El profeta musulmán que nació en Belén / The Muslim prophet born in Bethlehem

Por Karen Armstrong, colaboradora de The Guardian e historiadora de las religiones. Es autora, entre otras obras de Mahoma: biografía del profeta y La escalera de caracol (EL MUNDO, 27/12/06 -  THE GUARDIAN, 23/12/06):

En el año 632, cinco después de la terrible guerra, la ciudad de La Meca, en la Hiyaz [provincia de Arabia Saudí de la que La Meca es capital], abrió voluntariamente sus puertas al Ejército musulmán. No hubo derramamiento de sangre y nadie se vio obligado a convertirse al islamismo, pero el profeta Mahoma ordenó la destrucción de todos los ídolos y símbolos de la divinidad. Había una serie de frescos pintados en los muros interiores de la Kaaba, el edificio sagrado de piedra gris que había de antiguo en La Meca, y uno de ellos, según se dice, representaba a María y a su hijo, Jesús. Inmediatamente, en acto de reverencia, Mahoma lo cubrió con su manto y ordenó que todas las demás pinturas salvo ésta fueran destruidas.

Es posible que esta historia sorprenda a muchas personas de Occidente que han considerado al islamismo enemigo implacable de la cristiandad ya desde los tiempos de las Cruzadas, pero es conveniente que la tengamos presente en estos días navideños, cuando estamos rodeados de imágenes de la Virgen y el Niño. Esto nos recuerda que el denominado choque de civilizaciones no ha sido en absoluto inevitable. Durante muchos siglos los musulmanes han venerado la figura de Jesús, que es honrado en el Corán como uno de los profetas más grandes y, en los años de formación del islamismo, llegó a formar parte constitutiva de la identidad musulmana emergente.

Es éste un punto del que se pueden extraer lecciones importantes tanto para los cristianos como para los musulmanes, quizás especialmente en Navidad. El Corán no cree en la divinidad de Jesucristo pero dedica más espacio a la historia de su concepción virginal y a su nacimiento que el mismísimo Nuevo Testamento, hechos que presenta como símbolos enormemente ricos del nacimiento del Espíritu en todos los seres humanos (Corán 19:17-29; 21:91). Al igual que los grandes profetas, María recibe al Espíritu y lleva a Jesús en su seno, quien, a su vez, llegará a ser un ayah, una revelación de paz, mansedumbre y de compasión al mundo.

El Corán se escandaliza ante las proclamas cristianas de que Jesús sea «el hijo de Dios» y describe a un Jesús que niega con vehemencia su divinidad en un intento de «purificarse» a sí mismo de estas imputaciones blasfemas. El Corán insiste una y otra vez en que, como el propio Mahoma, Jesucristo fue un ser humano perfectamente común y corriente y que los cristianos han malinterpretado en todos sus extremos sus propias escrituras. Sin embargo, concede que los más sabios y los más creyentes de los cristianos, especialmente los monjes y los sacerdotes, nunca han creído que Jesús tuviera naturaleza divina; de todos los que adoran a Dios, a monjes y sacerdotes se les tenía por los más próximos a los musulmanes (Corán 5:85-86).

Hay que decir que algunos cristianos tienen un concepto muy simplista de lo que se entiende por encarnación. Cuando los escritores del Nuevo Testamento, Pablo, Mateo, Marcos y Lucas, llaman a Jesús el «Hijo de Dios» no querían decir que fuera Dios. Usaban esta expresión en su sentido judío: en la Biblia hebrea, se denominaba con ese mismo título a cualquier mortal (un rey, un sacerdote o un profeta) a quien Dios hubiera encomendado alguna misión especial y que gozara de una intimidad desacostumbrada con la divinidad. A lo largo de todo su evangelio, Lucas está en perfecta sintonía con el Corán porque siempre y en todo momento se refiere a Jesús como un profeta. Incluso Juan, que consideraba a Jesucristo como la Palabra de Dios hecha hombre, hacía por lo general una distinción, aunque ciertamente sutil, entre la Palabra eterna y el propio Dios, de la misma manera que nuestras palabras son algo diferente de la esencia de nuestro ser.

El Corán insiste en que todas las religiones que siguen la orientación correcta provienen de Dios y a los musulmanes se les exige que crean en las revelaciones de todos y cada uno de los mensajeros divinos de Dios: «Abraham, e Ismael, e Isaac, y Jacob... y todos los demás profetas: no hacemos distinción entre ninguno de ellos» (Corán 3:84). Sin embargo, Jesús, llamado también el Mesías, la Palabra y el Espíritu, gozaba de una consideración especial.

