El PSOE y el fascismo soberanista

Ni lenguaje propio tiene ya el PSOE de Pedro Sánchez. Palabra a palabra, en el acuerdo PSOE-PNV, todo el texto es propiedad de los nacionalistas vascos y, en el que firman con ERC, todo lo que está y lo que no está ha sido decidido por Oriol Junqueras. El Partido Socialista protagoniza un gobierno que lleva dentro el virus contra nuestra identidad nacional compartida, la que nos define como españoles. Consecuencias de lo que Santos Juliá calificaba como «desbandada socialista».

Nuestro mejor historiador de la España contemporánea, en sus investigaciones recogidas en Transición, advirtió del riesgo que suponía para el Estado constitucional la renuncia del PSOE a su obligación de ser alternativa a los nacionalistas en País Vasco, Cataluña, Baleares, como ahora, en Comunidad Valenciana o Navarra. No vivió para ver completado, ahora ya en toda España, la amenaza que más temía: «El reconocimiento con todas sus consecuencias del carácter plurinacional de España».

Dice Sánchez que su gobierno tiene muchas voces, y es cierto, como ya hemos podido comprobar. Entre todas, destaca la de Manuel Castells. Es cuota Ada Colau y está, no por su obra de reconocido sociólogo, sino por Ruptura, un panfleto independentista preñado de odio contra España, en el que deslegitima a fondo todo nuestro Estado de derecho. Según el nuevo ministro de Universidades, España permanece unida gracias a la «vigilancia del Ejército» y a un Rey franquista. Para él, apelar a la Constitución es seguir con el «ordeno y mando», franquista, por supuesto. ¿El procés? Así lo ve el ministro de Sánchez: «El 1 de octubre de 2017, desafiando violentas cargas policiales que dejaron unos 800 heridos…». El PSOE no necesita ninguna mesa bilateral para hablar con secesionistas, ya los tiene sentados en el Consejo de ministros.

No hay que esperar a que jóvenes abertzales pateen guardias civiles en las fiestas patronales de Alsasua, ya les agrede sin piedad este ministro: «Columnas de la Guardia Civil partiendo marciales a la reconquista de Catalunya desde diversas ciudades de la geografía carpetovetónica entre vítores a España…». No sé por qué al leer esto me acordé de mi padre, un pastor que cada día llevaba El Norte de Castilla y un libro en su morral, en la España profunda de Tierra de Campos, un socialista que admiraba a Don Manuel Azaña.

Sánchez hace caso a su ministro, y somete al PSOE a los nacionalismos más supremacistas de Europa. Oxígeno para quienes, siendo minoría, imponen su identidad a la mayoría. De las violencias ejercidas contra la población no nacionalista, ninguna tan sangrante como la dirigida contra su lengua materna. Lo llaman inmersión lingüística, pero, como demuestran los sociólogos Mariano Fernández Enguita y Julio Carabaña, se trata más bien de una sumersión, en la que se lanza al agua a los alumnos bajo el principio pedagógico de «nada o húndete». Y más violencia con la vigilancia en los patios para comprobar si los alumnos hablan su lengua materna durante el juego.

Es como si tu vecino te dijera: «Esta es la lengua materna de mis hijos, ahora también será la de los tuyos». En Cataluña, por ejemplo, donde la lengua natal del 55% de la población es el castellano. El uso de la identidad como privilegio es ya una práctica habitual a la que nos hemos acostumbrado. Por ejemplo, el socialista vasco Andoni Unzalu, en Ideas y Creencias, ha investigado otra masacre que él resume así: «El 70% de los vascos queda excluido de ser funcionario por el euskera; eso debería alarmarnos». Pues, sí, es alarmante.

Esta violencia con la identidad como arma ¿es fascismo? El filósofo alemán Habermas dice que sí, y asimila el nacionalismo catalán al Frente Nacional francés. El filósofo holandés Bob Riemen tampoco tiene dudas: es fascismo. Este reconocido experto, autor de El eterno retorno del fascismo, advierte sobre la trampa de blanquear comportamientos fascistas con disfraces antifascistas. Y recuerda estas palabras anticipatorias de Thomas Mann en una conferencia en América: «Déjenme decirles la verdad: si alguna vez el fascismo llega a Estados Unidos, lo hará en nombre de la libertad».

Cuando los moderados Andoni Ortuzar y Aitor Esteban, del PNV, nos explican que irán logrando la independencia «paso a paso», o que, contradiciendo lo que refleja cada euskobarómetro, los vascos no se sienten españoles -«¡ni por el forro!»- se entiende qué significa imponer tu identidad a los otros. Cuando el progresista Oriol Junqueras -«¡Y una mierda! ¡Y una puta mierda!»- declara convencido que «los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles», o cuando homenajea al Capitá Collons, conocido terrorista fascista, se define. Todos ellos se proclaman antifranquistas, el mejor salvoconducto contra acusaciones de violencia identitaria.

Santos Juliá denunciaba la práctica torticera de lo que llamaba «franquismo sentimental». Vox no es fascista porque proceda, como semilla congelada, de la dictadura, lo es porque muchas de sus propuestas lo son. Y las prácticas soberanistas de imposición de una identidad de parte de la población al conjunto son fascistas. Bob Riemen advierte: «en el siglo XXI, ningún fascista aceptaría ser llamado así». Los fascistas no son tontos, dice, y «este rechazo al nombre fascista es congruente con su maestría en el arte de mentir».

Cuando Castells miente al «denunciar» que hay pruebas fotográficas sobre el pasado falangista de Albert Rivera, sabe lo que hace. Pretende asociar el fascismo de hoy con Franco, Falange, camisa azul, correajes. Emite en la misma onda que Iglesias cuando llama fascistas a los cientos de miles de constitucionalistas que, con Inés Arrimadas y Josep Borell, se manifestaron el 29 de octubre de 2017 en Barcelona. Formas de ocultar el fascismo realmente existente y usar el franquismo como caja de herramientas. Los periodistas Iñaki Gabilondo o Wyoming nos señalan diariamente legiones de franquistas que invaden nuestras calles, como zombis saliendo de la tumba, pero lo que demuestran es que lo más difícil es ver lo que se tiene delante, sobre todo si no se quiere ver.

Hay que recurrir a voces aisladas, como la de Antonio Caño, anterior director de El País, para encontrar en medios «progresistas» algún análisis crítico sobre la relación de Sánchez con estos fascismos soberanistas. Lo que domina, como denunciaba Juliá con nombres y apellidos, son intelectuales comprometidos con la mayor amenaza a nuestro Estado constitucional. Una vez más, Bob Riemen: «La traición de los intelectuales es un fenómeno eterno. El conformismo y la estupidez política parecen ser rasgos que muchos de nuestros amigos eruditos comparten».

Así hemos llegado a la España tripartita, en la que los nacionalpopulistas, ahora en el Gobierno de España, tienen un plan que no ocultan: sumar al PSOE para alcanzar una mayoría al servicio de su proyecto de poner fin a nuestra identidad nacional compartida. Lo llaman Estado plurinacional y, para lograrlo, confiesan aspirar a cuatro años de Sánchez para asegurarse otros cuatro años de Sánchez. Lo pueden conseguir, pero no es inevitable. Convencer a millones de españoles de izquierda y antinacionalistas es decisivo para pararles. No hay mal menor ante el fraude electoral de quienes piden el voto para la izquierda y lo suman al proyecto soberanista. Ese es el mayor de los males.

Jesús Cuadrado fue diputado del PSOE.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *