El raro conde de Barcelona

El conde de Barcelona y el de Aragón tienen el mismo origen. Son jefes de comarcas fronterizas con el islam, que se defienden de su ataque en los territorios lindantes con el Pirineo. En el año 711, el poder de los monarcas godos en Hispania es desbaratado y los musulmanes ocupan casi enteramente la Península sin apenas resistencia. Los focos donde se continúa luchando están en zonas poco accesibles y escasamente pobladas.

Un raro conde

Con el tiempo, la evolución histórica generó en España un raro título de conde. Su rango está por encima no solo de cualquier conde, sino de todo marqués, duque, infante y aun príncipe. Históricamente, es el rey quien da y quita estos títulos y puede exaltarlos concediéndoles la ‘grandeza’. Pero nada de esto reza, ni puede rezar, para el citado conde. El motivo es que ostentar ese condado exige un requisito insólito: primero hay que ser rey. No hay otra forma de lograrlo. En efecto, el conde de Barcelona –la Ciudad Condal por antonomasia– era el rey de Aragón. Y luego (por transmisión directa de Fernando II el Católico a su nieto mayor Carlos I), el rey de España.

Juan III… de Barcelona

Bien avanzado el siglo XX, aún cumplió el título condal barcelonés funciones políticas. Los monárquicos a machamartillo negaban (en voz baja) al general Franco la legitimidad en la jefatura del Estado. Lo tildaban de usurpador abusivo y llamaban Juan III a Juan de Borbón y Battenberg, hijo de Alfonso XIII y padre de Juan Carlos I. Esto es, que le ponían un numeral, como se hace con los reyes, aunque él no lo era. Cuando se dirigían a él de forma ceremonial, le daban el tratamiento regio de Majestad. Por su parte, la burocracia y el protocolo del régimen del general Franco –una especie de monárquico con retardo, cuyo padrino de boda había sido Alfonso XIII– lo denominaban ‘Su Alteza Real el Conde de Barcelona’ y así se resolvía el asunto. Una solución, pues, a la manera catalana, decidida por un gallego, con sí pero no incluido.

Cuando, al cabo de los años, Juan Carlos I fue proclamado rey, su padre entendió que ya no reinaría nunca. Cedió ante la realidad y, en una breve ceremonia dinástica (discreta, pero no secreta), renunció a sus derechos al trono. Habló durante cinco minutos, leyendo unos folios que sujetó con manos temblorosas; cedió a su vástago la jefatura de la Casa Real, lo llamó ‘Majestad’ y se cuadró militarmente ante él (aunque vestían ambos de paisano) en señal de acatamiento. Probablemente recurrió a ese ademán castrense para no hacer el gesto tradicional que correspondía: la inclinación de cabeza. Y añadió una observación, que no fue exactamente una petición de permiso, sino una manifestación de voluntad: “Deseo conservar para mí y usar como hasta ahora el título de conde de Barcelona”. Era el 14 de mayo de 1977. El rey, hasta la muerte de su padre en 1993, no lo utilizó. Es la última muestra del aprecio que el condado barcelonés, hoy mero honor formal, despertó siempre en las personas reales. En el panteón de los reyes, sito en la cripta del monasterio escurialense de San Lorenzo, un sarcófago vacío espera el plazo fijado para que los despojos de Juan III, hechos ya osamenta monda en el oscuro ‘pudridero’ anejo, se depositen junto a los reyes de su linaje. Juan de Borbón no reinó vivo, pero lo parecerá después de muerto, por esta inscripción tan ambigua pintada en la caja: ‘Ioannes III, comes Barcinonae’. En la lista condal de Barcelona solo ha habido tres Juan. Mas, por otro lado, el sepelio póstumo en ese lugar es para quien reinó, lo que él no hizo.

Tal para cual

Desde 1164, el conde de Barcelona fue siempre el rey aragonés. En esa remota fecha, y por vez primera, el joven Alfonso II, hijo de la reina Petronila y del conde Ramón Berenguer IV, fue al tiempo rey de Aragón y conde de Barcelona, por este orden de precedencia. Hasta hoy. Hay nacionalistas que se atormentan por el hecho de que el principal de los nobles catalanes, antes de tener un hijo con la reina de Aragón, no fuera rey, ni Cataluña reino, sino un conjunto de condados que fueron aunándose por los soberanos comunes, herederos de los linajes de Aragón y Barcelona. Es una visión anacrónica, en la que también incurren, ‘a contrario sensu’, quienes miden con esta vara la importancia de los países. (¿No es más un rey -dicen, ufanos- que un conde?).

El de conde de Barcelona es uno de los títulos del rey de Aragón, especialmente preciado del soberano, porque lo recibió en el siglo XII al mismo tiempo que el de rey y de ahí le vino su grandeza. La dignidad condal barcelonesa no tenía parangón en España, pues la ‘conditio sine qua non’ para ser conde de Barcelona era ser rey de Aragón. Es como preguntarse qué es más, si ser papa u obispo de Roma. El remedio es estudiar un poquito.

Guillermo Fatás

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