Se tenía la creencia de que Jesucristo tenía una cierta afinidad con Mahoma y que había profetizado la venida de éste (Corán 61:6), de la misma manera que entre los cristianos se creía que los profetas hebreos habían anunciado la venida de Cristo. El Corán, posiblemente bajo la influencia del cristianismo docético, negaba que Jesús hubiera sido crucificado pero sin embargo consideraba su ascensión a los cielos como la afirmación triunfal de su naturaleza profética. De manera similar, Mahoma habría ascendido místicamente al Trono de Dios en algún momento. Jesús jugaría también un papel muy destacado junto a Mahoma en el drama escatológico de los últimos días.

Durante los tres primeros siglos de islamismo, los musulmanes mantuvieron contactos muy estrechos con los cristianos de Irak, Siria, Palestina y Egipto y empezaron a acumular una colección de cientos de anécdotas y dichos atribuidos a Jesús; no existe nada comparable en ninguna otra religión no cristiana. Algunas de estas enseñanzas estaban claramente derivadas de los evangelios (el Sermón de la Montaña era extraordinariamente popular), aunque dotadas de un sabor musulmán característico. Jesús aparece realizando la hayy [la peregrinación a La Meca], leyendo el Corán y postrándose en oración.

En otros relatos, Jesús expresaba preocupaciones específicamente musulmanas. Para los ascetas musulmanes Jesús era un modelo excepcional, con su predicación de la pobreza, la humildad y la paciencia. En ocasiones tomaba partido en las disputas políticas o teológicas, como cuando se alineaba con aquellos que defendían el libre albedrío en el debate sobre la predestinación; o como cuando elogiaba a los musulmanes que se habían retirado por principio de la política («Exactamente igual que los reyes os han confiado a vosotros la sabiduría, así deberíais vosotros confiarles el mundo a ellos»); o como cuando condenaba a los sabios que prostituían sus enseñanzas a los progresos políticos («No os ganéis la vida a expensas del Libro de Dios»).

Jesús llegó a ser considerado por los musulmanes un ejemplo y una inspiración en su propia búsqueda espiritual. Los chiíes estaban convencidos de la existencia de una poderosa conexión entre Jesús y los imanes fundadores del chiísmo, que también habían tenido nacimientos milagrosos y heredado de sus madres el conocimiento profético. Los sufíes eran particularmente devotos de Jesús y lo llamaban el profeta del amor. El místico del siglo XII Ibn al-Arabi lo llamaba «el sello de los santos», con lo que de manera perfectamente consciente lo situaba a la par de Mahoma, «el sello de los profetas». Algunos sufíes llegaban tan lejos como a modificar el sahada o profesión de fe de los musulmanes, que para ellos pasaba a ser «doy fe de que no hay más Dios que Alá y que Jesús es su enviado», sin mencionar a Mahoma.

La devoción de los musulmanes a Jesús es un ejemplo digno de destacarse de la forma en que una tradición resulta enriquecida por otras. No puede decirse que los cristianos hayan correspondido a este reconocimiento. Mientras que los musulmanes reunían tradiciones relacionadas con Jesús, los sabios cristianos de Europa denunciaban a Mahoma por libidinoso y charlatán y por su adición perversa a la violencia. Sin embargo, tanto los musulmanes como los cristianos son hoy culpables de muestras de intolerancia y con frecuencia parecen empeñados en ver sólo lo peor de los otros.

La devoción de los musulmanes a Jesús demuestra que no siempre ha sido así. En templos pasados, antes de los distanciamientos políticos de la modernidad, los musulmanes siempre fueron capaces de poner en práctica una autocrítica fructífera y rigurosa. Con ocasión del nacimiento del profeta Jesús, podrían preguntarse este año sobre cómo resucitar su larga tradición de pluralismo y comprensión de las demás religiones. Por su parte, los cristianos, tras meditar sobre la afinidad que los musulmanes sintieron en otros tiempos hacia la religión cristiana, podrían echar una mirada a su propio pasado y reflexionar sobre lo que puedan haber hecho para haber perdido ese respeto.

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In 632, after five years of fearful warfare, the city of Mecca in the Arabian Hijaz voluntarily opened its gates to the Muslim army. No blood was shed and nobody was forced to convert to Islam, but the Prophet Muhammad ordered the destruction of all idols and icons of the Divine. There were a number of frescoes painted on the inner walls of the Kabah, the ancient granite shrine in the centre of Mecca, and one of them, it is said, depicted Mary and the infant Jesus. Immediately Muhammad covered it reverently with his cloak, ordering all the other pictures to be destroyed except that one.

This story may surprise people in the west, who have regarded Islam as the implacable enemy of Christianity ever since the crusades, but it is salutary to recall it during the Christmas season when we are surrounded by similar images of the Virgin and Child. It reminds us that the so-called clash of civilisations was by no means inevitable. For centuries Muslims cherished the figure of Jesus, who is honoured in the Qur'an as one of the greatest of the prophets and, in the formative years of Islam, became a constituent part of the emergent Muslim identity.

