El regreso de Rusia a escena

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Acaba de publicar Carta abierta a nuestro/ a futuro/ a presidente/ a de la República sobre el papel de Francia en el mundo (Éditions Armand Colin). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 15/03/07):

Con ocasión de la conferencia de Seguridad Internacional celebrada recientemente en Munich – una especie de Davos de cuestiones estratégicas-, Putin lanzó un jarro de agua fría sobre los asistentes. Declaró que las iniciativas unilaterales y con frecuencia ilegítimas (se sobreentiende, impulsadas por los norteamericanos) eran causa de nuevas tragedias humanas y daban pie a nuevos focos de tensión. Condenó asimismo una “hiperutilización de la fuerza de forma casi incontrolada que sumía al mundo en un abismo de conflictos permanentes”. Y, para que no quedara ninguna duda, afirmó que habían rebasado sus fronteras de muchas formas demostrando un creciente desprecio del derecho internacional.

Estamos acostumbrados a oír ataques tan directos a Washington en boca de dirigentes de Venezuela o de Irán, o del líder de Hizbulah, pero no en boca del presidente de uno de los países más importantes, miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por más que Francia se opusiera enérgicamente a Estados Unidos con motivo de la guerra de Iraq, lo cierto es que en ningún momento pudo oírse lenguaje semejante – lejos de toda prudencia diplomática- en boca de París. Putin quería – manifiestamente- cargar las tintas e impresionar a su audiencia, cosa que – efectivamente- consiguió.

El discurso de Putin resulta menos espectacular que el de Jruschov, que aporreó su estrado en la ONU con su zapato. Tal vez resulte igualmente exagerado comparar el discurso de Putin con el de Churchill al denunciar en 1946 el telón de acero, juzgado como el comienzo de la guerra fría. El secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, ha reaccionado a su vez expresándose en el sentido de la necesidad de evitar una nueva guerra fría. En cualquier caso, un dato es evidente: el regreso de Rusia a escena.

Putin, cuyo mandato finalizará en el 2008, quiere demostrar que bajo su dirección Rusia ha accedido a la categoría de actor global que había abandonado en los años noventa. Su producto nacional bruto descendió entonces a la mitad. Si bien Moscú había logrado integrarse en el G-8, lo cierto es que el resto de las potencias le trataban con notable indiferencia. La guerra de Kosovo, librada por la OTAN en 1999, en una zona de influencia donde Moscú podía considerar que tenía derecho a hacer oír su voz, constituyó el símbolo más patente y manifiesto de tal realidad. El criterio de Rusia nunca se ha tenido en cuenta en relación con esta cuestión. Rusia dejó de ser considerada actor principal y destacado en el plano estratégico. Estados Unidos instaló bases militares en Asia central, la OTAN se amplió ininterrumpidamente pese a las advertencias y veladas amenazas de Moscú, la propia influencia rusa se debilitó incluso en Georgia y Ucrania: factores, todos ellos, considerados inadmisibles y humillantes por Rusia.

El notable aumento del precio de materias primas energéticas (mucho ha llovido desde que el barril de petróleo costaba 14 dólares como en 1999) insufló renovada credibilidad política y económica a Rusia, de modo que pudo saldar anticipadamente su deuda con el Club de París, suprimiendo de un manotazo la imagen de las crisis económicas de los años noventa durante las cuales casi suspendió pagos.

Rusia conoce desde entonces un fuerte crecimiento, con superávit presupuestarios.

El impacto de las amenazas de cerrar el grifo del gas a Ucrania y Georgia trascendió en gran medida las fronteras de estos países. En el curso de su visita al golfo Pérsico, Putin abordó con los dirigentes de Qatar y Arabia Saudí la posibilidad de crear una OPEP del gas.La creación de este nuevo cartel sugerido recientemente por Irán representa un aldabonazo en materia de energía ante las mismas narices de un Occidente cada vez más dependiente en este terreno.

Moscú, por tanto, ha vuelto crecido a ocuparse del conflicto de Oriente Medio, donde los norteamericanos se ven forzados, quieran o no, a darse por enterados a propósito de las advertencias de Moscú relativas sobre todo a la cuestión iraní. Rusia defiende sus intereses en Irán, país al que suministra material militar y material nuclear civil. Rusia se presenta pues en lo sucesivo como un intermediario indispensable y un mediador frente a las iniciativas occidentales.

Por ejemplo, Rusia – a diferencia de los gobiernos occidentales- puede entablar relaciones con el nuevo gobierno de Hamas sin dejar de mantener buenas relaciones con Israel, donde vive un millón de ciudadanos de origen ruso bien representados políticamente. Moscú no duda incluso a la hora de amenazar a Polonia y a la República checa considerando que las futuras bases antimisiles que quiere instalar Estados Unidos en estos países pueden representar una diana potencial.

El crecimiento económico y el orgullo recobrado de Rusia reafirman la popularidad de Putin (70% de opiniones favorables en los sondeos) y pesan en mayor medida, a ojos de los rusos, que el retorno a un autoritarismo que tampoco les desagrada del todo. Estados Unidos se halla empantanado en Iraq y sufre un déficit enorme de popularidad: muestra apariencia de debilidad y, por lo tanto, infunde menos temor. Putin, que se comportó de forma discreta y casi circunspecta al principio de su mandato en espera de días mejores, se sirve ahora de este capital para llevar de nuevo a primer plano a su país. Como buen judoca que es, Putin ha aguardado el momento de debilidad de su adversario para atacar. Rusia ha vuelto a escena. Es menester contar nuevamente con ella. Y este mensaje se dirige tanto a sus amigos como a quienes no lo son.