El regreso de la censura

En poco se cumplirán cincuenta años, medio siglo -empecé a los 17-, que escribo en los periódicos. El primero fue «Pueblo», allá por finales de 1971. Vivía Franco, España era una dictadura y la censura era algo consustancial a ella. El diario dirigido por Emilio Romero era el periódico de los Sindicatos Verticales. Había grandes y muy variopintos profesionales que eran duchos, y mis maestros, en el sibilino arte de escribir entre líneas y esquivar la tijera. Incluso quienes, con matices críticos pues el ocaso era palpable, apoyaban al Régimen, jugaban el juego que acabaría ganándose en la Transición y alumbrado la Constitución de la democracia, la libertad y la reconciliación.

Pero hasta que llegó, la censura estaba allí con el palo en alto, que con más o menos saña pendía sobre tu cabeza. Tu al escribir te lo pensabas y aún así te caía de vez en cuando. A mí me había alcanzado ya antes, siendo tan solo un chaval. En una revista de instituto, por una ingenua loa, era en su Guadalajara natal, del gran dramaturgo Antonio Buero Vallejo. Alguno de quienes luego se desharían en babas no lo toleraron. Buero era un «rojo» y se acabó. Cerraron la publicación. Años más tarde, al escribir yo su biografía, me daría la más hermosa lección que desde entonces me acompañó: la reconciliación entre los españoles. Me pidió que no mentara ni ese ni otros arcijos, ni sus nombres ni sus denuncias, mucho más graves. Y aunque sí me lo relató con profundo dolor, tampoco afloró odio por algo mucho más trágico que marcó para siempre su vida. Es bien conocido que él estuvo condenado a muerte tras la guerra por los vencedores y apunto de ser ejecutado en dos ocasiones. Se salvó. Pocos saben que a su padre, comandante de Ingenieros, luego ascendido a teniente coronel, no tuvo esa suerte. Fue asesinado en Paracuellos por el otro bando. Aquello debía quedar atrás y él hacer todo lo posible para que jamás se volviera a repetir. Ese era el espíritu de aquel tiempo, que tanto frutos dio y que insensatamente Zapatero comenzó a socavar y corroer.

Las libertades llegaron. La censura quedó atrás como un feo desperdicio. Ninguno de nosotros, quienes la sufrimos y tuvimos que aprender a torearla, pensamos que podría volverse a presentar, ni siquiera como amenaza. Pero ya hace unos años empezamos a volverla a sentir flotar alrededor y poco a poco tomar cuerpo. Durante cuarenta años la pulsión censora estuvo enterrada. Ni a los gobiernos de izquierdas ni a los de derechas se les ocurrió siquiera abrir la espita. Pero ahora se ha abierto. Se fue abriendo al tiempo que el pensamiento único y «correcto» se imponía como una especie de mandamiento de obligado cumplimiento para todos. Como una nueva religión, la Progresista. La Teocracia Progre nos señala e impone lo que es bueno y lo que es malo, lo que puede o no pensarse y, sobre todo, expresarse, pues puede ser constitutivo de delito de blasfemia, odio dicen, a los ojos de sus sacerdotes.

Primero es la presión social de ser estigmatizado, que conduce a la autocensura, y si eso les falla llega el acoso y condena sumaria contra el rebelde. Ahora andan abonando ya el terreno para elevarlo a categoría de ley. Y le pondrán un nombre bonito, «positivo», para emboscar lo que es: cercenar la libertad de expresión y blindar sus intereses, postulados e ideologías como si fuera la verdad absoluta revelada. Declararán como odio y perversidad cualquier crítica que se vierta sobre ese cuerpo de doctrina y sobre sus intocables «profetas», mientras que, por contra, ellos sí podrán hacerlo, ya lo hacen, con extrema virulencia sobre los demás pues su causa está bendecida por el bien universal y en su caso es «sagrada libertad de expresión».

