El PSOE en el país de los soviets

En diciembre de 1977, hace ahora 40 años, una delegación del socialismo español visita la Unión Soviética. Invitados por el Comité Central del PCUS y coincidiendo con el 60 aniversario de la Revolución, Felipe González, Alfonso Guerra, Miguel Boyer y a modo de traductor un representante del PSOE de preguerra, el catalán Francisco Ramos Molins -veinte años de su vida en la URSS, diez como exiliado y otros tantos como prisionero del Gulag- aterrizan la tarde del día 11 en Moscú vía París en un Yak-42 de Aeroflot. Por delante, cuatro días de reuniones y atenciones de la nomenclatura soviética, interesada en establecer contacto con la fuerza emergente de la izquierda en la España posfranquista y evidenciar sus diferencias con el PCE de Carrillo, poco menos que humillado en su asistencia unas semanas antes a los fastos del aniversario revolucionario.

La visita fue estrechamente seguida desde España y cubierta por periodistas como José Luis Gutiérrez, que relataría el viaje en una extensa y jugosa crónica –Felipe en la URSS: caliente, caliente– publicada en el número navideño del semanario Cambio 16. Dando cuenta de la obstinación de Alfonso Guerra a la hora de afrontar los rigores climáticos rusos con una insuficiente y muy madrileña trenca, o de su acalorado intercambio de pareceres con el director de una fábrica estatal de automóviles a propósito de la poesía de Yevgueni Evtushenko, en una forzada exhibición de la aireada condición de “hombre de letras” del número 2 del PSOE. Pero anécdotas aparte, los calculados gestos y declaraciones de los líderes socialistas serán objeto de todo tipo de interpretaciones en un momento clave para España, poco después de las primeras elecciones democráticas y en pleno proceso constituyente.

En su visita a Leningrado, González y Guerra disparan simbólicamente el cañón del crucero Aurora que sesenta años antes había dado la oportuna señal para la toma del Palacio de Invierno. En Moscú, la expedición española hace las correspondientes ofrendas ante el mausoleo de Lenin y la llama al soldado desconocido de la Gran Guerra Patria. Como colofón al viaje, Pravda publica en su portada un comunicado conjunto del PSOE y el PCUS en el que ambas organizaciones se reafirman en “la necesidad de superar la división del mundo contemporáneo en bloques político-militares contrapuestos, así como su ampliación”. Un pronunciamiento que se interpreta como un compromiso del PSOE con la permanencia de España al margen de la OTAN.

Justo doce meses antes, a principios de diciembre de 1976, tenía lugar en Madrid el XXVII Congreso del PSOE, primero en España tras la Guerra Civil. Histórico encuentro de un partido todavía por legalizar (lo sería en febrero) pero aprobado por la autoridad competente, transcurrido menos de un mes del harakiri de las Cortes franquistas. Nuevo episodio del escrupuloso guión de la reforma política, fiado en este caso a la mejor voluntad de un PSOE ungido y comprometido con una moderación desde la que asumir el espacio de la izquierda en el nuevo e inminente régimen democrático. El acontecimiento vino avalado por la presencia en la capital de España de los principales líderes de la socialdemocracia europea -Mitterrand, Olof Palme, el laborista Michael Foot y sobre todo Willy Brandt, presidente de la Internacional Socialista y valedor de González-, garantes de una homologación ideológica del PSOE subrayada por el lema del congreso: Socialismo es libertad.

Un mensaje vestido de estudiada ingenuidad de mano de Isabel Villar, autora del cartel que serviría de reclamo e imagen del cónclave. A lo Henri Rousseau, Villar interpretaba una vieja fotografía en la que Fernando de los Ríos y Julián Besteiro flanquean a Pablo Iglesias en una estampa estival, casi burguesa, tomada en la parroquia asturiana de Celorio, concejo de Llanes, en agosto de 1921. Precisamente en un congreso extraordinario celebrado en abril de aquel año el PSOE había rechazado su adhesión a la Internacional Comunista a instancias del propio De los Ríos, que en 1920 había realizado un periplo exploratorio, encuentro con Lenin incluido, que contaría en su libro Viaje a la Rusia sovietista.

