El rencor de los mediocres

Al estrenar el decenio de los ochenta, José Ramón Lasuén publicó un libro sumamente incorrecto titulado «La España mediocrática». El catedrático de Economía, asesor de Suárez, y metido en la Transición a través de la Federación de Partidos Socialdemócratas, había tenido ocasión de observar que la vida de los partidos, o, mejor dicho, el desarrollo de los individuos dentro de la organización de los partidos políticos, se regía por una reglas diferentes a las de las sociedades mercantiles o la Universidad. Si «El principio de incompetencia de Peter», del profesor Laurence J. Peter, pone el acento en la hegemonía de la mediocridad en las instituciones y grandes empresas, el profesor Lasuén se centra en la irresistible ascensión de los mediocres, y cómo suponen un freno y un lastre para el avance de las sociedades. Según el libro, los mediocres «son personas incompetentes, voluntariosas y conformistas, que rehuyen el esfuerzo y la verdad». De la lejana lectura del libro creo que colegí que el problema no es tanto la existencia de ciudadanos incompetentes –que son hegemónicos en cualquier sociedad– sino el voluntarismo, es decir el deseo de hacer cosas sin tener preparación para llevarlas a cabo. Una colectividad puede soportar a un puñado de aspirantes a ingenieros o a un grupo numeroso de amantes de la Arquitectura, pero lo terrible viene cuando, de la mano de la política, se les permite construir puentes y levantar edificios. El resultado ya sabemos cuál será: los puentes se caerán y los edificios se derrumbarán. Pero el profesor Lasuén va más allá del reconocimiento de la existencia de los mediocres, y atisba que la existencia del mediocratismo –una especie de secta sin órdenes y sin domicilio– vendría a ser la corriente política hegemónica desde la Primera Guerra Mundial.

Mi punto de vista es de menor ambición personal que la de mi admirado José Ramón Lasuén, y observa a los mediocres en todos los ámbitos de la sociedad, no sólo en el político.

En primer lugar habría que distinguir entre ciudadanos mediocres y ciudadanos corrientes y anónimos. Un ciudadano corriente es una persona que defiende valores, que vive con arreglo a ellos, y que jamás le ha quitado el sueño no ser importante ni en el trabajo, ni en la familia, ni en su círculo de amistades. Creo que mi padre me sirve de ejemplo, un hombre anónimo, nada ambicioso, exento de envidias, y que ejercía unos valores éticos que creo que yo no los he logrado alcanzar del todo. El mediocre, en cambio, es un individuo de escaso talento, pero no tan escaso como para no percatarse de que está instalado en el pelotón de los mediocres. Y eso le desasosiega, le incita a la envidia ante el triunfo de los demás, y le convierte en un ser aparentemente manso, halagador ante el poderoso, rayano en lo turiferario, y con suficientes habilidades para apropiarse de los méritos ajenos, si nadie se percata de ello.

El mediocre no es tan estúpido como para no saber emplear determinados trucos para medrar, incluso para ascender y, en cuanto alcanza ciertas cotas de poder, se rodea de una corte de mediocres mucho más señeros, es decir, más tontos, y aparta a cualquier persona que sospeche que tiene talento, y se mostrará cruel e inflexible con los subordinados, y adulador y lisonjero con los superiores.

No todos los mediocres alcanzan cotas de poder y la mayoría de ellos están diluidos, anónimos, sin que se les noten los enfados envidiosos ante cualquier leve triunfo de los demás, y sin que nadie perciba el rencor que van acumulando por lo que creen que es una injusticia que se comete con sus ambiciones, que siempre son inmensamente mayores que su talento.

Para que ese rencor explote necesita unas circunstancias excepcionales, donde su rencor pueda ejercerse sin llamar la atención, y, además, quede impune, porque el mediocre, no lo olvidemos, es un cobarde de manual. Una guerra civil, una revolución o pre-revolución, una algarada, cualquier anormalidad donde el mediocre se sienta fuerte.

Contaba el otro día Isabel Coixet que salió a pasear el perro y una persona le insultó. Se quedó estupefacta, porque ella no conocía de nada al insultador, pero el insultador sí que la había reconocido a ella, y le bastaba saber que era una catalana no secesionista y, lo peor, con talento, para proyectar su bilis de rencor. Ya decía Stendhal que «No existe nada que odien más los mediocres que la superioridad del talento, esta es en nuestros días la verdadera fuente del odio». ¡Nuestros días! Teniendo en cuenta que Stendhal vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX parece que se trata de algo del pasado, pero esos días son los mismos que en los años previos a la II Guerra Mundial permitió a los mediocres denunciar a familias judías y apropiarse de sus bienes; los mismos y exactos días que permitían a un portero del Madrid de 1936 denunciar a uno de los inquilinos del edificio por leer el ABC y lograr que lo fusilaran; o, en la otra zona, lo que permitía a un mediocre, enfundado en una camisa falangista, asesinar a su rival de toda la vida, bajo la terrible acusación de estar afiliado a un sindicato como UGT. Los mediocres están en todos los bandos. En esa Venezuela donde persiguen a personas honradas, y se satisfacen de que las metan en la cárcel o, hace no tanto, a escasos kilómetros de aquí, en los Balcanes, la gran oportunidad para que mediocres bosnios, serbios y croatas violaran a la vecina de toda la vida, asesinaran al jefe, o robaran y masacraran en nombre del nacionalismo.

Y, cuando un profesor de enseñanza, centra su odio en un alumno, hijo de un guardia civil y, delante de toda la clase, le acusa de que su padre poco menos que es un energúmeno, o una enfermera, con una excelente relación con su jefa médica, le suelta, de repente, «a ver cuando te vas a tu tierra», es que el mediocre comienza a sentirse seguro, impune, y puede proyectar su rencor sobre los demás.

Algunos ingenuos creen de buena fe que para eso está la verdad, pero ya nos advirtió Conan Doyle que cuando la verdad importuna, no le interesa a nadie. Hace poco hablé con una persona de la que tenía buenas referencias. Vive en Gerona, y claro, surgió el temible asunto nacionalista. Entonces me dejó estupefacto y me advirtió que estábamos mal informados en Madrid. Es decir, que ojeo una docena de periódicos editados en España, y dos o tres europeos, y alguno de Estados Unidos ¡casi todos los días! y estoy mucho peor informado que este nacionalista de provecho que vive en Gerona y seguramente se alimenta de TV3. Y Montserrat Caballé, Pau Gasol, Mercedes Milá, Mireia Belmonte, Dani Pedrosa, Albert Boadella o la mencionada Isabel Coixet, que se han recorrido el mundo y son conocidos en muchas partes de él, catalanes orgullosos de serlo, pero contrarios al separatismo ¿están muy mal informados? Algo mucho peor: tienen talento y eso es insoportable para los mediocres.

Y, entonces, comienzas a sentir miedo a que se junten y ataquen en manada.

Luis del Val, escritor.

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