El relativismo imperante

Vivimos una extraña época en la que como signo de excelencia no se ha encontrado mejor fórmula que la frase «que te cagas». Me temo que identificar a las heces con lo superlativo sea una imagen fiel del ambiente cultural de nuestro tiempo. El modo de hablar y el de vestir componen junto con manifestaciones de más altura, como las artes, la literatura o la arquitectura, una muestra de la manera de pensar de los hombres e incluso llegan a representar el carácter de los pueblos: recordemos el monasterio del Escorial como símbolo del momento álgido de la grandeza de España en comparación con el palacio de Versalles para una situación similar en Francia. La belleza de la línea y el granito sin otra decoración que su equilibrio y proporciones frente a la exuberancia de dorados y yeserías tape-à-l’oeil de la sede de la grandeur gala. Ambos edificios acogen viviendas reales, asientos del poder, pero el español escondido bajo el manto de un convento y el francés provocativamente en un palacio para el lujo de la corte.

Si nos lanzamos a una divagación histórica, será forzoso señalar al Renacimiento como la más alta explosión cultural que ha producido la civilización cristiana, hoy conocida como occidental: la vestimenta se diseñó con todo esplendor, el velludo competía con la seda, las mujeres añadían perlas y piedras preciosas a sus trajes, los encajes remataban las camisas y los colores eran una fiesta; fue un momento de buen gusto al servicio del lujo. El lenguaje acompañaba y desde Italia se extendieron los endecasílabos, y la exquisitez llegó a cuestionar otras lecturas en latín que no fueran los clásicos romanos para no perjudicar la corrección gramatical de una lengua entonces todavía viva.

Con el barroco acuden los excesos: pelucas monumentales que encubrían la miseria de cabelleras rapadas para combatir el tormento de las liendres, tacones para mejorar estaturas pequeñas, muchísimo encaje y demasiado artificio. La legislación debe intervenir para frenar el gasto excesivo. Góngora es la hipérbole literaria, aunque Gracián le da respuesta adecuada.

Aquellas demasías trajeron modas más ajustadas: las pelucas no se abandonaron, pero se redujeron, la seda sigue reinando, y si los varones, más conservadores siempre, mantienen parecidas casacas con bordados, ellas imitan a las pastoras virgilianas y sus vestidos renacen menos rígidos. El habla continúa igual de fatigosa, y quien lo dude que se atreva a leer «La Diana» de Nicolás Fernández Moratín.

La Revolución Francesa trastocó todo, y el gusto y la nueva moral se inclinan hacia Roma y Atenas: sutiles tejidos servirán para cubrir sin velar a las féminas que llevan su coquetería a maquillarse hasta el sexo. Pero también se imita a manolas y majos y se copia el decir del pueblo. En cambio, las nietas de aquellas descocadas se deciden por la virtud y envuelven su cuerpo con ballenas y miriñaques mientras los hombres abandonan los bordados y utilizan ropas amplias y cómodas. La expresión de los españoles se modifica profundamente y el sentimiento de las oscuras golondrinas de Bécquer sustituye a las arquitecturas racionalistas del XVIII.

Este breve recorrido por el lenguaje y las modas a través del tiempo nos alerta sobre los humanos y su capacidad de adaptación a las ideas, que casi cíclicamente pasan de momentos de excesos a épocas de austeridad con un movimiento de vaivén que acaba por bautizar como irrelevante todo lo que no es en verdad trascendente.

Mas como las cuestiones importantes son pocas y exigen mucha reflexión y después de esta aconsejan adoptar decisiones que nunca son cómodas, la sociedad prefiere quedarse en lo superficial y aceptar que las modas temporales son los soportes ideológicos de cada época. Con tan conveniente filosofía se rehúye lo fundamental y se puede vivir plácidamente hundiendo la cabeza en la arena, como hacen los avestruces, para no ver ni oír lo que no se desea y que la felicidad inunde a la humanidad.

Ese relativismo imperante obliga a aceptar verdad y error en idéntico plano, a la virtud y el vicio como elecciones posibles y a poner en parangón a la belleza con la fealdad. Por ello puede ocurrir que se produzca algo tan desconcertante como aceptar la frase «que te cagas» como expresión de lo mejor e incluso de lo sublime.

Y termino porque acabo de oír que alguien, joven sin duda, ponderaba no sé si la pizza que tenía entre manos o una mozuela de la que hablaba y en vez de exaltar a la mierda dictaminaba que «está de muerte», agudeza mucho más definitiva aunque carezca del aroma de la primera. La juventud ha retornado a la trascendencia.

Marqués de Laserna, miembro de la Real Academia de la Historia.

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