El PSOE y el federalismo

Nunca ha tenido el PSOE una posición unívoca con respecto al federalismo. Históricamente fue un concepto ajeno a su tradición ideológica obrerista, y en la actualidad es un término que seduce a algunos sectores internos y provoca alergia en otros. Ello es consecuencia de las dudas metódicas del socialismo español con respecto a la llamada «cuestión nacional», que nunca tuvo como un asunto teórico prioritario.

No es de extrañar, pues, que de vez en cuando el PSOE se líe con la propuesta federal si se tienen en cuenta los antecedentes históricos. El PSOE nació en 1879 asumiendo la idea de nación política del liberalismo progresista: España era su nación, una nación que había que transformar radicalmente, pero su marco natural de lucha proletaria. Así, quedaban unidos los conceptos de nación y proletariado: defender la unidad de la primera era defender la unidad del segundo. Los primeros socialistas estaban muy lejos de la idea federal de Pi y Margall, tanto en lo territorial como en lo social.

El PSOE y el federalismoDesde un principio, los socialistas tuvieron más clara la defensa de la autonomía municipal que de la regional, pues fueron los ayuntamientos las primeras instituciones en las que entraron. Conforme avanzaba su lenta institucionalización y su acercamiento a los republicanos, el PSOE fue incorporando postulados autonomistas, al asumir la idea organicista de la región de Giner de los Ríos y los krausistas. Pero seguían entendiendo el federalismo como una idea disgregadora del Estado, y a los nacionalismos vasco y catalán como movimientos burgueses y reaccionarios. Curiosamente, la consideración del federalismo es exactamente inversa según sea el punto de partida político: si se parte de un Estado unitario, aparece como una propuesta disgregadora; si se parte de una confederación, se considera como una idea unitarista (como se reflejó, por ejemplo, en el debate constituyente de los Estados Unidos).

Con pocas ideas sobre la cuestión, inspiradas por el marxismo francés de corte jacobino, el PSOE llegó al XI Congreso de 1918, en el que un grupo de socialistas catalanistas (Nin, Campalans, Serra i Moret, Comorera), querían federalizar el partido con una moción en favor, nada menos, que de la Confederación republicana de nacionalidades ibéricas. La moción fue aprobada con el apoyo de Julián Besteiro, pero sustituida solo un año más tarde, en un congreso extraordinario de 1919, por otra gradualmente autonomista inspirada por Indalecio Prieto.

Con esta resolución autonomista se llegó al final de la dictadura de Primo de Rivera, momento en el que la posibilidad de una República Federal aparecía como horizonte para algunos dirigentes socialistas. El más claramente favorable, además de los socialistas catalanes, fue Luis Araquistáin, que en El Ocaso de un régimen (1930) defendió incluso que Cataluña tuviera derecho a decidir su futuro. Algo así apoyó, en un arrebato solidario, Manuel Azaña en un encuentro de intelectuales catalanes y castellanos en marzo de 1930. Pero, después de defender en el verano de 1932 un Estatuto catalán más moderado, expresó en La velada en Benicarló y en los Cuadernos de la Pobleta, su amargura ante lo que consideraba una actitud insolidaria de los nacionalismos catalán y vasco con la República durante la Guerra Civil. De hecho, en el Pacto de San Sebastián (agosto de 1930) no se planteó ni el Estado federal ni mucho menos la autodeterminación (como aseguraba Carrasco i Formiguera), sino la autonomía de Cataluña.

