El progreso y sus enemigos

La humanidad, en su conjunto, nunca ha vivido tan bien como hoy. Al escribir esto, aunque pueda demostrarse, nos exponemos a recibir una avalancha de reproches. Los sondeos de opinión, sobre todo en Occidente, reflejan un pesimismo generalizado: la mayoría considera que todo era mejor antes y que todo está empeorando, lo cual es inexacto. En una obra que acaba de publicarse en inglés (Progress, Oneworld Publications), un economista sueco, Johan Norberg, propone una síntesis del progreso objetivamente medible en torno a diez criterios: el hambre, la higiene, la esperanza de vida, la pobreza, la violencia, el medio ambiente, la educación, la libertad, la igualdad y el trabajo infantil. Todos los indicadores son positivos desde que empezó el progreso material, a finales del siglo XVIII, en Gran Bretaña. Antes, el progreso no existía en absoluto. Y desde que empezó, no ha dejado de acelerarse. Si nos atenemos a los temas más sensibles y a los peor percibidos, como el hambre o el medio ambiente, el contraste entre la retórica predominante y la realidad es sorprendente.

La hambruna, que era el estado «normal» de la humanidad desde la prehistoria hasta la década de 1950, ha desaparecido, salvo en las zonas de conflicto, y persisten bolsas de malnutrición en India, en el África subsahariana y en China occidental, pero se reducen. El planeta ya alimenta decentemente a 7.000 millones de habitantes, en unas superficies cultivables constantes, incluso en descenso, mientras que en 1950, una población dos veces más pequeña no conseguía alimentarse. Todas las hipótesis catastróficas han resultado falsas gracias a las innovaciones en la agricultura, a la Revolución Verde y a los OGM en particular.

Otra contradicción flagrante entre la percepción y la realidad es el medio ambiente. Algunos recuerdan que, hace cincuenta años, el aire en las grandes ciudades europeas, como Londres o París, era tan irrespirable como lo es ahora en Pekín y en Nueva Delhi. Los grandes ríos europeos, como el Sena, el Támesis, el Ebro o el Rin, se habían convertido en alcantarillas; hoy en día podemos pescar y bañarnos en ellos. ¿Y el «agujero» en el ozono que amenazaba con provocarnos un cáncer de piel? Se ha cerrado. Estos progresos reales se han conseguido gracias a los avances científicos, a una mejor gestión de los recursos y a un mínimo de inteligencia política. Debería suceder lo mismo con lo poco que sabemos del calentamiento climático.

¿La pobreza? Desde el primer hombre hasta la Revolución Industrial era a lo que se veía abocado normalmente el 99 por ciento de la humanidad. En su forma más extrema, menos de un dólar de recursos al día, ya solo afecta a un 10 por ciento de nuestra especie, y se da casi por completo en el África subsahariana. La pobreza se ha erradicado con unas buenas políticas económicas, salvo en los países en los que no se aplican estas políticas.

¿El trabajo infantil? En el siglo XIX, los niños en las fábricas fueron el blanco simbólico de las críticas de la revolución industrial y del capitalismo por parte de Karl Marx o de Charles Dickens, la prueba de la naturaleza salvaje del desarrollo. En realidad, en las sociedades rurales pobres, los niños habían trabajado por necesidad desde tiempos inmemoriales, pero no se les veía. Y lo que cambió con la revolución industrial es que el trabajo infantil se hizo visible y escandaloso; la novedad no era el trabajo infantil, sino que se protestase contra él. Esta protesta, pero también la mecanización de las tareas, ha hecho que, poco a poco, casi todos los niños, incluso en los países pobres, dejen el campo y las fábricas y vayan al colegio.

Podríamos enumerar muchos ejemplos como ha hecho Johan Norberg, pero no haríamos más que repetir la contradicción que ya hemos puesto de manifiesto entre la realidad y la percepción. ¿Cómo podemos entender este contraste? Una explicación superficial: los medios de comunicación. No informan de que los trenes llegan puntuales o de que los aviones despegan, sino solo de que uno entre un millón descarrila o se estrella. Las denominadas redes sociales, que no se rigen por ninguna ética periodística, añaden accidentes falsos para aumentar el tráfico en su página web. Es porque al público le encanta. Las primeras gacetas, en el siglo XIX, se dedicaban a hablar de los crímenes más horribles, no de la situación de personas normales, y menos aún de la mejoría de esta situación. La esperanza de vida, que aumenta cada día, no aparece en la portada de los periódicos. Los conflictos en Siria y en Irak son espantosos, pero no se va a decir en los titulares que han causado menos víctimas que la guerra entre Irán e Irak, de 1979 a 1989, en la que murieron dos millones de personas. La gran distorsión entre el progreso y su percepción no se puede atribuir ni a un autor, ni a una causa, sino que probablemente está inscrita en nuestras neuronas tal y como la evolución nos las ha transmitido. El mito de la época dorada, de que el ayer era mejor que el presente, es tan antiguo como la propia humanidad y existe en todas las civilizaciones. Lo sorprendente es que aun así haya progresistas y visionarios que trabajan en aras del progreso y que lo hacen posible a pesar del escepticismo general y de los vientos en contra. Por tanto, este progreso que beneficia a todos, incluso a los que lo niegan, no es un derecho adquirido, sino una lucha que nunca está ganada de antemano.

Guy Sorman

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