El proceso de paz

En los últimos años pienso que el llamado proceso de paz se ha convertido en una expresión problemática e incluso quizá hasta nociva. Se podría decir que el proceso de paz ha pasado a ser un escollo para la paz misma, ya que tanto para los israelíes como para los palestinos, norteamericanos y en cierta medida para los europeos, el proceso de paz es una especie de entidad diplomática independiente cuya retórica ética y política ha llegado a ser más importante que sus actos, de forma que con su envoltorio oculta una auténtica pasividad y lo que es peor: actuaciones que van claramente en contra de la paz. El proceso de paz ofrece la ilusión y por tanto también la tranquilidad de que la paz acabará llegando e infunde la idea de que hay que tener paciencia cuando lo que realmente se esconde es total pasividad.

Como ejemplo de esto basta mencionar el proceso de paz –breve y eficaz– entre Israel y Egipto, dos países que habían mantenido cinco sangrientas guerras. El proceso de paz se inició de forma repentina con la visita del presidente egipcio Sadat a Israel en noviembre de 1977, y menos de un año después ya se acordaron en Camp David los principios fundamentales. Entonces vinieron la retirada, la desmilitarización, el desmantelamiento de colonias y el intercambio de embajadas, y unos meses después se firmó el acuerdo de paz, el cual sigue vigente más de treinta y cinco años después.

En cambio, aunque el primer acuerdo provisional entre Israel y los palestinos se firmó en Oslo en 1993, han pasado ya más de veinte años y todavía el acuerdo definitivo de paz parece estar lejos. Es cierto que durante este tiempo se han alcanzado acuerdos parciales –la mayoría no se han cumplido– y también se han producido enfrentamientos violentos entre ambos lados, y parte de ellos se siguen dando hoy en día, por no recordar lo mucho que han ido creciendo los asentamientos de colonos en territorios palestinos.

Y durante estos veintiún años decenas si no cientos de enviados e interlocutores europeos y americanos han estado corriendo de aquí para allá entre israelíes y palestinos. Se han celebrado muchas cumbres de todo tipo y encuentros desde todos los escalafones. Los presidentes de Estados Unidos, sus secretarios de Estado y de Defensa, junto con otros líderes europeos, han viajado a Jerusalén y a Ramala para presentar propuestas. John Kerry, por ejemplo, en el último medio año ha estado once veces en Israel y en la Autoridad Palestina para intentar avanzar en el proceso de paz.

La prueba más evidente de la desconfianza hacia el proceso de paz la encontramos en las conversaciones que uno puede escuchar en las calles de Israel o Cisjordania. La gente moderada y, por supuesto, la más extremista de ambos lados coincide en su falta de confianza en que el actual proceso de paz logre su objetivo. Y también hay personas, tanto de la izquierda como de la derecha, que no tienen ninguna esperanza de que algún día se alcance la paz. Pero aun así, todavía la inmensa mayoría tanto de moderados como de extremistas de un lado y de otro considera que en absoluto se ha de parar el proceso de paz, y ello se debe a la sensación de que tras un día entero haciendo cosas que van en contra de la posibilidad de un acuerdo, viene bien acostarse por la noche con el proceso de paz dormidito junto a la almohada.

Resulta curioso que la mayoría de los israelíes y palestinos y de los mediadores europeos y norteamericanos diseñarían más o menos las mismas expectativas realistas –y no fantasiosas– a las que podría atender un acuerdo de paz razonable entre Israel y los palestinos. En cambio, este interminable proceso de paz elabora precisamente todo tipo de fantasías en torno a posibles renuncias y cesiones que cada lado podría conseguir del otro, y en ese constante ir y venir de ilusiones se va desgastando el proceso de paz y la paz a su vez se va alejando.

¿Qué hacer entonces? Yo opino que sólo una auténtica crisis podría hacernos avanzar hacia la paz, y no estoy hablando de que se produzcan estallidos de violencia, sino de que se corten de forma oficial todos los contactos y se detenga el llamado proceso de paz. Y esto ha de afectar a las partes en conflicto, pero también a los mediadores y muy en especial a los de Estados Unidos, que se están comportando como una asistente social apocada en una institución para perturbados mentales. Una retirada oficial por desesperación por parte de Estados Unidos causaría estupor en los círculos palestinos e israelíes y tal vez los obligaría a tomarse las cosas en serio y entablar un diálogo de verdad con objetivos realistas que conduzcan a un acuerdo realmente posible.

En los años 70, tras la guerra de Yom Kippur, el secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, inició negociaciones para lograr un acuerdo de separación de fuerzas militares entre Israel, Egipto y Siria. Durante un mes entero estuvo viajando de una capital a otra. En un momento dado se desesperó de la tozudez de Israel y dejó caer que ya no iba a mediar en el conflicto y que habría que replantear las relaciones entre Israel y Estados Unidos. Curiosamente, enseguida Israel suavizó su postura y por fin se logró el acuerdo.

No puede ser que una potencia mundial como Estados Unidos, que tiene claro cómo podría ser el acuerdo entre israelíes y palestinos, malgaste esfuerzos y cree fantasías en ese mal llamado proceso de paz que lo que único que hace es retrasar la llegada de la paz.

Abraham B. Yehoshúa, escritor israelí, impulsor del movimiento Paz Ahora

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