El pucherazo de la discordia

En una de las páginas más sugestivas de Pensar el Siglo XX, obra que recoge los diálogos entre los historiadores Tony Judt y Timothy Snyder, este último afirma: “La responsabilidad ética fundamental de la historia consiste en recordarle a la gente que las cosas sucedieron en realidad”. A lo que Judt matiza con su perspicacia característica: la tarea de “descripción” es “crucial” para el historiador, pero “una segunda responsabilidad” consiste en “escribir la historia como la vemos, por poco atractiva que resulte al gusto contemporáneo”. Y esto debe ser así aun a riesgo de que se produzca una “apropiación abusiva” de nuestro trabajo.

La historia política de la Segunda República ha sido y será objeto de debates públicos, aunque sólo sea porque hubo una Guerra Civil que a menudo se proyecta hacia atrás y lo contamina todo. Tampoco, por otra parte, es fácil asimilar la complejidad del período y abstenerse de la tentación memorialista. Los historiadores, hijos de su tiempo, no son ajenos a esto. El rigor les exige distinguir la opinión política de la investigación, si bien no siempre lo hacen y algunos optan por una deliberada mixtificación. Ésta se percibe con descaro cuando aparecen nuevas investigaciones que cuestionan ciertas creencias predominantes. No obstante, los historiadores tenemos la obligación de contar lo que sucedió, apoyados en fuentes contrastadas y, como decía Judt, sin ceder a la tentación de orillar las cuestiones controvertidas.

Eso es precisamente lo que hemos hecho al investigar las elecciones generales de 1936, las últimas de la Segunda República y, por ello, sometidas a un intenso debate político desde la Guerra Civil. El único y meritorio estudio de conjunto, el de Javier Tusell, era un trabajo de sociología con fuentes tan restringidas que, por fuerza, dotaron de provisionalidad a sus conclusiones. Por tanto, estábamos muy lejos de conocer todo lo que pasó. Carecíamos de una historia política completa de aquel proceso electoral que trascendiera las simplificaciones y los relatos unilaterales, y que cancelara una serie de percepciones heredadas de la batalla de la propaganda sostenida durante la guerra y después. En ese sentido, el libro que acabamos de publicar, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa), fruto de una laboriosa investigación de años, presenta la historia de aquellos meses con toda la complejidad que la caracteriza, sin aspavientos y sin entrar en debates acientíficos y extemporáneos.

Una primera reacción ante su publicación ha consistido en señalar que el fraude y la violencia durante esas elecciones ya era conocido, y que ambos factores demuestran la inevitabilidad de la Guerra Civil e, incluso, legitiman la Dictadura de Franco. Era previsible, pero ni lo uno ni lo otro es cierto. Primero porque en Historia nada es inevitable, ni pueden omitirse con interesada ligereza los meses que transcurrieron entre las elecciones y el inicio de la guerra. Y segundo porque ningún estudio había reconstruido de forma minuciosa y completa la relación entre recuento, violencia y cambio de gobierno entre el 16 y el 22 de febrero. Por supuesto, continuaba pendiente determinar el fraude y su impacto en los resultados electorales.

Otra reacción ha venido de quienes consideran que no hay nada que investigar de aquellas elecciones si esto puede debilitar su interpretación sobre el papel que jugó en ellas la izquierda republicana. Para ellos, la investigación y sus pruebas son lo de menos. No aspiran a mejorar el conocimiento de ese convulso pasado sino a mantener prietas las filas en torno a una interpretación que preserve la icónica figura de Manuel Azaña, y mantenga vigente una imagen esperpéntica del papel de los conservadores y el centro-derecha republicano.