El adoctrinamiento educativo, cultural, comunicacional y cotidiano ha ido calando hasta el tuétano de nuestra sociedad y ha emergido como algo «normal» con la aplicación de las medidas excepcionales ante la pandemia. ¿Qué ha sucedido para que los medios de comunicación, esencialmente las televisiones y en particular la información y debate político, hayan sido tan absolutamente controlado hasta convertirlos en gozquecillos siguiendo mansamente el dictado del poder? ¿Cómo es posible, por señalar solo la mayor obscenidad, que se acepte y defienda como baladí la ocultación de cerca de 20.000 muertos y que ello no suponga el mayor escándalo? ¿Qué ha sucedido para que lo que era información y opinión haya sufrido tal regresión hacia el pasado que ahora estemos de nuevo en pleno apogeo del siniestro agitprop, agitación, por información y propaganda, por opinión? ¿Qué ha cambiado en la profesión para que ahora se considere «normal» y hasta «progresista», la palabra talismán que convierte la más fétida basura en exquisito manjar, el poner por delante de la verdad a la militancia política y la pertenencia a un bloque o a un partido que el intentar un mínimo de ecuanimidad y equidad? Porque todo esto ya está aquí. Buena parte de los periodistas de las últimas generaciones vienen ya de fábrica, o sea de facultad, con la antojera política como seña que se exhibe con orgullo si es de «izquierdas» y por tanto con el marchamo de progresista. La síntesis de esa doctrina la expuso con claridad el admirado Salvador Allende, quien aseveró: «El deber de un periodista de izquierdas antes que la verdad es la revolución». Conseguir el fin sin importar los medios ni sacrificar la libertad. «Libertad, ¿para qué?», se respondía Lenin. Retorno a mi propia vivencia. Fui el redactor jefe de «Mundo Obrero», un periódico de partido, del PCE, sin trampa ni cartón. Estimo que aún así, con más rigor en la información que medios actuales que ya sesgan desde el relato del hecho, sino se lo inventan porque de lo que se trata es del arrimón a la sardina.

Atrás quedó el tiempo de la «canallesca», que al menos declamaba como principios aquello de «los hechos, sagrados; las opiniones, libres». Al menos se invocaba como divisa aunque se incumpliera. Al menos a mí me dijeron mis directores cuando después de la militancia me incorporé a «Tiempo» y luego a «Tribuna de Actualidad», que terminé por dirigir, «los huevos ideológicos los dejas colgados en el quicio de la puerta al entrar a la redacción. Al salir, los puedes recoger».

Nunca desde que llevo escribiendo en los «papeles» he visto tal abrumadora mayoría mediática, seguidista y genuflexa como hoy ante el Gobierno y el poder. Cada vez recuerdan más, ¡qué cosas!, a aquella Prensa del Movimiento de la que se dicen antípoda pero a la que imitan cada vez más. Nunca ha existido más diferente vara de medir para los hechos, actos y actitudes de unos y otros. En un caso pecado moral y expulsión a tinieblas exteriores, en el otro, como mucho venial y hasta simpático. La pluralidad se ha ido resintiendo cada vez más en el medio televisivo. No así, es preciso señalarlo, en la radio ni en la prensa escrita, sea éste en soporte de papel o digital. Ahora la ofensiva se encona. La cara B, el tenor y coro podemita, del disco gubernamental, que cada vez marcan más la partitura y el compás, entiende que el control de la comunicación y el amordazar a la disidencia son paso previo e imprescindible para hacer acatar sus doctrinas como valores supremos. Y ahora lo que ya está en cuestión es sencillamente nuestra libertad.

El señalamiento como tales de muchos, de todo osado que se sale de la parva, ha tenido su gota «colmante» en el caso Vallés, un profesional ejemplo de templanza y ecuanimidad, al que se ha pretendido lapidar. El asunto adquiere aún mayor gravedad por cuanto se perpetra desde la Vicepresidencia del Gobierno de España, sin que el presidente Sánchez haya movido ceja ni pronunciado palabra en defensa, no ya del afectado, sino de la muy constitucional libertad de prensa y expresión. Que es lo que está en juego de verdad y porque tomado ese portillo es por donde la dictadura disfrazada de lo que convenga, de blanda, de buena o hasta de cursi, se quiere colar, infectar la democracia y parasitarla hasta convertirla en pantomima. Ha mostrado lo que en verdad pretenden, censura y exclusión, y lo que son, liberticidas y totalitarios. Y por ello, casi cincuenta años después, se ve uno en la necesidad y obligación de tener que escribir contra la censura y por la libertad. ¡Quien me lo iba a decir!

Antonio Pérez Henares es periodista y escritor.

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