El puñal del godo en la familia Borbón

Las crónicas cuentan que el rey Juan Carlos se enfadó con la Casa del Rey porque no se contó con él en la celebración de los cuarenta años de las elecciones democráticas. Todos señalan a Felipe VI como responsable de un gesto con mucho contenido político: el marcar el inicio de un reinado diferente, no personalista como el juancarlismo, y alejado de las polémicas judiciales y personales que últimamente han enturbiado la imagen de los Borbones. Lo llaman “matar al padre”. No ha sido la primera vez, sino que es una constante en la historia contemporánea de España, empezando por el propio Juan Carlos.

Juan Carlos a Don Juan

Juan de Borbón buscó la restauración de la Monarquía sin oponerse a Franco, pero despreciando el franquismo, sus leyes e instituciones. Sin embargo, Juan Carlos formó parte de la dinámica legal del régimen. Las distintas tácticas marcaron la desconfianza entre ambos hasta casi el final de sus días.

Franco alimentó la competencia entre padre e hijo con la Ley de Sucesión de 1947, con la que se atribuía la facultad de designar a la persona que restauraría la monarquía. Toda oposición de Don Juan a los planteamientos franquistas fue seguida de una campaña del régimen para desprestigiar su persona, asunto que Juan Carlos obvió.

La boda con Sofía de Grecia (1962) aumentó la distancia entre padre e hijo por la afinidad casi inmediata entre la princesa y el dictador. Así, mientras Don Juan se acercaba a la oposición al franquismo, Juan Carlos cumplía con su papel junto a Franco. Todos los acercamientos de los juanistas al príncipe fueron rechazados.

A partir de 1965 la sucesión estuvo clara, así como la preferencia de Juan Carlos por la vía propuesta por Franco: presidió junto al Caudillo el desfile militar de 1965, no acudió a Estoril al homenaje a Alfonso XIII en 1966, y en enero de 1967 declaró en EEUU que sucedería a Franco siguiendo los principios del Movimiento Nacional. La ruptura familiar era tan evidente que sorprendió que Don Juan acudiera al bautizo de sus nietos.

El 12 de julio de 1969 Franco comunicó a Juan Carlos su decisión de nombrarle sucesor, saltándose así la línea dinástica. El príncipe aceptó y escribió a su padre que lo hacía para salvar la monarquía. Don Juan contestó: “No has salvado nada. ¿Quieres salvar una monarquía franquista?”. El 23 de julio de 1966, Juan Carlos juró lealtad a Franco y a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales.

Don Juan se enfadó, pero no hizo nada contra su hijo. A pesar de eso, el gobierno le prohibió la entrada a España el 14 de junio de 1975, y envió al general Díez-Alegría a hablar con él para comunicarle que el Ejército estaba con Juan Carlos. El gobierno de Suárez preparó una discreta ceremonia de abdicación para el 14 de mayo de 1977. La relación entre padre e hijo fue desde entonces correcta, sin más.

Alfonso XII a Isabel II

La paternidad de Alfonso de Borbón no fue una duda ni siquiera para los españoles de su tiempo. El matrimonio entre Isabel II y su primo Francisco de Asís, celebrado en octubre de 1846, se rompió a los pocos meses. Nunca congeniaron; es más, se odiaban hasta el punto de que el marido intentó un par de golpes de Estado contra la reina, y ésta le confinó, con la ayuda del general Narváez, en el Palacio de El Pardo. Alfonso era llamado el “puigmoltejo” porque los rumores madrileños se lo atribuían a Enrique Puigmoltó, un capitán de ingenieros. Esto no quitó el que Isabel II sintiera devoción por su hijo, nacido en 1857, incluso por encima de sus cuatro hermanas.

La revolución de 1868 destronó a los Borbones. Los leales a Isabel II trataron de conjurar la revolución mediante la abdicación de la reina en su hijo Alfonso. Serrano estaba dispuesto, con la oposición de Prim, a aceptar una regencia durante la minoría del príncipe y formar un gobierno liberal. Hay historiadores que aseguran que la reina no aceptó entonces porque la exigían separarse de su amante, Carlos Marfori. La documentación dice otra cosa: Isabel II no quiso abdicar porque pensaba en una restauración por aclamación o golpe militar.

A pesar de esto, Isabel quiso reunir en París a algunos leales para preguntarles por su abdicación. Cánovas contestó por carta a la invitación de la ex reina el 10 de julio de 1869, diciendo que “podrá convenir mucho a la augusta dinastía de V. M. hallarse representada por un Príncipe nuevo, en todo punto ajeno, por lo mismo, a los complicados sucesos contemporáneos”. Aparentemente convencida, Isabel abdicó el 25 de junio de 1870, en París, en su hijo Alfonso, al que dedicó una educación e instrucción militar mucho mejores que la suya, de la mano del marqués de Alcañices.