A nadie debería sorprender esta reacción. Durante años se ha sostenido que Azaña simbolizaba la única España liberal y democrática posible. También que la izquierda republicana postulaba un genuino programa de modernización de una España pretendidamente arcaica, que quedó bloqueado entre dos extremos: el socialismo bolchevizado y una derecha católica supuestamente fascistizada. Sin embargo, hay varios aspectos derivados del estudio de las elecciones de 1936 que resultan demoledores para ese planteamiento: el análisis de los proyectos ideológicos de las dos grandes coaliciones en liza, el Frente Popular y la Coalición Antirrevolucionaria, la investigación de la campaña electoral y, sobre todo, la reconstrucción del accidentado escrutinio entre los días 16 y 20 de febrero. De hecho, los datos demuestran que durante el recuento hubo una movilización de grupos afectos al Frente Popular que ocuparon ilegalmente las calles, crearon una situación explosiva de orden público e hicieron caer al gobierno del centrista Manuel Portela. Y así, la tarde del día 19 de febrero, Azaña accedió a la presidencia del gobierno sin que se conocieran los resultados oficiales. Como reconoció el presidente de la República, Alcalá-Zamora, aquello no ocurrió porque la victoria de las izquierdas estuviera cantada, sino ante la necesidad de encauzar los desórdenes propiciados por los seguidores del Frente Popular.

El propio Azaña, recién nombrado, registró en su diario que no sabía el resultado ni conocía la mayoría que tendría. Peor aún, de inmediato admitió que saldrían “a motín por día” si no se satisfacían rápidamente las exigencias de sus socios electorales. Durante las horas siguientes, las autoridades interinas del Frente Popular se hicieron con la documentación electoral en algunas provincias y, en otras, grupos de sus militantes intimidaron a las Juntas de escrutinio. Los fraudes probados otorgaron, así, una mayoría absoluta en la primera vuelta a la coalición de izquierdas. Además, el nuevo Gobierno transigió con una izquierda obrera movilizada y radicalizada, y decidió conceder una amnistía exprés. Y eso al tiempo que ignoraba los derechos de varios candidatos republicanos moderados y conservadores, cuyas sedes políticas y periódicos estaban, por lo demás, siendo asaltados.

Ante hechos tan elocuentes, un historiador profesional no debería ignorar las pruebas que los sostienen, o peor aún, tratar de silenciarlos apelando a que ya se sabía lo que, en realidad, nadie conocía con sistematicidad y certeza. Peor aún sería despachar el fraude negándole toda relevancia, asegurando que al Frente Popular no se le enfrentaba otra coalición electoral de la que pudiera surgir un Gobierno. Esto último constituye una distracción para soslayar lo fundamental y, además, un artificio carente de fundamento empírico. Porque sí hubo una alianza electoral de centro-derecha articulada en torno a la CEDA y sancionada por los líderes y comités nacionales de los diversos partidos que la compusieron. En ella formaron no sólo los cedistas y los monárquicos, sino los partidos republicanos moderados, estos últimos representando a una España liberal y moderada que se alineó inequívocamente con la derecha posibilista para evitar la llegada al poder del Frente Popular. Es decir, un amplio sector de la sociedad que no creía, como Azaña, que la mejor forma de consolidar la República fuera en compañía de una izquierda obrera que ponía la revolución por delante de la democracia.

Nosotros no hemos escrito este libro para propiciar debates estériles o promover consignas que enturbien el conocimiento histórico. Por eso rechazamos toda apropiación abusiva de lo que historiamos, pero también todo enfoque crítico basado en embestidas ideológicas o descalificaciones simplonas que distorsionen u oculten los resultados de nuestra investigación. Creemos que hay un camino provechoso entre quienes se entretienen proyectando la Guerra Civil hacia atrás, o plantean debates tramposos sobre legitimidades, y quienes pontifican manipulando y menospreciando las pruebas irrefutables sobre el fraude y la violencia para proteger interpretaciones tan interesadas como infundadas. Es el camino del rigor que implica, en la línea sostenida por Judt, historiar lo que sucedió por más que no sea atractivo a las memorias partidistas.

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García son profesores de Historia Política en la URJC y autores de 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa, 2017).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *