El rapto de Europa

Al sur de Creta, en mitad de un mar de viejos olivos que abrazan columnas romanas, están las ruinas de la ciudad de Gortina. Homero la menciona para contar sus naves entre las que fueron a Troya. Allí se conserva uno de los textos jurídicos griegos más antiguos, una compilación de reglas sobre la familia, los esclavos y la economía inscrita en trozos de piedra. Cinco siglos después, los romanos los reutilizaron en la construcción del Odeón. Las Leyes de Gortina aún pueden verse junto a los restos del teatro; doce columnas y seiscientas líneas en dórico arcaico que se leen alternativamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. A unos metros de distancia se yergue un plátano de escaso porte, hoja perenne y aspecto no muy saludable. Las leyendas dicen que, bajo su sombra, Zeus violó a Europa. Ovidio cuenta, en efecto, la metamorfosis de Júpiter en un toro blanco y apetecible que, con engaños, raptó a Europa, hija del rey fenicio Agénor, al sur del Líbano, y, surcando el mar, la llevó a las costas de Creta donde tuvieron tres hijos. Minos, el primogénito, construyó junto al palacio de Knossos el laberinto donde encerró al minotauro que alimentaba de jóvenes cretenses. En un punto del mapa se mezclan Grecia y Roma, Europa y África, la razón, el derecho y los mitos de donde venimos. Algunos reconocemos en esta cultura milenaria la cuna de un espíritu abierto, compasivo con los náufragos que, por voluntad o por fuerza, surcan el mediterráneo en busca de destinos inciertos.

Cuando Europa sale de la oscuridad de la Edad Media, vuelve a los clásicos. Felipe II admira la pintura de Tiziano a quien le encarga seis cuadros con temas mitológicos tomados de las Metamorfosis de Ovidio. El último de ellos es El rapto de Europa, un lienzo que, siguiendo los vaivenes de la fortuna, viaja de Venecia a Madrid, de Madrid a París, de París a Londres y de Inglaterra a Estados Unidos. Hoy se conserva en el museo Isabella Stewart Gardner de Boston, donde en 1990 escapó milagrosamente a uno de los robos más intrigantes de la historia del arte. Sin embargo, el gusto por la buena pintura de aquellos reyes nos ha dejado a los españoles un consuelo: la extraordinaria copia que de este cuadro hizo Rubens en 1629, cuando vino a España para que Felipe IV le encomendara la misión de buscar el apoyo de Inglaterra en las guerras de Flandes. Hasta hace unos días, El rapto de Europa de Rubens, maestro del barroco, humanista y diplomático, ha podido verse en la exposición organizada por el Museo del Prado con el lema Metapintura, al lado de otro cuadro aún más notable: Las hilanderas de Velázquez. Las hilanderas, pese a la contemporaneidad de sus figuras, representa otro mito antiguo, el de Aracne quien, siguiendo también las Metamorfosis, teje un tapiz sobre el rapto de Europa. Velázquez pinta una Aracne envejecida y humilde tras la rueca, en la zona sombría del taller. Al fondo, detrás de unas mujeres ricamente vestidas, bañado por una luz que traspasa el aire, cuelga un tapiz con El rapto de Europa de Rubens, a quien Velázquez admiraba. Las hilanderas relata la fábrica de dos mitos: el que vemos tejiéndose en el primer plano, Aracne, y el que vemos detrás, tejido, Europa, donde Velázquez cita a Rubens, que copia a Tiziano, que ilustra a Ovidio cuya poesía ilumina el conjunto, en una regresión infinita, todo entrelazado mediante un juego de espejos que, conectando épocas y lugares, ordena la historia en una sola imagen.

También nuestra historia es un tapiz multidimensional donde los sucesos que nos preceden, sus reflejos y sus sombras, el poder y el llanto, se entretejen de forma ordenada, si es que alcanzamos a comprender ese orden, la metahistoria, con ayuda del arte, la filosofía, las fábulas compartidas y la observación cuidadosa de las oleadas de acontecimientos a cuya merced llevamos siglos navegando hacia paraísos ilusorios desde puertos inseguros. Habrá hilos que se nos escapen, pero tenemos que encontrar la trama que nos une para construir organizaciones políticas basadas en valores intelectuales y espirituales, en ideas que reemplacen a las ideologías que anulan la conciencia y la responsabilidad individuales, como proponía Vaclav Havel, un auténtico líder europeo.

Especialmente en los tiempos oscuros que vienen como una nueva edad media. Tiempos en que nos empeñamos en destejer los tapices buscando cada uno la hebra de oro que nos dará un minuto de gloria, y hacemos jirones el mito y la realidad de Europa, incapaces de construir nada, ni una torre de Babel contra el cielo ni una patria horizontal para todos. Observo con tristeza que los viejos liberales y hasta quienes creíamos, con Kant, en el progreso imparable de la historia hacia la paz perpetua en un universo cosmopolita, nos conformamos ahora con no retroceder demasiado en las conquistas sociales. Tendemos a plegarnos y a empequeñecernos; unos para aislarse en su egoísmo tribal, otros para no darles a aquéllos el pretexto de aislarse –y aislarnos– aún más. No se trata de formas distintas de concebir las sociedades, sino del auge de los impulsos viscerales como reacción primaria ante problemas que nos superan, ante la pérdida de identidad, ante el miedo. Es el contraste entre racionalidad e irracionalidad, entre la voluntad de saber y la ignorancia, la fraternidad y el odio, la mano y el muro; entre la mente capaz de inventar Las hilanderas y, exhibidos a sólo unos pasos de distancia, los gestos de terror, los cuerpos heridos, injustamente heridos, que Goya pintaba en Los fusilamientos del 3 de mayo, Picasso continuó en el Guernica y quién sabe mañana.

Europa, por entre sus convulsiones, ha buscado siempre estar del lado de la razón y sustraerse al rapto de los violentos. Cuando en nuestro entorno germinan pulsiones nacionalistas primitivas, incluso en el corazón abierto de la civilizada Holanda de Rubens, vale la pena recordar el esfuerzo de tantos europeos dedicados durante siglos a tejer el tapiz institucional –los poderes del Estado, las constituciones, códigos y leyes, los organismos internacionales– que hoy cubre la mayor parte del mundo; y advertir la rara oportunidad, el deber también, que tenemos de ayudar a que las víctimas del minotauro, nuestros jóvenes, encuentren como Teseo la salida del laberinto siguiendo el hilo de la educación, el díalogo, la solidaridad y el respeto al derecho, los valores del humanismo que han sido nuestra seña de identidad desde Creta hasta, por lo menos, ayer mismo.

Antonio Hernández-Gil, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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