El PSOE escribe un prólogo, el PP un epílogo

Por tercera vez en década y media el PSOE ha recurrido a la democracia para renovar su liderazgo y en los tres casos, como tantas veces en las primarias norteamericanas, un outsider se ha quedado con el santo y la limosna. Ocurrió en 1998 cuando Borrell, alejado del núcleo duro del felipismo, se impuso a Almunia; en 2000 cuando el Zapatero inventado por la Nueva Vía le ganó por la mínima el Congreso a Bono; y el domingo pasado cuando Pedro Sánchez alias Kid Guaperas noqueó a Madina Rostro de Espátula pese al padrinazgo de Rubalcaba y el aparato de Ferraz.

¿Se asemejará el futuro del flamante nuevo secretario general al del efímero Borrell o al de un Zapatero que, en definitiva, con sus aciertos y errores, está ya en la Historia como uno de los tres únicos presidentes de la democracia que ha completado dos legislaturas en la Moncloa?

Es probable que los cuchillos cachicuernos de los compañeros de partido vuelvan a brillar con ínfulas de vendetta, pero Sánchez tiene dos ventajas sobre Borrell: que ya ha quedado en cierto modo vacunado contra el juego sucio tras la rastrera maniobra de intentar personalizar en él los pecados nefandos de los partidos en las cajas; y que cuenta con el paraguas protector de Susana Díaz.

Pero de ahí emana también la principal de sus fragilidades. Su probada capacidad de darle la vuelta a una contienda interna a lo Bertrand Duguesclin -ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi pupilo-, ha afianzado la estrella emergente de la lideresa andaluza, convirtiéndola en una especie de madre de la criatura. El propio Sánchez ha fomentado esa impresión recibiéndola en la puerta de Ferraz como si ella acudiera allí a darle posesión del cargo de delegado de la Junta en Madrid.

Se trata de una tutela similar a la que Fraga ejercía sobre Aznar al inicio de los 90, con el agravante de que Díaz es aún más joven que Sánchez y todo son cábalas sobre si, una vez que apruebe la reválida de las urnas en unas elecciones anticipadas en Andalucía, no tratará de convertirse en la primera inquilina de la Moncloa. Eso envuelve el éxito de Sánchez de un aura de provisionalidad pues no está claro si le tocará hacer de Precursor o de Mesías.

En contra de la opinión más extendida creo que a él es a quien más le convendría cumplir el compromiso de celebrar en noviembre las primarias abiertas a los simpatizantes para elegir candidato a la presidencia del Gobierno. Si es capaz de mantenerse en la cresta de la ola a la vuelta del verano, llegaría a ese envite sin apenas desgaste, oliendo todavía a nuevo, en las mejores condiciones de batir a cualquier contrincante, incluida Chacón. Podría incluso ocurrir que cuando hiciera sonar el cuerno del desafío nadie se atreviera a recoger el guante. Y eso sí que supondría la consagración y el blindaje de su liderazgo de cara al ciclo electoral venidero.

Lo esencial en todo caso es que Pedro Sánchez apunta maneras como hacía mucho tiempo que no lo hacía nadie al irrumpir en la primera división de la política. Como profesor de economía que habla idiomas y ha sido capaz de ganarse la vida sin depender de cargos públicos u orgánicos tiene mejor preparación que la mayoría de sus congéneres, y respecto a su determinación y audacia poco puedo añadir al estupendo perfil publicado el pasado lunes por Lucía Méndez -efectivamente «el carácter es el destino» y eso no hay quien lo arregle-, excepto que me di cuenta de que algo inusual estaba germinando el día del debate en Ferraz cuando este mocetón salió del atril para romper la cuarta pared de la teatralidad política y acercarse a sus votantes potenciales. El carisma es a la política lo que las burbujas al champagne: necesaria pero no suficiente. Si lo que hay en la botella no merece la pena, la decepción sigue a la euforia. Pero después de estos años con tanta barba y tanto barba -y aquí incluyo a unas cuantas damas soporíferas- se agradece que irrumpa alguien con un buen after shave.

En el PSOE hay una fundada sensación de volver a empezar, de estar al comienzo de un nuevo tomo de su dilatada historia aun por escribir. El gran desafío de Sánchez consiste en enderezar a su decrépito partido sobre una plataforma política que ofrezca respuestas genuinamente progresistas a los grandes problemas nacionales y en especial al separatismo, la corrupción, la baja calidad de la enseñanza, el desempleo y la pobreza. Lo más aconsejable para ello es que extienda el espíritu de las primarias y convierta el próximo Congreso en el inicio de un debate en profundidad -sin ideas no hay proyecto- para que los socialistas revisen los dogmas y lugares comunes que han ido adhiriéndose al casco de su nave en función de los mares que surcaban.

La mayor oportunidad que abre al PSOE este liderazgo nuevo es la de recuperar la beligerancia en pro de la España constitucional poniendo fin al seguidismo contra natura de las tesis nacionalistas que tan desastrosos resultados viene deparándole en Cataluña, el País Vasco o Baleares. Su peor riesgo es incurrir en política económica en un izquierdismo infantiloide fruto del afán por mimetizarse con la demagogia extremista de Podemos. Disputar el partido en uno y otro frente con las reglas del contrincante es estimular al público a preferir siempre el original frente a la copia.

