El regreso del ‘Un, dos, tres…’

Por Enrique Murillo, escritor y editor (EL PAÍS, 09/04/09):

Hipotecados, endeudados, y cada vez más amenazados por el paro y la miseria, los ciudadanos del mundo globalizado contemplan la actual crisis económica con preocupación, temor, angustia y, sobre todo, impotencia. A la manera de aquellos “sufridores” que inventó Chicho Ibáñez Serrador en una de las últimas reencarnaciones de su programa Un, dos, tres…, lo vemos todo desde el otro lado de una pared de cristal, y nos está vedado intervenir.

Los sufridores del concurso televisivo eran unos concursantes especialmente desdichados ya que nada podían hacer por inclinar la suerte a su favor. Nada que no fuera observar a los concursantes auténticos, a cuya fortuna o fatalidad estaba atada la de los sufridores, que no tenían ni siquiera el derecho a decidir. Con su característico humor negro, Ibáñez Serrador inventó esa figura del concursante vicario cuyas angustias le proporcionaban un montón de planos cortos que mostraban el gesto anhelante o torturado de quienes lo ganaban o perdían todo sin haber tenido nunca la menor oportunidad de tomar parte en la determinación del signo de su destino.

Tal vez sea ésta la única verdad de la humana condición, en tiempos de crisis o de bonanza, y puede que todo lo demás no sean sino meras fantasías. Tal vez cuando creemos saber, comprender, decidir, no estemos haciendo más que soñar. Somos, por tanto, unos sufridores con el destino malvendido, hipotecado, enajenado, sin el menor control sobre nuestra suerte.

Lo somos siempre, pero ahora se nos nota mucho más. La gravísima crisis económica que está empezando a morder nuestras finanzas personales con la misma frialdad con la que el ácido del grabador muerde la plancha, deja al desnudo la desdichada posición que ocupamos los ciudadanos del mundo entero.

Como aquellos sufridores del Un, dos, tres…, ni controlamos los expedientes de regulación de empleo que nos llevan al paro, ni las jubilaciones anticipadas con las que otras empresas van reduciendo su plantilla. No decidimos el nivel del Euríbor ni el grado de liquidez del sistema bancario.

Nuestro rostro hace muecas dignas de un pintor expresionista, y nuestras manos tantean sin éxito la pared de cristal que nos separa de quienes sí toman decisiones. Nos esforzamos, tratando de encontrar el modo de abrirnos paso hacia ese otro lugar donde se responden preguntas, se elige una de las enigmáticas tarjetas que lee parcialmente (“hasta aquí puedo leer…”) Mayra Gómez Kemp, y detrás de cuyos pareados se esconde la fortuna, o la calabaza. Sólo así, pensamos, seríamos auténticos concursantes en lugar de serlo por persona interpuesta.Claro que quizás, como todos los envidiosos, envidiemos lo que no queremos, lo que no nos serviría de nada. Leyendo a Joseph Stieglitz hace unos meses en este mismo diario, me consolé como un tonto pensando que mi ignorancia absoluta de los asuntos financieros era mal de muchos, e incluso mal compartido por los expertos. Pues el afamado economista afirmaba no haber llegado jamás a entender qué era exactamente lo que se escondía en cierto complejo y abstruso producto financiero. Uno de esos, pensé, que escondían subprimes y otras cosas no menos vergonzosas.

Pero desde la incómoda posición del que ni sabe nada ni puede nada, lo cierto es que contemplamos entre embobados y esperanzados a quienes ocupan esos lugares privilegiados que habitan los poderosos. Y creo que no violento en exceso la comparación si afirmo que el papel de concursantes en el Un, dos tres… de la vida, en esta feria de vanidades ayer, y de desdichas hoy, lo ocupan los dirigentes de nuestros países y de sus instituciones: los políticos, los altos funcionarios de las instancias financieras globales, los empresarios y dirigentes de las grandes corporaciones y los demás miembros de tan selectísimo y minoritario club.

