El referéndum y la libertad de los modernos

Suele considerarse un lugar común acudir a la distinción que Benjamin Constant hiciera hace casi dos siglos entre libertad de los antiguos y libertad de los modernos para justificar la necesaria pervivencia de la democracia representativa frente a la democracia directa o la participativa en estos convulsos tiempos en los que la primera parece haber entrado en crisis. La libertad de los modernos se fundamenta en liberar a los ciudadanos de la permanente toma de decisiones políticas, encomendando dicha función a sus representantes, de manera que aquellos puedan dedicarse a su pleno desarrollo personal, familiar y profesional. Tal delegación no exime, obviamente, de control alguno, el cual se ejerce a través de la revisión periódica del mandato (elecciones generales), de la opinión pública y los medios de comunicación y, en aquellas decisiones extraordinarias no previstas en el propio mandato conferido, a través de la consulta mediante referéndum.

Si dicha defensa de la democracia representativa que viene a conectar en su esencia con la dignidad y libre desarrollo de la personalidad tenía fundamento a comienzos del siglo XIX, más aún lo debe tener ahora cuando la sociedad se caracteriza no solo por su muy alto nivel de profesionalización y especialización que exige una constante actualización, es decir, dedicación al propio oficio, sino por el fácil acceso al entretenimiento y ocio. En una sociedad con dichas características la libertad de los modernos cobra mucha más virtualidad.

Por ello, llama la atención que nuevos políticos reivindiquen ahora la transformación del ciudadano en una especie de nuevo homo politicus, pretendiendo eliminar el mandato y sacar la política del Parlamento para devolverla a la calle. En este contexto, surgen voces que proclaman que, siendo la democracia directa el ideal y siendo ya ella posible por el avance de la tecnología, no hay excusa para no implantarla. El cambio, sin embargo, no es tan radical, sino más sutil, a través de la promoción de fórmulas de participación directa que se pretende que inicialmente convivan con las tradicionales representativas para, posteriormente, sustituirlas. Entre estas fórmulas cobra especial protagonismo el referéndum, no ya como cauce para resolver las decisiones extraordinarias y no previstas en el mandato representativo, sino como instrumento para derivar al pueblo, a la calle, la decisión política, ya sea ordinaria o extraordinaria. Y así, se nos dice que la democracia representativa no es incompatible con dicha fórmula de participación directa del ciudadano que, además, permite al representante valorar en tiempo real la opinión de sus representados para ajustar el mandato a las circunstancias que van sucediéndose.

Sin embargo, ello no supone, frente a lo que se nos pretende decir, el desarrollo de una verdadera democracia inclusiva, sino antes al contrario. El recurso al referéndum más allá de los supuestos excepcionales en los que está previsto no solo destruye la racionalidad de la toma de decisión política, sustituyéndola por las meras pasiones, sino que, además, se compadece mal con una sociedad plural y compleja en la que la mera opción entre dos alternativas absolutamente incompatibles, el sí o el no, impide los compromisos ¿Son compatibles la deliberación y el consenso con la mera alternativa radical entre dos puntos equidistantes? Obviamente, no, y por ello puede perfectamente afirmarse que la pretendida condición de inclusivo del referéndum es la mayor de sus falacias.

Así pues, parece tiempo no de cambios, sino precisamente de fortalecer un modelo de democracia que además de ser el único realmente posible en nuestra sociedad actual es el que nos ha permitido vivir en paz social durante décadas. En todo caso, no se trata tan solo de reivindicar a machamartillo la democracia representativa y cerrar los ojos a los cambios sociales, sino de tratar de reinstaurar la misma, como ya se hiciera en la segunda mitad del siglo XX para superar los populismos que asolaron Europea y el mundo. Y en este sentido, debemos recordar que el modelo racional de democracia constitucional que se desarrolló en la mayoría de estados en la segunda mitad del siglo XX vino a fundamentarse en un contrato social que destacó por equilibrar igualdad y libertad (léase, Estado social). Cuando los que pretenden la libertad se olvidan de los que ensalzan la igualdad como valor principal y cuando estos pretenden limitar en exceso la libertad de aquellos, puede afirmarse que ha llegado el tiempo de hacer cambios, no de modelo democrático, pero sí de contrato social dentro del mismo modelo representativo.

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