El renacer de la social-democracia

Algo se mueve en la socialdemocracia alemana desde el pasado 24 de enero. Lo que comenzó como un parto accidentado lleva camino de convertirse en la convulsión política más importante de los últimos años en Alemania. Ese día, Sigmar Gabriel anunciaba en una entrevista con el semanario Stern su renuncia a luchar por la cancillería y la llegada de su relevo y nueva esperanza socialdemócrata, Martin Schulz: “Lo que yo podía aportar no basta. Si me presentase, fracasaría, y conmigo el SPD. Con Schulz podemos volver a empezar. Y de eso se trata en las próximas elecciones generales”. Con estas palabras se despedía Gabriel, el hombre que, curiosamente, más tiempo ha durado en la presidencia del histórico partido alemán desde Willy Brandt siendo a la vez el menos querido o, al menos, el que menos empatía y cercanía demostraba por las bases, algo que en este partido tiene casi la misma importancia o más que las propias ideas o programas.

Su sistemática petulancia con los medios de comunicación, mezclada con una más que latente agresividad en sus discursos e intervenciones públicas, lo habían convertido en uno de los políticos más antipáticos de Alemania. Si a eso le añadimos su obstinada insistencia en tomar incomprensibles decisiones como ministro de Economía y Energía que poco o nada tenían que ver con el clásico ideario socialdemócrata, entonces su retirada no sólo se nos antoja necesaria, sino que, como reconocían algunos miembros de la Ejecutiva federal del SPD, puede que llegue incluso demasiado tarde. Pues el partido no luchaba estos días pasados por superar una crisis interna pasajera y acercarse a la CDU de Merkel, sino por la pura supervivencia.

De ahí el énfasis en ese nuevo comienzo que debe personificar el candidato Martin Schulz. ¿Hay acaso que olvidarlo todo y centrarse pues en un simpático y carismático aspirante que, como él mismo reconoce, ha permanecido muchos años alejado de la política interior alemana? Quizá haya sido Alexander Gauland, vicepresidente en funciones de la AfD (Alternativa para Alemania), quien haya expresado con mayor precisión y rencor por qué Schulz no puede encarnar jamás ese viaje nostálgico de la socialdemocracia hacia el nuevo comienzo: “Schulz es el símbolo del fracaso de la Unión Europea. Representa la arrogancia del establishment de Bruselas y la aristocracia de los eurócratas. Es la viva imagen de todo lo que va mal en Europa. El SPD no podría haber elegido mejor candidato. Todo un golpe de suerte para nosotros”.

Ése es sin duda el talón de Aquiles de Schulz, el lugar donde la extrema derecha alemana hincará una y otra vez sus rabiosos mordiscos populistas. Pero sólo ellos: tanto Merkel como su CDU saben perfectamente que las medidas más controvertidas de la Unión Europea, ante todo las políticas de austeridad y recortes, fueron auspiciadas por la propia Merkel, por su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, y por otro reputado conservador muy querido en Alemania, Jean-Claude Juncker. Y, a pesar de esto, Schulz ya ha anunciado que en otoño la campaña electoral será una campaña plenamente europea puesto que, según él, no hay manera de solucionar los problemas nacionales sin comprender antes su transcendencia internacional, una canción que siempre suena bien pero que nadie pone en práctica por miedo a perder votos en casa. Recordemos que hace unas semanas la extrema derecha europea se congregó en Coblenza con un único propósito: celebrarse a sí misma y proyectar el fin de la Europa comunitaria y el renacimiento de la Europa de las naciones. Mientras Marine Le Pen, Geert Wilders, Matteo Salvini y Frauke Petry alzaban sus copas contra el viejo continente, ¿dónde estaban Martin Schulz y la entera socialdemocracia europea?