Desde nuestro punto de vista de sufridores, su posición resulta como digo envidiable. Ellos, al menos, disponen de un grado elevado de libertad. Ellos deciden cuándo hay que inyectarle liquidez al mercado; qué banco, aseguradora o empresa automovilística merece ser salvado de la bancarrota, cuánto hay que bajar los tipos de interés, qué dinero vale la pena apostar en el mercado de futuros de los combustibles sólidos, a quién se le concede una línea de descuento y a quién una hipoteca, a dónde conviene llevarse la producción de automóviles, de tornillos o de sellos de correos.

Después de las reuniones del G-20 o el G-8, cuando se colocan para la foto de grupo, o cuando dan cada uno su conferencia de prensa, y explican cómo van a refundar el capitalismo, o impedir que las colas ante la oficina del paro den diez vueltas a la manzana, parecen especialmente poderosos, como sacerdotes milagreros que van a repartir suerte y favores entre los desfavorecidos.

Pero la crisis está demostrando que su poder es muy limitado, que sus decisiones anunciadas siempre ante multitud de cámaras y micrófonos, no poseen una influencia muy grande en el devenir de los países ni el de sus economías, y que al final, como en el Un, dos, tres…, acaba llegando el momento en el que también ellos han de callarse para escuchar “la voz de los grandes tacañones”, una voz campanuda y potente que decide dónde está el bien y dónde el mal, y que resulta inapelable.

En la crisis actual, esa voz decisiva de verdad es la del dinero, ese caballero poderoso del que hablaba Quevedo, ese ser incorpóreo, ese fantasma desalmado al que no parece haber quién le tosa, tampoco en nuestros días. Como una fiera malcriada, el dinero se ha vuelto caprichoso, desleal, egoísta. Nadie le ha visto el rostro, como no sea la cara de algún tramposo como el malvado Madoff, o el de algún alto ejecutivo que se ha ido de pic-nic a las Bahamas al día siguiente de que su empresa fuera rescatada de la quiebra por una de esas inyecciones de ayuda proporcionada por algún político neoliberal reconvertido.

Unas ayudas, por cierto, que parecen ir siempre destinadas a caer en pozos sin fondo, tanto si premian la mala gestión y escasa inventiva de una industria entera como si tratan de evitar la fuga deslocalizadora de empresas mimadas y subvencionadas (al parecer sin condiciones) por gobiernos regionales o continentales.

El dinero es desconfiado, nos dicen los expertos. ¿Y cómo no iba a serlo, si ha mandado como le ha dado la gana, si ha sido adulado y venerado por casi todos, si ha podido hacer su capricho durante tantos años sin que nadie le parase los pies, si sólo ha aceptado tratos cuando se le garantizaban réditos extraordinarios? ¿Cómo va a fiarse el dinero de nadie, si ahora se le dice que ha de conformarse con lo que hay, que es bien poco, y se le amenaza con regulaciones, si pretenden ponerle cortapisas a su paraíso desregulado de los últimos 15 años?

Al igual que una fiera consentida, el dinero se negará a aceptar que lo pongan a dieta. El dinero se ha ido a comprar oro, se ha escondido en las cajas de seguridad, en las cuentas secretas, en los paraísos fiscales. El dinero sabe que los pingües negocios de la Bolsa han dejado de ser pingües e incluso negocios. La llamada función social al dinero le importó siempre un pepino, y ahora más que nunca.

Por fin lo sabemos: los grandes tacañones no son ni los políticos ni los dueños de bancos. Ni siquiera los presumidos que aparecen en las listas de Fortune, que sigue valorando la riqueza en los anticuados términos del valor de sus carteras accionariales, menuda broma.

El dinero se ha largado de las Bolsas por las buenas, y ni las rogativas de los bancos mundiales ni las de los diversos grupos de dirigentes de países ricos, le harán regresar para “crear riqueza”. El dinero no va a volver a la “economía real” (otra broma) si no se le garantiza que logrará aumentar desaforadamente su propia riqueza. La única que para el dinero cuenta.

Ya pueden ir trazando planes los concursantes, nuestros queridos políticos y demás dirigentes mundiales. Lo único que se han llevado de esta edición del concurso es una fea calabaza.