El punto de vista de Julio Caro Baroja

Julio Caro Baroja posa en la biblioteca de su casa de Itzea, barrio de Vera de Bidasoa (Navarra).FRANCISCO ONTAÑÓN
Julio Caro Baroja posa en la biblioteca de su casa de Itzea, barrio de Vera de Bidasoa (Navarra).FRANCISCO ONTAÑÓN

Hace algo más de 40 años, este periódico publicaba unas notas cuya lectura no resultará muy provechosa a quien busque en el pasado ejemplos de conducta o motivos de conmemoración. Su autor evocaba unas elecciones municipales recientes cuyas “consignas y divisas” se le habían mostrado “harapientas, zarrapastrosas y, en suma, cochambrosas”. La clase de mugre en la que proponía pensar impregnaba estampas que en la época debían de resultar casi costumbristas: ¿qué decir del “coche robado por personas que quieren gozar de los encantos de un bailón en Las Rozas, Las Matas, Alcobendas o Arganda, y dejarlo luego abandonado?”. Pero tal sordidez no era privativa del Madrid de 1979, sino sólo un pretexto para “sospechar en última instancia que, a lo mejor, un gran hombre del pasado era tan cochambroso como creemos que han sido o son algunos hombres del presente”. Nunca sabremos si lo defendido por aquel artículo debía tomarse o no al pie de la letra, aunque esta duda es lo que menos importa.

El autor de aquellas observaciones, tituladas Para una interpretación cochambrosa de la historia, era Julio Caro Baroja, un sabio de 64 años entonces, y de cuya muerte se cumple ahora un cuarto de siglo. En 1972, con ocasión del centenario del nacimiento de su tío Pío, don Julio publicó el legendario libro de memorias Los Baroja, donde, evocando su infancia, apuntaba de pasada que “el Madrid de barrio de 1925 en muchos aspectos aún estaba más cerca de 1870 que de 1970”. ¿Cabe ampliar la apostilla en cuestión al resto de la capital, a España y a Europa? La perplejidad que suscita la pregunta quizá aumente si se tiene en cuenta que la fecha que tomaba Caro Baroja como actual es para nosotros tan lejana como lo era entonces la que parecía próxima a 1870.

Un poco más de cronología puede resultar instructiva. En 1989, Julio Caro publicó unos dibujos, resultantes, según el prólogo, de cierto hallazgo en Porta Portese y firmados por alguien que respondía a las iniciales J. C. B., de 165 años de edad, aunque alguna hoja aparecía fechada en 1492. Por su parte, en un admirable libro póstumo de “pastiches” narrativos —atribuido, en este caso, a Giulio Griggione—, Caro Baroja hace aparecer, en una tertulia romana de mediados del siglo XX, a un doctor Nessi —se trata del cuarto apellido del verdadero autor— nacido en 1787. Sin duda el libro en cuestión, Las veladas de santa Eufrosina, es todo él un tratado de filosofía de la historia, cuyo autor no sólo parece estimar poco su propio tiempo, sino que no está muy seguro de que sea propio del todo.

Alguien podría desenmascarar en lo anterior la empalagosa nostalgia profesional del estudioso que inventa un pasado, próximo o remoto, para jactarse de pertenecer a él más que al ingrato presente. Pero Caro Baroja ha escrito que la historia universal es zarrapastrosa, y la cochambre debería avenirse mal con la nostalgia. Debe añadirse que este hombre, siendo niño, había creído durante años que los muñecos del guiñol “eran seres humanos de carne y hueso, feos y pequeños”, y declara en su madurez que, en general, la apariencia le ha bastado siempre y que nunca ha visto la “realidad honda” en ninguna parte.

Como los personajes carobarojianos que viven centenares de años, el pasado siempre es más duradero de lo que dice la cronología. Aby Warburg descubrió cosas semejantes cuando don Julio era un niño madrileño atemorizado por los títeres. El pasado, al igual que las marionetas, está a veces tan vivo, para bien o para mal, como lo están el presente y los espectadores del guiñol. Para mal casi siempre, por las razones ya expuestas.

El punto de vista de Julio Caro Baroja es el de alguien que querría ser de otro tiempo y de otro sitio, pero que, después de haber estudiado muchas épocas y recorrido no poco mundo, sabe que todo se parece demasiado a todo, principalmente en lo peor. Tiene conciencia clara de estar donde está, aunque también la tiene de que ningún espacio y ningún momento son más que la resonancia de otros muchos, tan presentes como el que se tiene por propio, y a veces más.

El centro del mundo no se halla nunca donde está uno, pero resulta vano buscar lugares o tiempos mejores y, sobre todo, esperar sorpresas. Lo primero que debe evitar quien investigue el pasado es verlo como un pintoresco país lejano. Conviene no olvidarlo: en caso de que el pasado esté lejos, lo estará tanto como ese presente que en vano se presume de conocer y al que, sin ninguna clase de motivo, el desdichado que cacarea tal cosa dice tener entre sus pertenencias.

Antonio Valdecantos es filósofo y escritor. Dirige el Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja de la Universidad Carlos III.

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