El proceso y el desembarco de Normandía

Esto que llaman «el procés» está calando profundamente en la sociedad catalana. No me refiero desde un punto de vista político, ni siquiera electoral, sino desde la tolerancia, la indiferencia e, incluso, la participación activa en procesos dogmáticos que cuestionan la democracia misma. En Cataluña, las heridas de este largo proceso de ingeniería social serán sociológicas, afectarán y afectan a la percepción de la realidad de la política, promoverán una actitud proclive al servilismo, al encuadramiento social, a la disciplina, a la confusión entre ética democrática y dogma, entre moral e ideología.

La actitud de los protagonistas de este proceso secesionista podría tacharse de irresponsable, de manipuladora, pero, por desgracia, esos dos adjetivos podrían etiquetar a muchos de los servidores públicos que hemos tenido la desgracia de soportar en nuestro país durante los últimos treinta años. ¿Cómo adjetivar a quien utiliza las instituciones y su marco legal para destruirlo? ¿Cómo denominar a quien manipula el lenguaje, a quien tensiona el relato, a quien «secuestra» la libertad ciudadana cercenando la pluralidad informativa, crea enemigos imaginarios o construye un imaginario colectivo en el que una mayoría social debe sentirse acomplejada por no ser lo que el poder secesionista piensa que debe ser?

Esta es la clave de todo lo que está sucediendo en Cataluña, no nos engañemos. Aquí, de lo que se trata, de lo que se ha tratado, lo que lleva construyendo el nacionalismo desde hace más de treinta años, es de un sueño, una proyección mental, que ve todo lo español como algo ajeno, extraño, dañino para esa pesadilla uniformizada, ese anacronismo al que tanta gente de buena fe se ha subido, aunque sea a costa de pagar el peaje de la sumisión, de la aceptación de una inferioridad ciudadana.

El problema es que ese prisma, esa tendencia hacia la «mirada etic» de la realidad, nos lleva a esta insoportable ingenuidad posmoderna de creer en una especie de inocencia de los actos, de la exoneración de los protagonistas, como una virtualización de la realidad, como una melancolía de la inevitabilidad.

Esta visión, inducida por el vértigo tecnológico y la complejidad de un econosistema opaco para la mayor parte de la población y aprovechada por el populismo, no debería hacernos ignorar una premisa básica para cualquier democracia moderna, para cualquier sociedad abierta y plural: la responsabilidad y los méritos se dan en el individuo, en las personas, todo lo demás es ocultarse malintencionadamente tras vagos y capciosos conceptos como «pueblo» o «nación». Este fenómeno es el que estamos sufriendo los catalanes, algunos más conscientemente que otros, algunos más manipulados que otros, y, en este caso, en nuestro caso, vemos cómo el nacionalismo catalán se ha valido del desconcierto del nuevo milenio y una gran recesión para acelerar el proyecto de ingeniería social denominado «construcción nacional» aunque sea a costa de pisotear el Estado de Derecho, pervertir la democracia y corromper el lenguaje.

El insensato discurso que profesan nuestros representantes políticos en Cataluña está llegando a cotas inéditas para cualquier país democrático, la utilización de un lenguaje siempre metafórico, con referencias alegóricas y maliciosamente bélicas, dan una pista de la cosmovisión agonística y excluyente que subyace bajo el «procés», el president Artur Mas ha comparado la esperpento-consulta convocada para el 9 de noviembre con el desembarco de Normandía. ¿Hasta qué punto un presidente de una comunidad autónoma está dispuesto a inocular una visión de enfrentamiento en la población? ¿Hasta dónde quieren llegar? Es un insulto para la inteligencia y para la democracia comparar un proceso rupturista con un hecho histórico como el desembarco de Normandía, porque allí, en las playas normandas, lucharon y murieron miles de hombres para poder dotar a los europeos de un marco de legalidad que protegiese las libertades individuales y garantizase así la democracia.

¿Cuál es el objetivo de esta casta nacionalista? La perpetuación de sí misma. Los que han convertido Cataluña en una especie de coto privado de enriquecimiento de unos pocos, los que han hecho del clientelismo la razón de ser institucional, serán ellos los que seguirían gobernando una Cataluña independiente, pero, eso sí, sin ningún tipo de límite, de control, de equilibrio de poderes… esa es la Cataluña que sueñan, esa es la Cataluña que muchos no queremos, ni para nosotros ni para nuestros hijos.

José Rosiñol, vicepresidente segundo de Sociedad Civil Catalana.

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