El relato de la Transición

Se decía, y sigue vigente, fruto de la comprobación y repetición histórica de la secuencia, que los abuelos eran quienes creaban, adquirían y aumentaban -riqueza, tierra y progreso-, los hijos lo disfrutaban y los nietos lo arruinaban. Trasladado a la Nación y sociedad española, bien puede aplicarse el aserto a lo que nos está sucediendo en el presente. Los «abuelos», entre los 20-45 entonces, hicieron la Transición, los «hijos», en los 50-65 ahora, la disfrutaron, y los «nietos», de nuevo entre los 20-40, hay mucho adolescente cada vez más viejuno, parecen, a toda costa, querer hacerla trizas.

Para ello lo primero de todo es corromper la memoria colectiva con una nueva Leyenda Negra, interiorizada como cierta, exhibida con frenesí; la memoria y el relato de aquella hazaña que logró dejar atrás la dictadura franquista, superó la confrontación y el odio, avanzó al futuro por la senda de la reconciliación y consiguió, con profundo sentido de Estado y Patria y enorme generosidad e ilusión por parte de todos, alumbrar la Constitución de la Democracia y las Libertades, y devolver la soberanía al pueblo soberano. Cuarenta años de convivencia en paz y respeto, de creación de riqueza y bienestar, en senda creciente de igualdad de derechos, han sido sus frutos. Y exactamente eso es lo que se aspira a arrasar y a demoler tras convertir su imagen en un pingajo. Borrar de la memoria colectiva de hoy el inmediato pasado y el recuerdo aún vivo para irse a escarbar, más allá y entre los muertos, en busca de las raíces del odio, estercolarlas y regarlas con el sectarismo tuerto de la mentira de parte y conseguir volver a que el resentimiento y la revancha sean el banderín de enganche para su sucia guerra política.

El relato de la transiciónLa consigna con que estos nietos de la Transición pretenden destruir la cúpula constitucional que nos acoge a todos es tan falaz como ofensiva e insultante para quienes sufrieron, sudaron y renunciaron a imponer «su» razón para llevarla a cabo. Han acuñado como fórmula para desprestigiarla el término de «Régimen del 78». Así la identifican, biliosa y mendazmente, con el franquismo e instalan el concepto de que fue una sociedad atemorizada y unos representantes, entre la continuidad dictatorial, los unos, y la cobardía, los otros, quienes pastelearon un remiendo para preservar de hecho el sistema. Y por ello, «esto», desde el 77 hasta hoy, no es en realidad democracia como tal, sino un remedo y una caricatura.

El miedo a los sables, aseveran sentando cátedra publicitaria, parió una Constitución retrógrada y pacata. No hay mayor ni más contrastable mentira. Progresista y a la cabeza de Europa en tales aspectos. Si de algo peca la Carta Magna es de ser un tanto ilusa, buenista y confiada en la lealtad y bondad supuesta en gobernantes y personas, y, por mor de momento de esperanza y fraternidad colectiva que entonces se vivía, suponer esa confianza y lealtad impresa en el futuro ya para siempre y en todos.

Por cierto, que sí se desenvainaron los sables un 23-F. En la retina quedará un presidente Suárez -¿le quitarán la calle por su pasado «facha»?- plantándoles cara. Lo superaron también una ciudadanía y unos dirigentes unidos sin importar siglas y un Rey, por muchos lamparones que ahora le caigan encima, que estuvo entonces al lado de su pueblo y salvó a aquella democracia aún impúber de caer de nuevo en las fauces del totalitarismo.

Pero en borrar todo ello y en reducirlo a escombros despreciables es en lo que perseveran cada día, imponiendo la propaganda sectaria, la ideología más ruin y el método más gobelssiano a través del control mediático contra la verdad, cada vez más silenciada, y los hechos desnudos, cada vez más despreciados. Así despachan estos adanes, y arrinconan y condenan, como trastos viejos llenos de carcoma y mugre, a aquellas gentes, tanto a las de a pie, que sí resistieron y confrontaron al franquismo, como a aquellos dirigentes, a aquellos políticos que consiguieron aquel milagro democrático.

Entiendo que deben suponerse tremendamente valerosos y hacen de ello gran alarde, cuando en realidad es el amparo de las libertades conseguidas entonces el que les permite proferir tales bravatas, ofensas y amenazas que son crecientes y continuas a todos los símbolos comunes y a todo lo que signifique convivencia. Sería muy ilustrativo, aunque espero y deseo fervientemente que jamás pueda comprobarse, ver a tanto antifranquista sobrevenido enfrentarse en verdad a una dictadura.

Desde luego lo realizado y conseguido tuvo y dejó marcas, fallas y agujeros. Algunos muy dolorosos y frustrantes, sin duda. Y también terroríficos y sangrientos desafíos como el de ETA, amnistiada tras la democracia y cuyo objetivo inmediato fue acabar con ella asesinando a más de 850 personas. Ahora son los separatistas catalanes quienes -tras haberles otorgado otra vez generosamente la joven democracia española el máximo de autogobierno, el total respeto a las señas culturales e identitarias y el mayor grado de descentralización conocido en Europa- tergiversan historia y hechos para disfrazar su felonía y su rapiña y presentarse como víctimas y oprimidos, cuando son ellos quienes en realidad oprimen a todos los que se opongan y a todos cuantos discrepen de su delirante supremacismo. Otro falso relato común de quienes tienen el mismo objetivo: destrozar lo que les estorba, la Constitución española, y donde confluyen secesionismo y extrema izquierda y ante el cual actúa con falaz hipocresía un gobierno, cuya postura continua es la de genuflexión ante ellos, pues a ambos les debe La Moncloa.

El hoy de España es, en buena medida, el fruto del edificio y del trabajo de esas generaciones de abuelos y padres de la Transición. Esta España desde luego mucho mejor y diferente de la que a ellos les dejaron. Por eso la pregunta pertinente es: ¿cuál es el proyecto de los que quieren demoler este edifico? ¿Estas nuevas generaciones, y/o quienes pretenden ser sus intérpretes y líderes, qué quieren hacer con España, aunque no les guste ni la palabra? ¿Qué es lo que van a dejar a quienes les sucedan esa generación que se proclama «la mejor preparada de la historia» y que añade como queja continua «que vivirá peor que la de sus padres», aunque hasta hoy ha vivido de ellos mejor que ninguna? ¿No tiene nada que ver ni responsabilidad alguna en ese futuro que es el suyo, no tendrán ellos nada que hacer por ello?

España es hoy, y lo sigue siendo -aunque oyendo a algunos podría suponerse que estamos unos escalones por debajo de Somalia y Burkina Faso-, un lugar al que las gentes por llegar a él arriesgan su vida y en demasiadas y dramáticas ocasiones la pierden. Los modelos que ahora se jalean, los países a los que se admira y los líderes a los que se adora, resultan, sin embargo, aquellos en los cuales sus gentes se desarraigan y huyen despavoridos por la violencia, la opresión y la hambruna. ¿Eso es lo que cuando ellos acaben con su obra piensan dejar como herencia a las generaciones venideras?

Antonio Pérez Henares es periodista.

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