El realismo político y la preservación de Occidente

La reciente cumbre del G-7 en Alemania volvió a poner de manifiesto la perplejidad de los liderazgos de las naciones industrializadas respecto a qué hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo. En el centro de los acontecimientos pareció ubicarse, cual elefante blanco imposible de ocultar, la gigante Rusia. Excluido del bloque por su política ucraniana, Moscú sigue planteando interrogantes a los que los líderes occidentales parecen no encontrar respuesta.

Confirmando aquella máxima que enseña que los conflictos geopolíticos tienden a reproducirse sin solución de continuidad, desde hace un año y medio, Ucrania ha vuelto a ser uno de los ejes del conflicto de poder que hoy tiene en vilo al mundo y que enfrenta, en una suerte de reedición de la Guerra Fría, a Occidente con Rusia.

Después de dos décadas de declinación en la arena mundial, Rusia ha regresado a ocupar el lugar central que corresponde a su inmensa geografía, sus fabulosas reservas energéticas y su veto en el Consejo de Seguridad. Ucrania repite una vez más su característica singular: es un país que oscila entre Europa y Rusia, en una dicotomía sin solución de continuidad. El sur y el este del país son habitados por una población rusa o prorrusa, mientras que el oeste sueña con ser admitido en la Unión Europea y convertirse en miembro de la OTAN.

Pero la rica Ucrania, con sus productivas praderas, está asentada en el espacio exsoviético, es decir, en un área de influencia al que Moscú no desea ni puede renunciar. Imposibilitada de convertir a su territorio en una alfombra voladora, Ucrania debe convivir con esta realidad inexorable. Su gigante vecino, Rusia, desde los zares hasta hoy, pasando por siete décadas de totalitarismo comunista, se ve a sí misma como un vasto territorio sometido al real o potencial ataque de fuerzas extranjeras. Convicción que se ha visto reafirmada, en los últimos dos siglos, al menos dos veces: con la invasión napoleónica de 1812 y la de la Alemania nazi en 1941. De ahí que para Moscú el cinturón de seguridad constituido por las repúblicas exsoviéticas –como Ucrania o Georgia, por caso– no es entendido como un terreno donde existan estados plenamente soberanos, sino como la zona de influencia de lo que los rusos llaman el extranjero cercano (Near Abroad).

Cuando en los años ochenta Gorbachov impulsó el abandono ruso de Europa del Este y la renuncia a la «doctrina Brezhnev» de soberanía limitada, se convirtió en un héroe en Occidente, pero se se ganó el desprecio infinito de sus conciudadanos. Después de la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución del Imperio soviético en 1991, Occidente se entregó a la imprudente política de expandir la OTAN a lo largo de las naciones exintegrantes del Pacto de Varsovia. Una Rusia debilitada aceptó la humillación.

Pero entonces llegaron los años 2000 y el mundo volvió a cambiar: el fenomenal aumento del precio de los commodities energéticos y el fuerte liderazgo del presidente Putin pusieron a Rusia nuevamente en la primera línea de los acontecimientos mundiales. Dos décadas de relegamiento de Rusia a potencia de segunda categoría fueron superadas.

Occidente optó entonces por un camino errático, contraproducente y riesgoso. Promovió revoluciones de colores en Ucrania, Georgia y otras exrepúblicas soviéticas y las invitó a formar parte de la OTAN, en una actitud provocativa para con Moscú. Putin calificó entonces a la caída de la URSS como el mayor error geopolítico del siglo. Occidente convirtió al presidente ruso en la «bestia negra» del sistema internacional y desperdició la oportunidad que este brindó al comienzo de su Gobierno de construir una agenda de cooperación al dar gestos concretos, como el cierre de las bases rusas de Cuba y Vietnam o el apoyo a su par norteamericano George Bush después de los atentados masivos del 11 de septiembre de 2001.

Las potencias occidentales primero ignoraron a Rusia y luego la demonizaron, consiguiendo los resultados contrarios a los perseguidos porque terminaron arrinconando a Moscú a solidarizarse con Siria, Irán y Venezuela. En términos talleyrandianos, podríamos decir que Occidente «olvidó todo y no aprendió nada». El autor de la doctrina de la «contención» de la Unión Soviética, el afamado diplomático George Kennan, recomendó en los años 40 y 50 no provocar inútilmente a la dirigencia del Kremlin y propugnó siempre «dejar una puerta abierta» para salvar la dignidad del liderazgo ruso.

Un estatus de neutralidad para Ucrania, con la renuncia occidental a seguir provocando a Moscú a través de inconvenientes ampliaciones de la OTAN, podría contribuir al orden y la seguridad internacionales. Los mejores intereses de Occidente –es decir, respeto a los derechos humanos, economías abiertas y gobiernos limitados– serán atendidos por un liderazgo que procure entender qué opciones son las más beneficiosas dentro de un mundo que es como es y no como pretendemos que sea.

Mariano Caucino, profesor de Política Exterior y colaborador de la Fundación DAR.

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