El Reino Experimental

Hubo un tiempo en el que muchos admirábamos las cualidades de la mejor tradición política británica. Leíamos las propuestas que el ejército de Oliver Cromwell, en plena Guerra Civil inglesa, hizo en los debates de Putney, de enorme contenido revolucionario, democrático e igualitario para la época. Nos entusiasmábamos por pensadores como Burke o estadistas como Churchill, por no hablar de fenómenos como los Beatles. Seguíamos las discusiones sobre escuelas, impuestos u hospitales en el Parlamento británico, en las que el representante medio desplegaba una capacidad y elegancia retórica así como sentido del humor muy superiores a los de la Carrera de San Jerónimo. Queríamos un Reino Unido fuerte, con su gran servicio diplomático y su presencia global, en una Europa abierta, una relación que justificaba esa voz discordante y su freno a dogmas federalistas alejados de la realidad.

Pero aquella nostalgia se ve hoy superada por el escepticismo, la sorpresa y el hastío con este Reino Unido. En vez de mirar al pasado, como hace hoy gran parte del segmento político y social de las islas británicas, mejor aceptar su realidad presente. Mejor mirar fríamente a este país, al igual que el EEUU de Trump, como un laboratorio moderno de experimentos políticos y sociales, unos específicos de su contexto, otros menos. Casi, un anti-modelo de políticas y formas de liderazgo que el resto de europeos no deberíamos emular.

En mi opinión, estas elecciones han sido, de nuevo, no tanto sobre el Brexit ni mucho menos Europa. Más bien, han girado en torno a dos formas de liderazgo político que desde perspectivas diferentes se presentan como respuesta ante los males que nos aquejan, como la inseguridad, pero sobre todo como opciones ante las rupturas del consenso político. Por una parte, el liderazgo de Theresa May, caracterizado por el cinismo y la frivolidad resultantes de la falta de convicciones y, me temo, principios de parte de la actual clase gobernante en el Reino Unido, prisionera (y, con ella, todos los demás) de su propia lógica de poder. La May del Brexit duro apoyó, a la callando, el Remain, al igual que en su día lo hizo el estrambótico Boris Johnson. Este liderazgo se adapta a circunstancias cambiantes para mantenerse en la ola popular (o populista), aunque ésta a veces se lo pueda llevar por delante, como en parte ha sucedido en estas elecciones. Tarde o temprano, especialmente en una era de sobreinformación y sobreexposición, las contradicciones y giros son demasiado escandalosos para gestionarlos con el cinismo y spin habituales (que le pregunten al caído Cameron). Tal liderazgo no suele representar nada sólido y depende del utilitarismo y cálculo electoral de turno. Por ejemplo, si para mantenerse como sea en el poder hay que gobernar con los nacionalistas-unionistas irlandeses, de pasado oscuro en la violencia de Belfast, coalición y punto. En el fondo, su capacidad para gestionar cuestiones de Estado tan complejas y de impacto a largo plazo como el Brexit, es limitada. De ahí que estemos abocados a más incertidumbre, por supuesto para los ciudadanos británicos, y para los socios europeos, que no pueden contar con la fiabilidad mínima del gobierno y élites que tienen enfrente.

El segundo estilo de liderazgo es el representado por el laborista Jeremy Corbyn y la comodidad ideológica y moral del que se mantiene inmutable en sus propias convicciones. Frente a la falta de coherencia de May, Corbyn representa el exceso de coherencia del que lo tiene todo meridianamente claro. Quizá, un tanto demasiado claro en un mundo de grises que pide a gritos más matices y posiciones equilibradas, y menos maniqueísmo de blancos y negros. Maniqueísmo en el que se suelen mover Corbyn y parte de los votantes que lo llevaron y mantuvieron al volante del laborismo post Tony Blair.

Asimismo, aunque se adorne con retórica de macho alfa (“tuve huevos en convocar elecciones”), hay cierta cobardía en el estilo de políticos como May que evitan confrontar los propios votantes ante sus prejuicios o preferencias más primarios e inflexibles -por no hablar de confrontar la xenofobia reinante-. Pero también existe cierta pereza ideológica inconsciente en perfiles como Corbyn: siempre en pos de causas perdidas, pero siempre reacios a examinar su pensamiento y creencias cuando sea necesario ante determinadas contradicciones. Corbyn -quien personalmente me produce más simpatía- apostó por la lucha contra el apartheid y se movilizó contra la guerra de Irak. Pero ese mismo buen juicio él y otros no parecen haberlo tenido cuando no se trata de los yanquis, sino del chavismo, o cuando son rusas y sirias las bombas que destruyeron Alepo, optando por el silencio o por la fácil ambivalencia de la equidistancia.

En cualquier caso, siguiendo a Jorge Galindo en su ensayo sobre los nuevos reaccionarios, en el último número de Letras Libres, hay puntos coincidentes entre estos liderazgos y formas de política. Al hacer frente a la quiebra política y social que viven las sociedades occidentales, May apuesta por un eje reaccionario-nacionalista mientras que Corbyn está cómodo como líder de un eje insurgente de izquierdas. Pero, en el fondo, hoy por hoy vemos en ambos casos más espasmos de nostalgia por un pasado idealizado -de homogeneidad y seguridad absoluta para un modelo, igualdad para el otro- que dé propuestas de recorrido para nuestros problemas de cohesión social y política. Problemas con dilemas muy incómodos, como el aspecto seguridad absoluta-democracia abierta. Así, May, como era de esperar, usa la demagogia tras los ataques de Londres, anunciando recortes en derechos humanos. Soslaya que ésa es ya la tónica general de las medidas anti-terroristas desde el 11S, sin que se pueda garantizar la seguridad completa. Un líder de Estado (democrático) tendría presente que “la lección de estos momentos de terror es no dejar que nuestro natural miedo y dolor permitan la destrucción de nuestras instituciones” (Timothy Snyder). A su vez, Corbyn, aun en su loable posición de principio, no parece tampoco tener respuestas adecuadas a una amenaza como el terrorismo.

Sin duda, el choque entre ambos modelos lo vemos también en el resto de Europa y en España (y Cataluña). Quizá los europeos debamos invertir un poco menos en este Reino Unido ensimismado, esperando que, como me decía hace poco, algo alicaído, un amigo diplomático de ese país, “los adultos” vuelvan al poder e incluso que nos vuelvan a inspirar. Pero no es momento para la melancolía ni para perder el tiempo. Apostemos más por reconstruir los consensos políticos y sociales de nuestras democracias pluralistas, asumiendo que las tensiones, el enfrentamiento y la inseguridad durarán años. Eso, creo, requerirá liderazgo político diferente al cinismo de May, pero también al utopismo de Corbyn, por muy inspirador que resulte para parte de la juventud.

Francisco de Borja Lasheras es director de ECFR Madrid.

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