Para alguien que no se siente socialista y poco menos que descarta votar al PSOE en unas elecciones generales es difícil ser más concreto, aunque tengo que reconocer que cuando Sánchez propuso acertadamente despolitizar el Tribunal de Cuentas, eliminando de su seno a los representantes de los partidos, pensé que ya sólo faltaba que aplicara ese mismo criterio al Consejo del Poder Judicial para que al fin llegara alguien dispuesto a cumplir las promesas regeneracionistas del PP.

Más allá de la ironía, desde el bando liberal con minúscula el sentimiento dominante respecto al proceso abierto por el PSOE no puede ser sino el de la sana envidia. Supongo que esa comezón es la que arderá desde hace días entre casi todos los jóvenes y muchos de los no tan jóvenes militantes del PP. Un partido que hasta el día de la fecha, y salvo honrosas excepciones como las de Feijóo en Galicia o Bauzá en Baleares, elegidos por las bases, ha sido incapaz de aplicar en su propia casa el código de valores democrático que predica de puertas afuera. Un partido que dice defender el mérito individual, la movilidad social y la carrera abierta a los talentos pero hace de su organización un búnker hermético en el que siguen instalados de forma desafiante los padrinos de la financiación ilegal y demás prácticas corruptas.

A Aznar lo designó Fraga, a Rajoy lo designó Aznar -sometido hoy a la mudez extrema, bien que se arrepiente de ello- y Rajoy pretende designar a Soraya para que extienda el reino de la tecnocracia sobre la Tierra con ayuda de las antenas de su provecto general. Entre tanto, In Fear We Trust: en La Moncloa se frotan las manos ante las buenas perspectivas de Podemos, según el último CIS, y ante el ataque de parálisis que parece atenazar a UPyD y Ciudadanos tras unos resultados europeos que les obligan a entenderse. A menos que Sánchez tenga la personalidad y valentía necesarias para disputarle el centro, Rajoy puede aguardar, estólido en su estrago, a que llegue el momento en que los españoles tengan que elegir entre él y una caótica amalgama de radicales enloquecidos.

Su receta consistirá entre tanto en no hacer nada. Como mucho amagará con la reforma sobre la elección de los alcaldes para cubrirse ante los distinguidos militantes del PP que perderán la vara de mando a causa del descrédito gubernamental: yo quería pero el PSOE no se ha prestado al consenso… En lo demás pasividad, pasividad y más pasividad. Rajoy se siente muy orgulloso de no haber pedido el rescate integral en 2012 y disimula como cuestión menor el que sirvió para tapar los agujeros de los políticos en las cajas; vive feliz de que el cambio de ciclo le proporcione margen para ignorar las demandas europeas de nuevas reformas y para desoír casi todas las propuestas de los expertos en materia tributaria; saca pecho en privado al denegar el indulto a Matas, que ingresará en prisión por subcontratar discursos sin que se le haya probado la apropiación indebida de un solo euro, mientras Mato continúa en el Gobierno pese a que la Gürtel pagaba sus viajes, coches, hoteles y demás confetis; y está encantado haciendo de pared de frontón tanto ante el convulso chapoteo de Artur Mas, reclamando un salvavidas de la forma que sea, como ante quienes -verbigracia los promotores del oportuno manifiesto Libres e Iguales-, piden que deje de liderar «un Estado a la defensiva en el que predominan el tacticismo y la resignación».

Pero quien no hace nada, ni siquiera cuando el portavoz del Gobierno de una comunidad autónoma comparece junto a un fulano al que se paga con dinero público para que explique cómo tendrían que repartirse las divisas del Banco de España y el arsenal de nuestras Fuerzas Armadas en el momento en que se produzca la declaración unilateral de independencia, tampoco puede representar nada de cara al futuro.

Hasta el día de la fecha la mayoría absoluta fruto del contundente mandato que recibió Rajoy sólo le está sirviendo para escribir una deslucida secuela, casi una postdata minúscula y ratonera de los años de Aznar. De ahí el problema creciente de la desmovilización política del centro y la derecha en España mientras, en un nuevo golpe pendular que nos retrotrae al comienzo de la Transición, cunde el descrédito de la iniciativa privada, el desprestigio de las recetas liberales y hasta el arrumbamiento de los derechos individuales por incomparecencia de su supuesto paladín. Dos francotiradores del PP de Madrid, Henríquez de Luna y Percival Manglano, han puesto el dedo en la llaga en estas páginas, sin atreverse, claro, a señalar al responsable.

Ningún canon literario establece la duración de los prólogos y epílogos. Lo que digo es compatible con que Rajoy gane las próximas generales al modo crepuscular en que González lo hizo en el 93. El ocaso de su quietismo nunca se demorará tanto como el delenda est con que Ortega enterró al régimen de la Restauración hace cien años. Pero la mano que mece la pluma sabe bien cuándo la mueven el vigor y la ilusión ante el folio en blanco y cuándo se deja arrastrar por la rutina del burócrata en pos del cierre del expediente administrativo.

Sólo el día en que ese momento llegue podrá renacer como ave fénix la fuerza política heredera de aquella UCD que Garrigues y Fernández Ordóñez definieron al alimón como «partido de las libertades», amordazada hoy en ese «silencio triste al que -como decía Blanco White- suelen llamar tranquilidad sus defensores».

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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