El PSOE cerró entonces la puerta al federalismo con un reiterado rechazo de manera oficial. Primero, en el Congreso de julio de 1931, preparatorio del debate constituyente, en el que la agrupación de Barcelona propuso la República Federal. Fernando de los Ríos, en nombre de la ponencia, lo rechazó señalando que «la concepción federal tuvo su época gloriosa, pero no es la fórmula del día». Días más tarde, en la presentación del proyecto constitucional, Luis Jiménez de Asúa aclaró que hablaba en nombre de la comisión redactora pero también del Partido Socialista, y descartó la República Federal por tres motivos: por el desequilibrio regional de España, porque los Estados federales conocidos (EEUU, Alemania, Austria y Suiza) se estaban centralizando, y porque España no podía contemplar una construcción federal al ser ya un Estado constituido. Este último argumento es el que también reprocharon a Pi y Margall cuando presentó la propuesta federal en las Cortes de 1869, pues entonces no se contemplaba la posibilidad de que un Estado unitario pudiera convertirse en otro federal, lo que sí había admitido Kelsen en su Teoría General del Estado (1925). Es decir, se admitía la federación de Estados soberanos, pero no la federalización de un Estado unitario, que es lo que se plantea ahora con la reforma constitucional.

Así, el PSOE, como la mayoría republicana de entonces, rechazó formalmente el federalismo para España y se estableció el Estado integral, que contemplaba la autonomía de algunas regiones (especialmente Cataluña) y la vinculación de las demás provincias con el poder central. Tendrían que pasar unos cuantos años para que otro socialista, el segoviano Anselmo Carretero, volviera a plantear el Estado federal, considerando España como una Nación de naciones. Sin embargo, Carretero rechazó expresamente que tal fórmula se equiparase a la del Estado plurinacional, pues consideraba que España no era Yugoslavia y que debía mantener una única soberanía.

Como al final de la dictadura de Primo de Rivera, será al final de la de Franco cuando el PSOE vuelva a acercarse a planteamientos federalistas. Como entonces, entendía que el centralismo totalitario era no solo un atentado contra las libertades políticas y sociales, sino también contra las de los territorios con personalidad colectiva definida. Así, el federalismo como salida lógica y la solidaridad con los nacionalismos regionales se presentaba como bandera. Pero, al igual que en 1931, en el debate constituyente de 1978 el PSOE adoptó una actitud más realista, sustituyendo el federalismo por el autonomismo e incluso la defensa de la LOAPA en 1982.

El socialismo catalán,en cambio, ha asumido el concepto de una manera más clara. Desde el principio, ha deambulado entre un sector más próximo al PSOE (Comaposada, Fabra Ribas, Pla Armengol), frente a otro más catalanista, que acabaría imponiéndose, y que tendría como representantes más insignes a Alomar, Xirau, Campalans o Serra i Moret. Ante las difíciles relaciones entre ambos grupos, los segundos crearán en 1923 la Unió Socialista de Catalunya. Un intento de fusión en 1933, protagonizado por Largo Caballero y Joan Comorera, también fracasó.

Esto da idea de la diferencia histórica e ideológica entre ambos socialismos. Si el español proviene del internacionalismo obrero marxista, el catalán tiene su origen en el republicanismo federal catalán, siguiendo los postulados particularistas de Almirall antes que los generalistas de Pi y Margall. Históricamente, el socialismo catalán ha actuado más como corriente socialista del nacionalismo catalán que como corriente catalanista del socialismo español. El PSC actual es heredero indirecto de la USC, lo que provoca diferencias con sus homólogos del resto de España en esta cuestión.

Así pues, el socialismo español siempre ha tenido una actitud dubitativa ante el federalismo, al que, dentro de su jacobinismo dominante, se ha acercado retóricamente en momentos puntuales. Pero desde luego no se puede decir que su tradición histórica sea la federalista, ni mucho menos. Por otra parte, socialismo español y catalán son dos socialismos distintos, en su origen y en su evolución posterior. Partiendo de estas dos consideraciones, se pueden entender muchas cosas de las que pasan ahora.

Daniel Guerra Sesma es politólogo y autor de Socialismo español y federalismo (KRK y F. José Barreiro, 2013), El pensamiento territorial de la II República (Athenaica, 2016) y El pensamiento territorial del siglo XIX español (Athenaica, 2016).

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