El PSOE, la primogenitura y las lentejas

Por José Antonio Zarzalejos, director de ABC (ABC, 13/12/03):

La gran virtualidad que se atribuía al gobierno de coalición entre el PSC-PSOE y ERC se hacía residir en la capacidad moderadora del socialismo catalán y en su militancia constitucionalista respecto de las formulaciones extremas de los republicanos. José Luis Rodríguez Zapatero afirmó en el Foro de ABC el pasado martes que él «como firme defensor de la unidad de España» deseaba que Maragall gobernase en Cataluña. De las palabras a los hechos, sin embargo, la distancia se ha hecho tan excesiva como inasumible. El programa de gobierno de Maragall y Carod-Rovira no va a permitir al PSOE salvar la cara. Porque los confesados propósitos de la coalición embisten claramente al «régimen» constitucional y desdibujan hasta lo irreconocible el acervo ideológico del socialismo en su conjunto. Trataré de que estas decepcionadas aseveraciones no se sostengan en especulaciones sino en la letra del programa gubernamental, no sin advertir previamente que la «música» del texto acordado rezuma introspección, ensimismamiento y repliegue de Cataluña sobre Cataluña con el enseñoreamiento en todos sus aspectos de una disposición defensiva y, por lo mismo, insolidaria.

En el plano de los principios resulta literalmente impresentable, además de contradictorio con las protestas de consenso con las que se aderezan las reformas legales que se pretenden, la insólita expresión del «compromiso» para «no establecer un acuerdo de gobernabilidad con el PP», remachando, para que no quede duda alguna, que «se impedirá la presencia del PP en el Gobierno del Estado» renunciando a «establecer pactos de gobierno y parlamentarios en las cámaras estatales». Lo de menos es la agresión que implica este enunciado al partido que gobierna España. Lo sustancial es que desprecia de forma totalitaria a los diez millones de electores que han votado al PP, entre los que se cuentan, tanto en las autonómicas como en las generales, miles y miles de catalanes. Semejante hostilidad podría entenderse en el republicanismo independentista, pero ¿puede asumir el socialismo catalán y español tal manifestación de exclusión y sectarismo? ¿Es esa la disposición de «mano tendida» que profetizó Rodríguez Zapatero en el ánimo de Pascual Maragall? El secretario general del PSOE, si permite que esas afirmaciones odiosas queden reflejadas en el texto definitivo del programa gubernamental, tendrá un problema de credibilidad personal y política difícilmente superable.

Las embestidas al «régimen» constitucional, por lo demás, son evidentes. Y como lo son tanto y de tan grueso calibre, su silenciamiento por algunos medios de comunicación y las afirmaciones evasivas de Rodríguez Zapatero en el ya mencionado Foro de ABC, delatan mala conciencia y una clara abdicación ideológica. De forma quizá más sutil respecto a la tosquedad de otros pero igualmente retadora, PSC y ERC advierten de que en «caso de dilación indebida en la tramitación (de la reforma del Estatuto), no toma en consideración, impugnación o inadecuación sustantiva del resultado final con la propuesta aprobada en Catalunya que represente un bloqueo del proceso, la ciudadanía será llamada a pronunciarse por el procedimiento de consulta general que se crea más adecuado», esto es, un referéndum por cuenta y riesgo de la Generalidad, al modo que lo pretende Ibarretxe. El apriorismo es definitivo: o se acepta lo que se propone o se rompe la baraja. José Luis Rodríguez Zapatero, que en la ya reiterada tribuna de ABC, mantuvo con aparente convicción que nada en el programa de la coalición alteraría la Constitución, tendría que reflexionar sobre este aspecto y sobre otros vertebrales en el proyecto del PSC-ERC. Por ejemplo, el propósito de crear un marco de relaciones laborales autónomo en Cataluña muy preconizado también por los sindicatos LAB y ELA en el País Vasco; o la intención de que los ciudadanos catalanes no puedan acceder en casación al Tribunal Supremo; o la sustancial alteración -para la que ninguna autonomía está constitucionalmente apoderada con excepción de los territorios forales vascos y la Comunidad Foral de Navarra- de dotarse mediante una agencia tributaria de una hacienda propia para establecer así la «asimetría fiscal» que dejaría a su suerte a Galicia, Castilla-León, Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha o Murcia o Asturias; o la delirante y punitiva política lingüística; o el propósito explícito de establecer una normativa específica en Cataluña para la regulación de inmigración… y tantos otros extremos de este acuerdo que desmiente el sentido del socialismo en el PSOE y su responsabilidad de Estado.

Rodríguez Zapatero ha logrado que el PSC y Maragall obtengan la presidencia de la Generalidad de Cataluña, pero ha perdido en todo lo demás y ha planteado, desde la fuerza política que podría ser la única alternativa natural al PP, un diseño para cambiar el Estado atendiendo a los solos intereses y propósitos de una parte de los ciudadanos de Cataluña y en donde los dos partidos mayoritarios -el socialista y CiU- han entregado al dieciséis por ciento del republicanismo independentista una efectiva hegemonía. Pero el destrozo tiene derivadas añadidas. Porque va a requerir de explicaciones muy cumplidas a las direcciones socialistas regionales que tienen la responsabilidad de Gobierno en otras comunidades cuya dependencia de la solidaridad nacional es definitiva. Y porque el planteamiento de Maragall y Carod-Rovira desafía la singularidad de la autonomía vasca -foral y estatutaria- que se justifica en su carácter único y excepcional.

En el trasfondo de este pacto de gobierno late un propósito de transformación de la naturaleza del Estado español. La pretensión de modificar la actual configuración del Senado mediante la elección de sus miembros por los parlamentos y gobiernos autonómicos, confiriéndole en determinados temas la competencia de Cámara de primera lectura legislativa, conduce directamente al Estado federal que se intenta, además, asimétrico. Una España a tres: Cataluña, País Vasco y el resto. Sería, como con más intención de la inicialmente percibida advirtió José María Aznar, un auténtico «cambio de régimen», la apertura de hecho de un período subterráneamente constituyente en el que cada comunidad española -ya lo ha adelantado Rodríguez Zapatero- haría sus propios diseños financieros con igual legitimidad que la empleada en Cataluña y en el País Vasco para franquear las barreras constitucionales hasta irrumpir en el Título Preliminar de la Carta Magna.

No es paliativo a la gravedad de esta situación, la previsible reacción electoral que juzgará severamente la irresponsabilidad de los dirigentes del PSOE. Porque el empequeñecimiento del socialismo en España sólo conviene a sus enemigos pero jamás a sus adversarios y, desde luego, no a España y a su sociedad. Hay que lamentar muy sinceramente que la banalidad, la poquedad ideológica e intelectual de sus dirigentes, haya llevado a la izquierda española a la actual postración de la que había indicios alarmantes y que con el pacto entre PSE-PSOE y ERC ha confirmado un diagnóstico desalentador. No era el papel del socialismo romper la baraja a cambio de una presidencia honorífica en el Palacio de San Jaime. Sus dirigentes, sin embargo, han preferido un plato de lentejas a la primogenitura.