El pronunciamiento del general Martínez Campos, y la retirada del general Serrano, presidente de la República, permitió la Restauración de los Borbones. Alfonso XII fue recibido en loor de multitudes en las ciudades por las que pasó hasta que llegó a Madrid. Sin embargo, el rey creía que su madre no debía regresar todavía a España. Quería mostrar que se iniciaba un nuevo reinado, sin el lastre de los errores anteriores. Isabel tuvo prohibida la entrada al país.

Cánovas, ya presidente del gobierno, envió a Molins como embajador en París con la misión de evitar la vuelta de la Familia Real, vigilar los movimientos de Isabel y contrarrestar la influencia de su entorno. Es más; el Ejecutivo decidió el retorno solo de la infanta Isabel, princesa de Asturias, para tener segura la sucesión. Isabel II montó en cólera, y pretendió la revisión de su abdicación para ser nombrada regente si fallecía Alfonso XII. Cánovas, tras mucha discusión epistolar, le indicó que eso era imposible porque el acto por el que abdicaba había sido firme. La Borbón, llena de ira, destruyó el acta original de abdicación en noviembre de 1875, por lo que solo se conservan copias.

La idea de Alfonso XII y de Cánovas era mantener a Isabel II en el ostracismo hasta que conviniera al proceso político. El 12 de abril de 1876 llegó la carta del Gobierno al Palacio de Castilla, la residencia de la reina, autorizando su regreso. A finales de julio salió de París. Viajó con sus hijas Eulalia, Paz y Pilar. En San Juan de Luz oyeron por primera vez desde 1868 la Marcha Real. Esa noche, según escribió Paz de Borbón en sus memorias, “mamá pudo dominar su emoción hasta entrar en su camarote, y allí se echó a llorar”.

Fernando VII a Carlos IV

El príncipe Fernando era un hombre desconfiado, egoísta y falaz, educado por el canónigo Escoiquiz. En la corte se había formado un partido fernandino con los contrarios a Godoy, con nobles y el viejo partido aragonés del conde de Aranda, a quien había desplazado Carlos IV. El primer intento para acabar con su padre lo ejecutó en noviembre de 1807, en la llamada “conspiración de El Escorial”, una maniobra burda para derrocar al rey.

Fernando urdió entonces un auténtico golpe de Estado que combinara el apoyo militar con movilización callejera al estilo revolucionario francés. Al tiempo que mostraba su oposición a Godoy, alimentó con libelos, caricaturas y seguidillas la imagen lasciva de su madre y de consentidor de su padre. Organizó, además, una red de agitadores profesionales dirigida por el conde de Montijo, llamado Tío Pedro.

La Familia Real, junto a Godoy, se retiró a Aranjuez. El primer motín se inició en la noche del 17 al 18 de marzo. La Guardia Real se pronunció, bien pagada por el Tío Pedro, y a continuación los alborotadores tomaron las calles, llegaron a Madrid y asaltaron el palacio de Godoy. Carlos IV, asustado, cesó al valido. Al día siguiente, cuando el rey dio la orden de trasladar a Godoy a Granada, se produjo el segundo motín en Aranjuez. Carlos IV, amedrentado, abdicó en su hijo Fernando.

La entrada de Fernando VII en Madrid, el 24 de marzo, fue apoteósica. Anuló disposiciones de Godoy y dio una amnistía que afectó a grandes personajes como Jovellanos, Cabarrús o Urquijo para marcar diferencias con el reinado de Carlos IV.

El 10 de abril, Fernando VII salió de Madrid para encontrarse con Napoleón, quien quería, según el general Murat, restaurar a Carlos IV. La Familia Real, Godoy y los Bonaparte se encontraron en Bayona el 30 de abril. Las escenas de reproches e insultos fueron indignas. Carlos IV exigió a Fernando la devolución de sus derechos para cederlos a Napoleón a cambio de recibir asilo en Francia y una renta. Fernando VII contestó que sólo lo haría si su padre estaba dispuesto a reinar, y si la renuncia se producía en Madrid, pero acabó aceptando las condiciones a cambio de una vida tranquila en el Palacio de Valençay. Eso sí: el 5 de mayo, un día antes de las abdicaciones que hicieron rey a José Bonaparte, ordenó a sus agentes en Bayona que iniciaran la insurrección en España –aunque ya había tenido lugar el Dos de Mayo- y que se convocara a las Cortes.

En la Guerra de la Independencia nadie reivindicó a Carlos IV, quien recibió una alta pensión de Napoleón durante ese tiempo. En 1815, la Familia Real llegó a un acuerdo: Fernando VII ordenó fijar una pensión a su padre para que no saliera de Italia ni revindicara la Corona de España.

Con dinero y protocolo terminaba lo que con sangre no se saldaba, como lo describía el poeta José Zorrilla en “El puñal del godo” (1842): “Yo vuelvo al campo, a la pelea dura,/ y aunque muera sin huestes y sin trono,/ siempre ha de ser, para quien muere honrado,/tumba de rey la fosa del soldado”.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid y coautor del libro ‘Contra la socialdemocracia. Una defensa de la libertad’ (Deusto, 2017)

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