El puñal de papel

El pasado domingo la sociedad española en su conjunto, por diversos procedimientos (abstención y voto), utilizó contra la clase dirigente lo que David Lloyd George, primer ministro británico entre 1916 y 1922, denominó “puñal de papel” en referencia a la papeleta del sufragio que, al clavarse donde más hiere, constituye “la venganza del ciudadano“. Hay que esperar para comprobar si el bipartidismo está tan herido como parece, si el PP vuelve a convencer a sus votantes abstencionistas (la mayoría) y sugestionar a los que migraron a Vox, UPyD (pocos) y Ciutadans (algunos), si el fenómeno de Podemos se hace estructural en la izquierda extrema y muerde más, o no, a IU y si, por fin, el PSOE sale de su laberinto y reemprende la senda del crecimiento electoral tras su congreso extraordinario del mes de julio.

Es pronto para sugerir que en el cuadro que arrojaron los comicios europeos existan factores estructurales. De hecho, este tipo de elecciones sirven para experimentar con gaseosa política. La percepción de que se puede castigar, avisar o advertir a los partidos, sin consecuencias exorbitantes, está muy extendida en el electorado haya sido su comportamiento activo o pasivo. No es prudente, sin embargo, suponer que un millón muy largo de ciudadanos son unos friquis porque depositan su papeleta en el cesto de Podemos, pero tampoco hay que dar por definitivo un perfil de la izquierda española con una energía tan radical como la que emergió el 25-M. En mi modesta opinión, hay que entender lo que sucedió el domingo pasado como la reacción de una sociedad agraviada que quiso mostrar su capacidad de respuesta a la clase dirigente.

Nada, por otra parte, demasiado distinto a lo que ocurrió en otros países de nuestro entorno, singularmente en Francia y en el Reino Unido, sin olvidar la emergencia en algunos de organizaciones antieuropeístas y euroescépticas que han cobrado fuerza aunque sea de manera descoordinada y desarticulada. Más aún: es cierto que la socialdemocracia, la izquierda convencional, aparece desconcertada y sin discurso, pero el conservatismo español y europeo tienen poderosas razones para meditar sobre su futuro inmediato. En España, el titular que ofrece el éxito electoral al PP con sus dieciséis escaños podría ser una trampa para Rajoy y su partido, porque la letra pequeña de ese éxito tan discreto contiene mucha tralla. Y como escribí en este diario el pasado martes, la retirada política de Rubalcaba altera por completo la hoja de ruta de un presidente del Gobierno que -otra cosa será por dentro- aparenta una tranquilidad que la situación no merece.

Lo que le venga de la bancada socialista después del 20 de julio no será un trasunto del PSOE de la transición, sino una formación con hambre de recuperarse de su achicamiento -es ahora un partido andaluz- y escorado a la izquierda con menos lealtades al Estado de 1978 y mucho más desregulado ideológicamente. No será un nuevo zapaterismo, pero se aproximará mucho a lo que supuso aunque con una contundencia que el expresidente socialista -ahora consejero de Estado- no imprimió a sus decisiones.

En este contexto, el sorpasso en Catalunya no permite su valoración desde la sola perspectiva independentista. Porque el trasvase de votos aquí se ha producido del PSC a ERC, sin posibilidad de que se hospedase en CiU. Hay partidos que son una reverberación de Jano: representan al nacionalismo más radical y, a la vez, a un izquierdismo que impugna, tanto como otros, sea Podemos o IU, las políticas denominadas neoliberales. ERC parece ser una delicatessen de la política. Todo en esta formación es exclusivo e incontaminado: gobierna sin estar en el Gobierno; impulsa el proceso soberanista sin dirigirlo; se queja de los recortes sociales pero aprueba el presupuesto de la Generalitat y no toma decisiones pero obliga a que otros lo hagan. El cebo político con que han pescado los republicanos en los caladeros ajenos resultaba inmejorable. CiU lo sabe; Mas lo sabe y en Madrid-Moncloa se sabe también. Por lo que ofrecer interpretaciones unívocas al alza de ERC es incurrir en un simplismo reduccionista.

Alianza Editorial ha tenido el acierto de reeditar la obra fundamental de Julián Marías: España inteligible. Razón histórica de las Españas. El que fuera uno de los más eximios discípulos de Ortega y Gasset argumenta -y es conveniente recordarlo- que España no es una rareza de la historia, ni presenta patologías sociales y políticas diferentes a las de otros países. Su sociedad clavó el 25-M su “puñal de papel” a la clase dirigente con la misma lógica agraviada que en la mayoría de los demás estados europeos. Somos distintos, pero no tanto.

José Antonio Zarzalejos

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