There are important lessons here for both Christians and Muslims - especially, perhaps, at Christmas. The Qur'an does not believe that Jesus is divine but it devotes more space to the story of his virginal conception and birth than does the New Testament, presenting it as richly symbolic of the birth of the Spirit in all human beings (Qur'an 19:17-29; 21:91). Like the great prophets, Mary receives this Spirit and bears Jesus, who will, in his turn, become an ayah, a revelation of peace, gentleness and compassion to the world.

The Qur'an is horrified by Christian claims that Jesus was the "son of God", and depicts Jesus ardently denying his divinity in an attempt to "cleanse" himself of these blasphemous projections. Time and again the Qur'an insists that, like Muhammad himself, Jesus was a perfectly ordinary human being and that the Christians have entirely misunderstood their own scriptures. But it concedes that the most learned and faithful Christians - especially monks and priests - did not believe that Jesus was divine; of all God's worshippers, they were closest to the Muslims (5:85-86).

It has to be said that some Christians have a very simplistic understanding of what is meant by the incarnation. When the New Testament writers - Paul, Matthew, Mark and Luke - call Jesus the "Son of God", they do not mean that he was God. They use the term in its Jewish sense: in the Hebrew Bible, this title was bestowed upon an ordinary mortal - a king, a priest or a prophet - who had been given a special task by God and enjoyed unusual intimacy with him. Throughout his gospel, Luke is in tune with the Qur'an, because he consistently calls Jesus a prophet. Even John, who saw Jesus as God's incarnate Word, usually made a distinction, albeit a very fine one, between the eternal Word and God himself - just as our own words are separate from the essence of our being.

The Qur'an insists that all rightly guided religions come from God, and Muslims are required to believe in the revelations of every single one of God's messengers: "Abraham and Ishmael and Isaac and Jacob ... and all the other prophets: we make no distinction between any of them" (3:84). But Jesus - also called the Messiah, the Word and the Spirit - had special status.

Jesus, it was felt, had an affinity with Muhammad, and had predicted his coming (61:6), just as the Hebrew prophets were believed by Christians to have foretold the coming of Christ. The Qur'an, possibly influenced by Docetic Christianity, denied that Jesus had been crucified, but saw his ascension into heaven as the triumphant affirmation of his prophethood. In a similar way, Muhammad had once mystically ascended to the Throne of God. Jesus would also play a prominent role beside Muhammad in the eschatological drama of the last days.

During the first three centuries of Islam, Muslims came into close contact with Christians in Iraq, Syria, Palestine and Egypt, and began to amass a collection of hundreds of stories and sayings attributed to Jesus; there is nothing comparable in any other non-Christian religion. Some of these teachings were clearly derived from the gospel - the Sermon on the Mount was particularly popular - but were given a distinctively Muslim flavour. Jesus is depicted making the hajj, reading the Qur'an, and prostrating himself in prayer.

In other stories, Jesus articulated specifically Muslim concerns. He was a great model for Muslim ascetics, preaching poverty, humility and patience. Sometimes he took sides in a political or theological dispute: aligning himself with those who advocated free will in the debate about predestination; praising Muslims who retired on principle from politics ("Just as kings have left wisdom to you, so you should leave the world to them"); or condemning scholars who prostituted their learning for political advancement ("Do not make your living from the Book of God").

Jesus was becoming internalised by Muslims as an exemplar and inspiration in their own spiritual quest. Shias felt that there was a strong connection between Jesus and their inspired imams, who had also had miraculous births and inherited prophetic knowledge from their mothers. The Sufis were especially devoted to Jesus and called him the prophet of love. The 12th-century mystic Ibn al-Arabi called him "the seal of the saints" - deliberately pairing him with Muhammad, the "seal of the prophets". Some Sufis went so far as to alter the shahadah, the Muslim profession of faith, so that it became: "I bear witness that there is no God but Allah, and that Jesus [not Muhammad] is his prophet."

The Muslim devotion to Jesus is a remarkable example of the way in which one tradition can be enriched by another. It cannot be said that Christians returned the compliment. While the Muslims were amassing their Jesus-traditions, Christian scholars in Europe were denouncing Muhammad as a lecher and charlatan, viciously addicted to violence. But today both Muslims and Christians are guilty of this kind of bigotry and often seem eager to see only the worst in each other.

The Muslim devotion to Jesus shows that this was not always the case. In the past, before the political dislocations of modernity, Muslims were always able to engage in fruitful and stringent self-criticism. This year, on the birthday of the Prophet Jesus, they might ask themselves how they can revive their long tradition of pluralism and appreciation of other religions. For their part, meditating on the affinity that Muslims once felt for their faith, Christians might look into their own past and consider what they might have done to forfeit this respect.