El Reino Unido y la nueva Europa

El discurso pronunciado recientemente por David Cameron sobre la relación del Reino Unido con Europa ha dado lugar a muchas reacciones. Sería exagerado si dijéramos que éstas han sido desaforadamente positivas. A Cameron se le acusa de una selección caprichosa, de buscar una Europa a la carta, hasta de chantaje. Pero lo que más me llama la atención, es la poca gente que realmente parece haber leído o escuchado el discurso entero.

No es de sorprender, quizás, que los comentarios se hayan centrado en la afirmación de Cameron de que si los conservadores continúan en el poder en 2015, él se propondrá negociar un «nuevo acuerdo» con nuestros socios europeos, para luego convocar un referéndum en el que un posible resultado negativo conllevaría la salida del país de la Unión. Para muchos, esto no hace más que reafirmar su opinión de que el primer ministro es un euroescéptico empedernido, decidido a que el Reino Unido abandone Europa.

Es cierto que David Cameron, al igual que la mayoría de los británicos, concibe la Unión Europea desde una perspectiva diferente a la del resto de muchos de nuestros semejantes continentales. Somos una nación insular, orgullosa de su independencia y firme en lo que a la defensa de su soberanía se refiere. Nuestra perspectiva de Europa se fundamenta más en consideraciones prácticas (la prosperidad, el crecimiento, el empleo, la estabilidad) que en necesidades políticas. Nuestra negativa a sumarnos a un ideal federal, o a comprometernos a una serie de obligaciones que sabemos que no podremos cumplir, nos convierte a veces en socios incómodos.

Pero eso no significa, tal y como han querido sugerir algunos sectores, que la UE nos interese únicamente porque ofrece un mercado único a nuestros exportadores. Efectivamente, el mercado único es fundamental para la buena marcha y salud de la economía británica, pero también lo es para el crecimiento y la creación de empleo en toda la UE. Continuaremos respaldando cualquier iniciativa encaminada a hacerlo más eficiente, presionando para que haya un mercado totalmente abierto no sólo para bienes, sino también servicios; liberalizando el comercio electrónico; abriendo los mercados energéticos; y reduciendo las trabas burocráticas impuestas a las empresas. Pero nuestra ambición va más allá: continuaremos impulsando cualquier esfuerzo que lleve a afrontar el cambio climático, a desarrollar una política exterior más efectiva, a mejorar la capacidad de defensa, a luchar contra el crimen organizado y a proteger el medioambiente, entre muchos otros temas.

Cada país europeo tiene una visión propia de lo que la UE representa para ellos. Pero, tal y como Cameron se esfuerza con ahínco por destacar en su discurso, el Reino Unido ha sido, es y siempre lo será, una potencia europea. Rechaza, con firmeza, la idea de que vayamos tras una relación similar a la que mantienen Noruega o Suiza con la UE. Y deja tan claro como el agua que cree que el interés nacional del Reino Unido está en mejores condiciones dentro de una UE flexible, abierta y versátil, ejerciendo su influencia política en temas clave como el mercado único, el cambio climático y la energía. Y que también la UE está en mejores condiciones si el Reino Unido forma parte de la misma.

En cualquier caso, la UE se enfrenta a algunos de los mayores retos de toda su historia. Para resolver la crisis del euro es necesario llevar a cabo grandes cambios en lo que se refiere al funcionamiento de la Eurozona, y hay que apuntar que sólo 17 de los 28 Estados miembros de la UE pertenecen a la misma. Es necesario que tomemos medidas enérgicas para cortar de raíz el declive progresivo que está experimentando la competitividad de la UE en una economía global, por lo que, si no somos capaces de competir, nuestro nivel de vida, así como la influencia que ejercemos en el mundo, experimentarán un cierto declive. Y tenemos que hacer estos cambios radicales en un momento como éste, en el que la gente desconfía cada vez más de la UE y de sus instituciones. El euroescepticismo existe más allá de las fronteras del Reino Unido.

El primer ministro nos muestra una receta coherente para abordar estos retos: acción decidida para resolver el tema de la competitividad, completando el mercado único e incentivando el crecimiento; mayor flexibilidad, reconociendo y aceptando la diversidad que aportan los diferentes Estados miembros que forman la UE; aplicación del principio de que, en determinadas circunstancias, la devolución de competencias a los Estados miembros es posible (principio que, al fin y al cabo, está ya consagrado en el Tratado de Lisboa) y que el proceso de transferencia de soberanía no es de un solo sentido; mayor legitimidad democrática, concediéndoles a los parlamentos nacionales un papel de mayor peso respecto a lo que se decide en Bruselas; y equidad en lo que se refiere al trato de los Estados que están tanto dentro como fuera de la Eurozona. Algunos de estos temas seguro que levantan ampollas entre algunos federalistas europeos acérrimos, aunque la verdad es que ya van quedando menos.

A lo largo de los próximos años, queremos someter estos temas a debate, tanto en Bruselas como en el Reino Unido. A medida que así lo hacemos, creo que mucha gente se dará cuenta de que la UE tiene que cambiar si ha de prosperar. Pero una cosa está clara: la cuestión de la pertenencia o no del país a la UE está ya claramente sobre la mesa en el Reino Unido. Hacer caso omiso de esta obviedad tan solo acrecentará el riesgo de que finalmente acabemos abandonando la Unión. Creo que esto no beneficiaría ni al Reino Unido, ni a nuestros socios europeos.

Giles Paxman es el embajador del Reino Unido en España.

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