El progreso de la paz

Por Gemma Calvet, abogada (EL PERIÓDICO, 22/01/07):

Progresar implica marchar hacia delante, buscar la acción necesaria para obtener el efecto de crecer, de mejorar. En lo colectivo supone un desarrollo de la humanidad, y referido a una comunidad o país, el progreso comporta su fortalecimiento democrático. El proceso de paz ante la violencia de ETA constituye, queramos o no, el auténtico reto de progreso en los términos que el desarrollo democrático exige y demanda.
Ir hacia adelante implica asumir que el camino de la paz no puede ser otro que el fortalecimiento de acciones y posiciones que consoliden al Estado de derecho y que ofrezcan a los ciudadanos la certeza de que, sin ejercicio de la violencia, en una sociedad democrática todas las aspiraciones son legítimas. Para avanzar hay que dimensionar con honestidad qué es lo que se esconde tras las demandas de un progreso hacia la paz. Cuales son las cuestiones a abordar.

LAS POSICIONES intransigentes del PP, mezclando terrorismo y concesiones ante los nacionalismos catalán y vasco, han delatado uno de los principales retos de proceso de nuestro momento democrático. Desde el discurso intelectual, ETA y PP se encuentran, al trenzar violencia y autodeterminación. Terrorismo y nacionalismo.
La ley de partidos, las querellas contra Ibarretxe, la Mesa del Parlamento o los miembros de Batasuna, y la presión de sectores judiciales conservadores son ejemplos dramáticos y críticos, de esta falta de conciencia democrática. Se cuestionan bases esenciales de cualquier sociedad moderna como son el respeto a las instituciones, al derecho a sufragio pasivo y activo o la libertad ideológica.
Para el progreso, no sirve la política que se sostiene en la existencia de ETA y que busca imponer sus proyectos de nacionalismo excluyente, sea el que sea. El problema es que las instituciones democráticas, los partidos políticos, también el Tribunal Supremo, tienen ahora el deber de asumir desenlazar este trenzado. La reciente sentencia del caso Jarrai, Haika y Segi es un ejemplo de ello. Tres magistrados contra dos han decidido ampliar el concepto de terrorismo. El mismo Tribunal que ha sido capaz de declarar nulas pruebas obtenidas en Guantánamo no actúa igual para afrontar el conflicto vasco. Existen excepcionales juristas que se paralizan ante la cuestión de la violencia y los nacionalismos e incurren en un involucionismo rancio y crispado.
La grave condena por un delito de opinión al preso De Juana Chaos y el resto de jurisprudencia de alargamiento de condenas son otras manifestaciones de este estadio deficitario de calidad democrática en algunas acciones judiciales. La excepcionalidad penal y penitenciaria en España está alcanzando cotas de extralimitación desbordada.
Desde amplios espacios del exterior de nuestro país, políticos, sociales y jurídicos, ya hace años que se perciben estos déficits en España y los sitúan en clave de proceso complejo y largo tras una dictadura. Como recuerda George Stenier, ser europeo también es tratar de negociar, moral, intelectual y existencialmente, los ideales y aseveraciones rivales, especialmente los nacionalismos.

LA CUESTIÓN es si este diagnóstico de progreso se asume realmente en la esfera de los partidos políticos. Hay algunos factores que indican que este avance puede estar sucediendo. Por un lado, la obtención de una paz consolidada, con ausencia de violencia, amenazas, y muertes es ya una exigencia clara y determinada de la sociedad civil de todo el Estado, incluida la izquierda aberzale. La sociedad vasca se ha ido configurando a través de Ahotsak, Lokarri o la Iniciativa de Juristas como espacios liderados por personas que practican el diálogo y buscan avanzar.
Es cierto que la primera percepción social tras el terrible atentado de Barajas fue de desánimo. También lo es que, errores aparte, la determinación de Zapatero en ejercitar el reto político de la paz ante la opinión publica, retirando las tropas de Irak y abriendo un proceso de negociación y diálogo para Euskadi, ha sido percibido por la mayoría de la ciudadanía como una nueva manera de hacer política de progreso, de superación de modelos caducos que, basados exclusivamente en la represión y el belicismo, esconden otros intereses. La gente ya sabemos qué quiere decir hacer políticas de paz.
Por otro lado, la posibilidad de avanzar en debates políticos entre partidos y las posiciones públicas de Batasuna reclamando el cese de la violencia son claras evidencias de que la vía política tiene que ser la única vía de progreso hacia la paz. Algunos están empeñados en hacer de la palabra “condena” el reducto de intransigencia y riesgo de paralización. Lo realmente importante no es la palabra sino lo que se quiere decir, y ahora por fin se escucha en todos los espacios la palabra paz y ausencia de violencia como binomio indisoluble. Esto es un auténtico signo de progreso.
Nuestros líderes políticos, incluyendo los del PP, tienen el deber de asumir una posición necesaria de superación del tacticismo partidista y de impulso de progreso. Unamuno pone palabras a esta posición necesaria, a esta exigencia de superar los obstáculos propios.
“Es terrible esclavitud la de vivir esclavo del concepto que de nosotros han formado los demás. Es terrible la esclavitud, la esclavitud de la vanagloria. Un cambio, dirán los demás. No, un progreso. No de ello, de mi tengo que responder. Libertad, libertad, libertad”.