El PSOE: el 135 versus los 135

Los firmantes de este artículo somos militantes o simpatizantes del PSOE. Otros muchos han dejado de ser una u otra cosa por medidas como la reforma constitucional del artículo 135 de septiembre de 2011, quizá el indicador definitivo de la falta de empatía del partido con sus votantes tradicionales.

1. En primer lugar, porque se realizó con precipitación, sin debate, y de la mano únicamente del Partido Popular, su principal opositor ideológico y electoral, que mantuvo una feroz campaña contra el Gobierno socialista en los peores momentos de la crisis, sin gesto alguno de responsabilidad patriótica. Eso ya fue un error.

2. Hay quien dice que lo malo no era la reforma, sino la concreción que hizo en la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria el Gobierno del PP, pervirtiendo el acuerdo previo. Pero eso era algo previsible, porque sus señales desde la oposición era que arrasarían con nuestro Estado de Bienestar y aplicarían un rodillo conservador, como efectivamente ha sucedido. Confiar en el PP en aquella coyuntura fue otro gran error político.

El PSOE el 135 versus los 1353. Tampoco resulta veraz plantear que sólo adelantó el cumplimiento de normas en el mismo sentido como el Fiscal Compact. Porque éste recomienda pero no obliga a enraizar la regla de estabilidad en nuestra Carta Magna. Al cambiar la Constitución de manera tan sencilla y desacomplejada se evidenció, ante una ciudadanía lacerada por la crisis y perpleja por la incapacidad de sus dirigentes para enfrentarla, las prioridades de la acción política, y cuán alejadas estaban de las suyas. Algo similar a lo que sucedió después con el rescate bancario. No ver eso fue otro error.

4. Más bien la iniciativa respondió al convencimiento de que la citada regla fiscal debía incrustarse en el corazón de nuestra normativa, situando de manera oportunista la ideología neoliberal en la Carta Magna y dificultando todo lo posible su marcha atrás. Si no, bien habría podido adoptarse por vía normativa ordinaria. Se argumenta ahora que Suecia, país de tradición socialdemócrata y con un desarrollado Estado de Bienestar, tiene también una regla de estabilidad presupuestaria de rango constitucional. Pero la comparación resulta simplista. Primero, porque igualmente podrían invocarse otros países (Reino Unido, Alemania, Suiza o Chile), que tienen límites a sus finanzas públicas en sus normas básicas. Segundo, porque obviar la diferente tradición sueca y española en materia económica y de cultura fiscal sitúa la cuestión en un interesado compartimento estanco: puede ser que una estricta norma de estabilidad no impida en sí misma el crecimiento del Estado de Bienestar, pero también es cierto que no hemos oído, a quienes sostienen esto dentro del PSOE, pedir que se aumente el gasto público hasta el nivel de Suecia (53,2% del PIB frente al 44,3% en España) y los ingresos para sostenerlo (51,9% frente a 37,5%). Y tercero, porque intenta confundir a la ciudadanía identificando estabilidad presupuestaria con la constitucionalización de la misma.

5. También el contenido preciso de la reforma contiene aspectos muy discutibles, como ha puesto de manifiesto Economistas frente a la crisis -que tuvo su origen precisamente en la crítica de esta decisión-, y como comparten otros muchos expertos. Todos destacan la opacidad y arbitrariedad del cálculo del déficit estructural, concepto clave en el asunto, y el sesgo que imprime sobre las opciones de política económica, en contra de una acción más proactiva del Estado en momentos de recesión y paro.

6. En cuanto a los resultados para calmar las presiones de los mercados, baste decir que la prima de riesgo siguió aumentando sin pausa: de agosto de 2011 a julio de 2012, 250 puntos básicos, hasta los 550. Y sólo comenzó a reconducirse tras la intervención de Mario Draghi, amenazando con medidas no convencionales si las presiones especulativas continuaban. Por tanto, fue absolutamente ineficaz, y en esos términos, también fue un error.

Bienvenida sea por tanto esta rectificación del PSOE, tardía y parcial, pero valiente, si bien aún falta conocer sus detalles. Muchos seguimos creyendo que lo que se hizo fue ideológico, que ocasiona un déficit democrático al impedir al Parlamento decidir sobre el saldo presupuestario, que la Constitución no debe precisar los detalles de la estabilidad presupuestaria, y que su sitio es una Ley. Y esperamos de la reforma algo más que la introducción de garantías del pago de partidas esenciales del Estado de Bienestar; esperamos que se contemple la necesidad de no lastrar, en aras de una austeridad mal entendida, las inversiones esenciales para el desarrollo del país en formación, I+D+i, TIC’s o infraestructuras básicas, sin las cuales difícilmente lograremos un crecimiento cuantitativo y cualitativo suficiente para sostener aquellas políticas sociales que se quieren asegurar; todo ello preservando la posibilidad de realizar políticas anticíclicas para luchar contra la recesión y el paro, e integrando, de una vez por todas, los equilibrios ecológicos indispensables para garantizar la equidad y el progreso duradero.

Bienvenida sea en todo caso la corrección, porque recupera una parte de racionalidad económica que es esencial. Pero también porque debería contribuir, al fin, a abrir el debate dentro del PSOE sobre la identidad del partido en materia económica, sobre las opciones de política económica para dar respuesta a los problemas y retos del país, que no son únicas ni neutras, y que deben responder a un cuerpo estratégico definido de antemano y que contenga líneas rojas que su militancia sepa que no se van a franquear, y menos sin debate, y consulta colectiva abierta y decisoria.

Otros miembros y simpatizantes del PSOE han mostrado su malestar y sorpresa porque el partido «reniegue» del artículo 135 de marras. Nosotros pensamos que de lo que debería renegar el PSOE es de haber dejado su política económica durante tantos años en manos de quienes han mostrado tantas dificultades en plantear actuaciones frente a los problemas económicos sensiblemente diferentes de las que planteaban y aplicaban los partidos de la derecha conservadora.

Lo que nos sorprende es que tantos cuadros del PSOE hayan defendido en los últimos años medidas como la permanente conveniencia de rebajar el coste del despido; la imposibilidad de poner coto a la contratación temporal no causal; la supresión de un mecanismo de revalorización de pensiones que evite una cuantiosa pérdida de poder adquisitivo a nuestros mayores; la eliminación de los Impuestos de Patrimonio y Sucesiones; la reducción de la tributación de las rentas de capital; la minoración de la progresividad del IRPF; la no modificación del régimen de las SICAV; la gestión privada de la sanidad; el mantenimiento de los privilegios económicos de la iglesia..; son este tipo de cuestiones de naturaleza económica las que, a nuestro juicio, han contribuido a llevar al PSOE al descrédito de los últimos años, y a su consecuente descenso electoral.

El debate sobre estas cuestiones ha sido secuestrado demasiados años, y con él, las opciones de recuperar al partido como referencia de la izquierda en España y en Europa. Pedro Sánchez ha afirmado que el PSOE «debe construir un proyecto de izquierdas que atraiga al centro». Esta idea nos parece central, y creemos que muchas de las iniciativas que está defendiendo en los pocos meses que lleva al frente del partido van en esa positiva dirección. Pero queda mucho por hacer, y la oposición, desde fuera y también desde dentro del propio partido, será numantina, como se está pudiendo comprobar en relación al dichoso artículo 135. Vencer estas resistencias es la única vía para que los socialistas recuperen la confianza de su electorado tradicional, atrayendo a la vez a ese centro más volátil, con un programa que adapte con rigor el ideario socialdemócrata a los nuevos tiempos, pero sin perder la substancia de lo que ha defendido la mayor parte de sus 135 años de historia.

Alberto del Pozo y Antonio González son economistas y Mario Campano es consultor. Además, firman este artículo Antonio Arroyo Gil, Odón Elorza, Jorge Fabra Utray, Mónica Melle, Vicente Montávez, Cristina Narbona, Pedro Sabando Sequí y Borja Suárez.

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