Además, aparte de esa falta de credibilidad que Schulz debe solucionar con el resto de partidos socialdemócratas europeos, hay otro problema: ese intento de europeizar la política alemana es entendido por muchos a la inversa, es decir, como una huida hacia adelante para divagar inútilmente sobre abstracciones globales y no enfrentarse así a las necesidades reales de muchos alemanes que han confesado preferir a los populistas porque se sienten abandonados y menospreciados por los partidos tradicionales. Sin embargo, Schulz no es simplemente un funcionario de Bruselas que ha venido a robarles la preciada identidad nacional a los alemanes y a hundirlos en el olvido. En una reciente entrevista televisiva sacó a relucir con orgullo sus 11 años de alcaldía en Würselen, una pequeña ciudad de unos 35.000 habitantes situada a pocos quilómetros de la frontera holandesa. Allí, en lo más profundo de la provincia alemana, cuenta Schulz, aprendió a escuchar a la gente y a formarse como político y persona.

Su biografía, en efecto, es de las que toca la fibra al alma socialdemócrata: Schulz es un hombre hecho a sí mismo, un autodidacta, un librero sin estudios universitarios, con un pasado marcado no por un impecable currículum académico o laboral, sino por naufragios como el paro o el alcoholismo, del que habla abiertamente cual púgil que ganó uno de los combates más decisivos de su vida. Aunque más que un pretérito digno de ser recordado en tono melancólico, esos golpes del destino son un capital enorme que ningún candidato a canciller desecharía nunca, un escudo que resistirá con vigor cualquier ataque populista que pretenda achacarle a Schulz no ser uno de los nuestros.

Por el otro lado, ¿qué responde Schulz a los que le reprochan no tener experiencia en ningún Gobierno a nivel estatal? “Obama tampoco la tenía”, apunta jocosamente medio en broma, medio en serio. La comparación con Obama no es baladí: pero si algo le falta a Schulz es precisamente un mensaje, un relato propio que entusiasme y empuje a los antiguos votantes socialdemócratas de nuevo a las urnas. No basta con explicar que se quiere volver a empezar de cero: Schulz necesita una dirección, un camino, una idea guía. Y un equipo competente que le apoye sin fisuras. Por ahora está solo.

Hace nada más que una semana, todos los comentaristas políticos de rango en Alemania coincidían en una cosa: Schulz es un buen candidato, quizá el mejor que tiene el SPD en sus filas, pero no tiene nada que hacer contra Merkel. Mientras tanto, una semana después, el SPD ha pasado del 20% al 28% en la intención de voto y, sorpresa, en un duelo directo entre ambos aspirantes, los alemanes preferirían a Schulz (50%) que a la actual canciller (34%). Puede que sea sólo la ilusión del momento, tan volátil e ingenua como la socialdemocracia misma. Sin embargo, la aplastante victoria de Merkel no parece ahora tan segura: cuando todos pensaban que el enemigo de Merkel estaba en casa en forma de los socios conservadores de la CSU bávara, que llevan dos años criticando a su canciller por su política de inmigración y su presunta falta de liderazgo, ahora le ha salido a Merkel un contrincante de peso que forzará a los conservadores a cambiar de estrategia.

Schulz está condenado a atacar a una canciller que si ha destacado por algo en todos estos años de gobierno es por su incapacidad de tomar la iniciativa y adelantarse a los acontecimientos. Ganó las pasadas elecciones con el maternal eslogan “ustedes me conocen”, pero ahora ese vacío aforismo puede volcarse en su contra, en amenaza, si Schulz consigue enlazar un relato propio con el hartazgo de 12 años de Merkel. Lo tiene difícil: el país va económicamente mejor que nunca y de Merkel se comenta con incisivo sarcasmo que es la mejor canciller que ha tenido la socialdemocracia en su historia. Schulz corre el peligro de ser el mejor candidato para una Alemania más europea, aunque está por ver si los alemanes no quieren justo lo contrario, una Europa más alemana. Quizá habría que reflexionar sobre aquellas palabras anteriores de Schulz y preguntarse si es posible el resurgimiento de la socialdemocracia alemana mientras yacen heridas de muerte el resto de socialdemocracias europeas. O si no será justamente al revés: ¿conllevará una victoria de Schulz la revivificación de la socialdemocracia europea?

Ramón Aguiló Obrador es profesor de Filología alemana en Bremen (Alemania).

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