La elección de la imagen de aquel congreso no era inocente. El venerable fundador entre los dos intelectuales socialistas por excelencia, ambos institucionistas, antirrevolucionarios y víctimas, cada uno a su manera, de la tristísima resaca de la Guerra Civil. Tan elocuente su presencia como las ausencias de Indalecio Prieto o Largo Caballero, caras del socialismo en armas.

Pero la ternura naif del cartel de Villar y el aval de los socialistas europeos contrastó con los principios duros expresados en los debates y documentos del XXVII Congreso. En su resolución política, el PSOE se acogía a su Programa Máximo -un documento ¡de 1888!- y orientaba al PSOE “a la superación del modo de producción capitalista mediante la toma del poder político y económico y la socialización de los medios de producción, distribución y cambio por la clase trabajadora”, con el objetivo de construir una “democracia socialista” y autogestionaria. Internacionalista, revolucionario, de masas y de clase: en su primer congreso en España, y aún por legalizar, el PSOE se convertía en el primer partido de la Internacional Socialista en recoger expresamente el marxismo en su ideario.

Semejante intensidad ideológica alarmó a algunos observadores, particularmente del SPD alemán, patrocinador expreso del proyecto de González. También a destacados miembros de la rama liberal del PSOE como Boyer, que poco después del Congreso, donde fue elegido secretario para asuntos económicos de la Ejecutiva, renunció al puesto y a la militancia por el contenido “revolucionario” de las ponencias.

Lo cierto es que la introducción del marxismo en el Congreso del 76, atribuida a Guerra con el consentimiento de González -aunque públicamente el secretario general se mostrara discretamente en contra-, respondía a razones de orden táctico. Los ideólogos de la vía del socialismo hacia la hegemonía de la izquierda y el poder estuvieron dispuestos a que el PSOE se pusiera un disfraz revolucionario para no perder comba en el disputado espacio electoral de la izquierda, particularmente ante el PCE, cuya participación en el nuevo sistema, que el PSOE había intentado torpedear desde tiempos de la Platajunta, ya era inevitable.

Para cuando viajan a la URSS la retórica revolucionaria se ha moderado. Boyer ha vuelto a la foto tras su controvertida espantada, y en las elecciones de junio del 77 el PSOE ha obtenido cinco millones y medio de votos y 118 diputados, frente al millón y medio y los 20 escaños del PCE. A menos de un millón de sufragios de la circunstancial UCD, el PSOE había logrado condensar el voto de izquierdas, convenciendo de su pedigrí al votante moderadamente significado y aprovechando por el otro flanco la “memoria histórica”, que en acepción de entonces expresaba el temor sociológico al PCE alimentado por décadas de obsesivo discurso anticomunista del franquismo. “A lo largo de los casi cien años ya de existencia del PSOE, jamás ha utilizado el vocablo marxismo a excepción de su introducción en el último Congreso”, declaraba González en mayo de 1978. “Pienso que fue un gran error”. Propondrá su eliminación de cara al XXVIII Congreso de mayo del 79, donde el simulacro de debate en torno a la cuestión motivó una teatral dimisión del secretario general y la convocatoria de un congreso extraordinario en septiembre en el que el marxismo sería finalmente arrumbado y González definitivamente repuesto en orgánico loor.

El marxismo no fue la controversia que se ha contado y fijado en las historias más o menos televisadas de la Transición, sino un extraordinario fetiche táctico, el perfume de revolución que necesitaba el PSOE para consolidarse, del mismo modo que hoy necesita el karaoke periódico de La Internacionalentonada puño en alto en ejecutivas y congresos. Una prueba del prestigio resiliente de la revolución, que hoy como entonces sigue fertilizando con sus reliquias simbólicas la legitimidad de las viejas y las nuevas izquierdas.

Borja Martínez es historiador y director de la revista Leer.

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