El puente del pensamiento

Sobre Cataluña y su integración en la España actual, muchos puentes, otrora sólidos, amenazan con derrumbarse. Pero hay uno que nunca debe rompérsenos y que queremos reivindicar. Es el puente del pensamiento, a menudo olvidado, aunque imprescindible. Transitemos unos minutos sobre él, pues merece la pena explorar lo que de constructivo puede aportarnos. Que no se nos reproche el no haber procurado también este camino hacia el bien común: el de la reflexión y la filosofía.

El pensamiento constituye un puente que no vive del pasado, sino que reclama verse tendido cada día, de una forma activa y renovadora, por todos. Pensemos juntos y ello cooperará a la mejora de nuestro común entendimiento. Al pensar, nos desmasificamos (Ortega), madura nuestro criterio (Balmes) y dejamos de ser manipulables partidarios, meros miembros de una partida o secta. Colaboremos, desde la argumentación filosófica, a la estima en este marco de una fecunda unidad.

Hay tres campos de nuestra convivencia donde el valor de la unidad parece defenderse por sí mismo. Son los del conocimiento, la seguridad y el trabajo. Resulta manifiesto que, sin la unidad del encuentro, no avanza el saber; como tampoco es posible enfrentar el terror sin alianzas, ni desarrollarnos en lo socioeconómico al margen de la cooperación. Romper nuestros lazos conlleva condenarnos a la ignorancia, la debilidad y la pobreza. El fértil sentido común, del que con tanto fruto se ha ocupado la Escuela filosófica de Barcelona, el seny, se opone a ello. Pese a esto, hay quien advierte que no es este un problema de utilidad ni de lógica, sino de emociones y pasiones confrontadas. Ante ello, anotamos que el pensamiento actual no deja de remitirnos hacia una «razón cordial» (Zambrano), una ética del encuentro (Laín, L. Quintás), una vocación humana al amor (Wojtyla) que nos sugieren buscar desde los afectos cuantos argumentos colaboren a estrechar nuestros vínculos. El odio despersonaliza nuestra coexistencia y nos deshumaniza.

Alguien pretenderá ahondar en lo inevitable de la escisión, enunciando que esta es una cuestión de identidad. Frente a ello, señalamos, con lo más sugerente de la filosofía contemporánea (Buber, Zubiri, Lévinas), que lo más profundo de una identidad se halla en los encuentros con los otros que la han forjado. Cuanto más nos abrimos a los demás, más somos nosotros (J. Kentenich).

El nacionalismo extremo posmoderno supone un narcisismo, engendra autosuficiencia, ensimismamiento hasta la desesperación. Saber quiénes somos realmente, exige salir de nosotros y viajar en los otros hacia nuestro más hondo ser, como enseñaron Unamuno, Machado o Hesse. Si alguno se obstina en alegar que la identidad propia la construye cada cual a su entero capricho, cabe indicarle que ya una reflexión probada ha testificado la necesidad de unidad, cobijo, arraigo y hasta discurso compartido con otros, para la forja y maduración de nuestra subjetividad e identidad (Scheler, Hildebrand, Stein, Méndez); así como lo destructivo de la aniquilación de estos lazos, en lo personal y cultural (Fromm, Frankl, Steiner). En el vacío de la insolidaridad lo que crece no es nuestra identidad sino nuestro ego y sus absurdas inflamaciones.

Vivimos en un mundo cada vez más consciente de su interdependencia, con una filosofía de la ciencia que clama cómo el universo entero no consiste sino en una trabazón inmensa de interrelaciones, sobre el escenario de un medioambiente y un desarrollo interconexos. La unidad entre los humanos no va contra nadie, como enseñan los filósofos contemporáneos, no opone el yo al tú, sino que los asocia en un fecundo nosotros compartido.

El rico pensamiento de filósofos catalanes tan ilustres como D’Ors, Ferrater Mora, Trías o Forment, entre tantos, se ha fraguado en el encuentro con los otros. Por ello, sirve para reivindicar este decisivo puente del pensar. Cuando pensamos con hondura acerca de nosotros y de los otros, trazamos una senda que integra a personas y comunidades. Los pilares que la fundamentan descansan sobre los más fértiles valores. Edifiquemos juntos el puente del pensamiento, sobre el abismo ruinoso de la división.

Javier Barraca Mairal, profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos.

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