralizar la acción de un grupo terrorista de índole secesionista catalán».

Como digo, esto es ya suficientemente obvio, pues la irresponsabilidad de los líderes del separatismo radical en este asunto es manifiesta y ha sido repetidas veces señalada. Los ejemplos de política incendiaria en este nivel son tan desinhibidos que lindan con la obscenidad, como el del propio presidente de la Generalidad, Quim Torra, cuyos hijos pertenecen a esos mismos comandos operativos que él mismo ha instigado a actuar en repetidas ocasiones.

Por ello el objeto de este artículo es señalar que la banalización del mal incluye asimismo otros niveles de responsabilidad menos evidentes.

Si a Torra se le ocurre hablar de «bestias con forma humana», es porque existe un clima favorable que hace posible esas expresiones. Un microclima creado por lustros de lluvia fina que ha acabado calando hasta los huesos a buena parte de la sociedad catalana. La superestructura ideológica construida durante un larguísimo periodo de hegemonía nacionalista conforma un segundo nivel de gran importancia en esta gran estructura de banalización del mal.

En un esclarecedor artículo, Ramón Marcos Allo (El asterisco, 14/10/2018) hizo notar la espeluznante coincidencia entre los planteamientos del proceso de construcción nacional de Cataluña y la doctrina actualmente vigente para definir el concepto de «crimen contra la humanidad». Para ser tipificado como tal, la existencia de crímenes de guerra ya no es un requisito, sino que es suficiente con que exista una persecución de un colectivo por cualquier motivo —raza o sexo, lengua o cultura, ideología o religión…— universalmente reconocido como inaceptable con arreglo al Derecho Internacional.

«La comisión de un crimen contra la humanidad —cita el autor— requiere la existencia de un ataque sistemático o generalizado contra la población civil o una parte de ella derivado de una decisión política adoptada generalmente por una organización estatal, que también podría ser subestatal, en el que participe su personal y recursos y del que pueda incluso resultar el levantamiento de una parte de la población contra otra, por el consentimiento o fallo de esa organización en prevenirlo y controlarlo. Se considera que el ataque es sistemático cuando proviene de un plan preconcebido para conseguir los objetivos políticos propuestos, que no tienen necesariamente por qué ser criminales por sí mismos».

Los acosos escolares sufridos por hijos de guardias civiles en colegios públicos catalanes, las viñetas cómicas de periódicos ridiculizando lo español o la colonización partidista del espacio público e institucional, por poner sólo algunos ejemplos, son actos de enorme gravedad banalizados sistemáticamente desde las claves de bóveda donde se asienta lo que Gustavo Bueno denominó «la cúpula ideológica», es decir, desde las instituciones del régimen, el sistema educativo público o la gran mayoría de los medios de comunicación —públicos o subvencionados— catalanes. Son casos de violencia simbólica que preparan el terreno a la violencia física y que serían impensables en una sociedad saludable.

Esa parte hegemónica de la sociedad construida según el plan 2000 diseñado por Jordi Pujol y su entorno conformaría ese segundo nivel de banalización del mal que haría posible la existencia del primer nivel, representado por Torra y los hiperventilados.

Pero existe aun un tercer nivel de banalización, un tercer círculo integrado por personas que nunca admitirían integrarlo. Porque este nivel no incumbe ya a quienes defienden el mal de manera más o menos explícita, sino a quienes no lo combaten o lo combaten de manera tibia, complaciente o equidistante entre víctimas y verdugos. Actitudes tan loables, en principio, como la tolerancia, la comprensión o la empatía se tornan nocivas cuando su objeto es la semilla del mal. Quienes contemporizan con él, quienes lo relativizan o justifican en alguna medida, ayudan a incubar el huevo de la serpiente.

¿Recuerdan las risas de los Wyoming y compañía a cuenta del «España se rompe»? Las pocas voces que hace ya muchos años consiguieron desafiar la omertá catalana y superar la espiral de silencio tuvieron como cruel destino la burla y el sarcasmo de todo un establishment mediático que había decidido banalizar el mal, tildando de ridículos exagerados a quienes lo denunciaban.

Y hoy, cuando esas burlas han dejado de tener público porque la realidad se ha encargado de dar la razón al más «exagerado» de los supuestamente ridículos agoreros, las críticas de quienes no se cuestionan la raíz del mal, sino sólo sus excesos, se concentran en atribuir a quienes combaten el totalitarismo las mismas taras que los totalitarios.

El tu quoque, la simetría entre identidades agresoras e identidades agredidas, es el arma dialéctica que ha sustituido a la ya inservible acusación de exageración. Para estos banalizadores de nuevo cuño no es posible dar una respuesta radical al nacionalismo catalán, pues ello te convierte en nacionalista español; ni es posible tampoco rechazar de plano el marco mental que identifica ciudadanía catalana e identidad catalanista, pues ello te convierte en un «esencialista» español.

Desde sus columnas en periódicos o desde sus tribunas en asociaciones, blanqueando algunos aspectos del totalitarismo, atacando el fascismo sólo en su expresión más descarnada, pero censurando a aquellos que cuestionan sus planteamientos de raíz, estos defensores de las salidas negociadas al procés están también banalizando el mal que en él anida.

Antonio Gramsci puso el título de Odio a los indiferentes a uno de sus artículos de juventud, en el que expresaba su férrea voluntad de tomar partido para revertir una situación que consideraba intolerable. Ese texto ya prefiguraba los famosos cuadernos donde supo describir mejor que nadie el proceso por el cual un grupo de personas logra que el resto de la sociedad acepte «por consenso» políticas que les perjudican.

Bien podría el filósofo haber cambiado «indiferencia» por «banalización» como objeto de su ira, pues para combatir el mal tan nefasto es mostrarse indiferente, como banalizarlo.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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