El reñidero kosovar

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de Guerra en Kosova. Un estudio sobre la ingeniería del odio, 2001 (EL PAÍS, 20/07/07):

Al calor del plan Ahtisaari, que, como es sabido, se propone conceder una independencia tutelada a Kosovo, han reaparecido muchos de los tópicos que se manejaron, un decenio atrás, con respecto a la desintegración de Yugoslavia. Baste con recordar la letanía sobre los reconocimientos unilaterales alemanes o la sugerencia, comúnmente encubierta, de que las autoridades serbias sus razones tenían para encarar de manera vehemente unas u otras secesiones. Es llamativo que en ese magma de atropellos intelectuales pocos recuerden lo que ocurrió en Kosovo, a partir de 1989, merced a las políticas abrazadas por la Serbia de Milosevic: la autonomía fue abolida, se instauró una ley marcial saldada en palmarias violaciones de derechos y se desplegó un genuino régimen de apartheid contra la mayoría albanesa de la población. Antes de la reconversión bélica del conflicto, y durante ocho años, la respuesta albanokosovar consistió, por añadidura, en el aprestamiento de un movimiento de desobediencia civil no violenta.

No faltan los expertos que, con argumentos ponderados, sugieren que ese escenario de violaciones de derechos bien puede convertirse hoy en justificación mayor para el reconocimiento de un horizonte de autodeterminación en Kosovo. No nos engañemos, sin embargo, al respecto. Si, por un lado, el plan Ahtisaari no prevé en realidad una fórmula de autodeterminación -preconiza directamente la independencia-, por el otro lo razonable es huir de explicaciones conspiratorias y aducir que las potencias occidentales se disponen a reconocer un Kosovo independiente en virtud de un prosaico ejercicio de realpolitik: es más sencillo dar rienda suelta a las querencias de la mayoría albanesa de la población que atender a las demandas de la minoría serbia local. Y ello resulta ser así tanto más cuanto que se antoja impensable una reacción agresiva en Belgrado.

Es verdad, con todo, que el embrollo kosovar se ve hoy marcado por un problema de enjundia cual es el hecho de que la minoría serbia, y con ella otras, se ha visto privada desde 1999 de sus derechos más elementales. Semejante situación no es sino una secuela más del rotundo fracaso del protectorado que cobró cuerpo luego de una intervención, la de la OTAN, de la que debería ocuparse el Tribunal de La Haya. Ninguno de sus objetivos ha sido satisfecho: la democratización no ha progresado, la economía se halla estancada, las mafias se mueven a sus anchas y a duras penas ha germinado nada que merezca el nombre de sociedad civil, circunstancias todas que -parece- deberían aplazar la apertura de una discusión sobre el futuro del país. No está de más señalar, claro, que al amparo del protectorado han despuntado tramados intereses como los que se han revelado de la mano de la base norteamericana de Bondsteel, con su pequeño Guantánamo. Como no está de más agregar que las fuerzas albanokosovares, impregnadas de un irrefrenable maximalismo que ha marginado a quienes podían servir de puente entre comunidades -no les han ido a la zaga en ello sus homólogas serbias-, han aplazado para el día después de la independencia la resolución de los problemas más perentorios.

Si alguien se pregunta por las razones que invitan a resolver con prisa desmesurada el reñidero kosovar, y habida cuenta de que no parece que pueda invocarse al respecto el deseo acuciante de retirar soldados y funcionarios foráneos, habrá que volver los ojos hacia las demandas de los principales agentes en confrontación: si entre los partidos serbios impera la percepción de que el protectorado no es sino una lamentable antesala de la independencia, la mayoría de las fuerzas albanokosovares consideran que aquél se ha prolongado de manera injustificada. Por si poco fuera, y del lado de estas últimas, en la trastienda se barrunta la amenaza de declarar unilateralmente la mentada independencia en caso de que las negociaciones no lleguen a buen puerto.

Nada de lo dicho desmiente la importancia de lo que piensa la mayoría de los habitantes de Kosovo, que, a buen seguro, y de resultas de los avatares del decenio de 1990, defienden la secesión con respecto a Serbia en provecho de la creación de un Estado independiente (y no, por cierto, de una unificación con Albania). Conviene señalar al respecto la interesada liviandad de los argumentos esgrimidos por quienes se aferran al designio de negar cualquier horizonte de autodeterminación y secesión, como si el hecho de que Kosovo en el ordenamiento jurídico yugoslavo careciese de tales potestades cerrase toda discusión. Es verdad, eso sí, que las perspectivas que abre el plan Ahtisaari son delicadas de puertas afuera: un Kosovo independiente parece llamado a provocar movimientos en otros escenarios, y en singular, en la vecina República Serbia de Bosnia. Lo suyo es prestar atención, por lo demás, a la posición de Rusia: aunque aparentemente hostil a la independencia kosovar, Moscú podría sacar partido de esta última y reclamar la aplicación de fórmulas similares en el Transdniestr, en Abjazia y en Osetia del Sur. No es más edificante, aun así, la actitud de Estados Unidos, embaucado en el designio de hacer las cosas difíciles a terceros, y la de varios miembros de la Unión Europea que postulan una independencia tutelada en Kosovo mientras rechazan firmemente horizontes similares a la hora de encarar contenciosos internos.

Olvidemos ahora que la mayoría de las opiniones, serenas y respetables, hostiles al plan Ahtisaari invocan argumentos centrados en la estabilidad y en modo alguno se interesan por las presuntas querencias de las gentes, y recordemos que es legítimo que tales opiniones reclamen un rechazo frontal de un Kosovo independiente. Quienes así razonan deberán explicar a continuación, bien es verdad, qué futuro postulan para ese castigado país, no vaya a ser que las fórmulas alternativas que manejen sean aún más problemáticas que las que Ahtisaari ha colocado sobre la mesa.

En cualquier caso, sobran los motivos para rescatar una pregunta muchas veces formulada los últimos meses: por qué en Kosovo se habría de reconocer lo que en otros lugares se niega con firmeza. Al lector hay que recordarle, eso sí, que hay dos maneras de resolver el entuerto correspondiente: si la primera aconseja cortar por lo sano cualquier perspectiva de independencia para Kosovo, la segunda sugiere que no hay ningún mal en examinar los activos que se derivarían de extender a otros escenarios la fórmula kosovar.