El regreso de la caída de las monedas

La volatilidad en el mercado de divisas ha estado presente durante décadas, incluso podría decirse durante siglos. Las amplias fluctuaciones en los tipos de cambio se convirtieron en un elemento fundamental de los mercados financieros internacionales después de que el sistema de Bretton Woods se derrumbara a principios de 1970, y se hicieran comunes las mega-depreciaciones posteriormente en la misma década y gran parte de la de 1980, década en la que la inflación asoló a gran parte del mundo. Incluso a lo largo de gran parte de la década de 1990 y principios de la de 2000, entre 10 a 20% de los países de todo el mundo experimentaron una gran depreciación de su moneda o una caída en un año determinado.

Y luego, de repente, la calma prevaleció. Exceptuando el caos asociado con la crisis financiera mundial de finales del año 2008 y principios de 2009, las caídas de las monedas fueron pocas y distantes durante el período 2004 hasta 2014 (vea la figura). Pero los acontecimientos recientes sugieren que la escasez de caídas de las monedas durante esa década puede llegar a ser recordada como la excepción que confirma la regla.

La casi desaparición de las caídas de las monedas en el período 2004-2014 refleja en gran medida tasas de interés internacionales bajas y estables, así como los grandes flujos de capital hacia los mercados emergentes, junto con un auge de los precios de las materias primas y (sobre todo) tasas de crecimiento saludables en los países que escaparon a la crisis financiera mundial. En los hechos, la principal preocupación de muchos países durante dichos años fue evitar la apreciación cambiaria sostenida frente al dólar y frente a las monedas de otros socios comerciales.

Eso cambió en el año 2014, cuando el deterioro de las condiciones mundiales hizo que reviviera la caída de las monedas de manera masiva. Desde entonces, casi la mitad de la muestra de 179 países representados en la figura ha experimentado depreciaciones anuales de más del 15%. Es cierto que disposiciones más flexibles sobre los tipos de cambio han eliminado, en gran parte, el drama que representaba abandonar tipos de cambio vinculados o semivinculados, mismos que se anunciaban de forma previa. Pero, hasta el momento, hay pocos indicios sobre que las depreciaciones hubiesen tenido un gran efecto saludable sobre el crecimiento económico, que en su mayoría se mantuvo muy lento.

La depreciación acumulada promedio frente al dólar estadounidense ha sido casi del 35% a partir de enero de 2014 hasta enero de 2016. Para muchos mercados emergentes, donde las depreciaciones fueron considerablemente mayores, los tipos de cambios que se debilitan agravan los problemas actuales relacionados con las deudas en moneda extranjera que se incrementan.

El regreso de la caída de las monedas

Por otra parte, en un mundo interconectado, los efectos de las caídas de las monedas no terminan en el país donde se originan. En 1994, China reformó su política marco sobre divisas, unificado su sistema de tipos de cambio múltiples, y, en el proceso, devaluó el yuan un 50%. Se ha argumentado persuasivamente que la devaluación china resultó en una pérdida de competitividad para Tailandia, Corea, Indonesia, Malasia y Filipinas, países que habían vinculado (o semivinculado) sus monedas al dólar estadounidense. Su sobrevaluación acumulada, a su vez, ayudó a sentar las bases para la crisis asiática que estalló a mediados de 1997.

Los tipos de cambio sobrevaluados han sido uno de los principales indicadores de las crisis financieras. Por lo tanto, uno no puede dejar de preguntarse si estamos ante una repetición de lo que pasó en el periodo entre el año 1994 hasta 1997 – sólo que esta vez con roles revertidos. Desde principios de 2014, el yuan se ha depreciado apenas 7,5% frente al dólar, en comparación con aproximadamente una depreciación del 25% del euro en este período, sin llegar a mencionar el aún más rápido debilitamiento de la moneda en muchos mercados emergentes. En el caso de una economía basada en la manufactura como la de la China, no se debe subestimar la conexión entre sobrevaloración y crecimiento.

El anuncio de China el pasado agosto relativo a su intención de permitir una depreciación modesta y, con el tiempo, desplazar al yuan hacia una mayor flexibilidad del tipo de cambio provocó una montaña rusa en los mercados financieros. Para tranquilizarlos, los formuladores de políticas emitieron declaraciones en el sentido de que China se movería gradualmente en esa dirección. Sin embargo, quizás la historia aleccionadora que dejaron las crisis asiáticas es que el gradualismo en este frente tiene sus propios riesgos.

Por supuesto, los posibles efectos de empobrecer a su vecino que conlleva un alza repentina de las caídas de las monedas en los últimos dos años no son exclusivos de China. También se pueden aplicar a cualquier país que ha mantenido un tipo de cambio relativamente fijo (una categoría que incluye a los países que son los principales productores de petróleo).

Lo que distingue al caso chino de los demás es el enorme tamaño de su economía en relación con el PIB mundial, así como los efectos que tiene sobre numerosos países a lo largo de todas las regiones, desde en países proveedores de materias primas a países que dependen de la financiación o inversión directa china. El punto más amplio es uno simple: los mercados emergentes representan en la actualidad alrededor del 60% del PIB mundial, en comparación a alrededor del 35% a principios de 1980. Restaurar la prosperidad mundial requiere una base geográfica mucho más amplia de la que fue necesaria en aquel entonces. Sin embargo, puede que el regreso de las caídas de las monedas haga que lograrlo sea más difícil.

Carmen Reinhart is Professor of the International Financial System at Harvard University’s Kennedy School of Government. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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