El reparto del dolor

«El dolor vendrá después…». Esa era la sentenciosa frase con la que el Rey respondía al resumen de los ocho meses desconcertantes que ha vivido nuestro país y de los que el candidato socialista ha sido participe responsable. La expresión real es oportuna y ofrece la posibilidad de un análisis más pormenorizado.

Y es cierto, hay mucho dolor en la perspectiva de lo que se nos viene por delante. Si atendemos a los compromisos firmados por el ahora investido presidente, se puede situar en lugar preponderante el dolor de España producto del cambio de régimen que se nos anuncia entre las palabras escritas, las expresadas y los elocuentes silencios de éstos días.

La deriva del PSOE en sus concepciones en materia territorial tuvo sus hitos más importantes en la Declaración de Granada, de julio de 2013, en la que ya se enseñaba la patita de su giro ideológico con la afirmación de respeto «a las identidades diferenciadas dentro de España», y la redondeaba cuatro años después a través de un acuerdo con su socio catalán en el que señalaba la, por lo visto, necesaria «profunda reforma federal, que permita aunar un profundo autogobierno de las entidades territoriales con la unidad de España y el mejor reconocimiento de la realidad plurinacional de nuestro país».

Definir a España como «nación de naciones» supone aventurarse en un viaje que no tiene otro objetivo sino el de la de-construcción -¿destrucción?- de España tal y como la conocemos. Y, a propósito del debate de investidura en el Congreso de los Diputados y las alusiones a Azaña, convendría releer también las palabras del otro presidente que tuvo la Segunda Republica española, Alcalá Zamora, cuando era diputado de las Cortes de la Restauración. «La minoría regionalista o nacionalista se encarga de plantear el hecho de la nacionalidad catalana y deja al Parlamento la determinación de las fórmulas jurídicas. Pues si sentáis el hecho como axioma, vendrá el derecho como corolario (…), fijar el hecho es resolverlo todo»; diría don Niceto el14 de abril de 1916.

Un cambio de régimen que, seguramente, no supondrá una modificación constitucional: las fuerzas políticas del centro y la derecha no lo apoyarían y es dudoso que el cuerpo electoral secundara esa eventual renovación del sistema. Sin embargo, como ocurre con los edificios de algún valor cultural, la licencia urbanística que se concedan a sí mismos el presidente y sus asociados consistirá en mantener la fachada del inmueble vaciándolo por dentro con acuerdo a sus particulares designios confederales. Confederales, sí, porque la extensión del instrumento bilateral, al menos, a las actuales comunidades autónomas de Cataluña y Euskadi -mañana naciones- supondrá, lisa y llanamente, aterrizar en esta forma de organización -desmontaje, más bien- del Estado.

Este dolor de España será también, sin duda, el dolor del Rey, cuyo discurso de 3 de octubre de 2017 ha quedado no sólo al descubierto, sino literalmente vapuleado por el acuerdo de gobierno. Y si alguna razón pudiera tener Pablo Iglesias al advertir que la figura del Rey no debería formar parte del patrimonio de unos pocos, convendría que ellos -el PSOE, Podemos y los independentistas- mantuvieran al menos el respeto institucional a su persona. Los episodios del alejamiento de Su Majestad del territorio nacional por el gobierno en funciones, sólo un día después de las elecciones, en un viaje a Cuba y de la pretensión de realizar el mismo gesto con otro a la toma de posesión del presidente de Argentina -desactivado desde la Zarzuela- no evidencian precisamente esa necesaria consideración constitucional.

Y como no hay dos sin tres, además del dolor de España y del dolor del Rey, habrá que referirse al dolor que este gobierno producirá en la clase media española. No en vano, los incrementos de impuestos anunciados es difícil que puedan cobrarse en los predios de los contribuyentes más acaudalados de nuestra sociedad, por definición bastante preparados para defender sus patrimonios de la voracidad hacendística. La clase media, y muy en especial las pyme, responsables de la mayor proporción de empleo en España, se verá muy singularmente afectada. Habrá también dolor por la destrucción de empleo que provocará la previsible reforma laboral, en el sentido más incorrecto probable de la misma. A ello habrá que añadir la pérdida de puestos de trabajo, producto de un acelerado incremento del salario mínimo y de las anunciadas políticas económicas.

Pero el dolor no se repartirá por igual, ni su curación tampoco. Los adversos efectos políticos y económicos de este presumible mal gobierno no dispondrán de las mismas recetas curativas. Contra estos últimos -los económicos- operará la farmacopea de la Unión Europea y de su Comisión, a través de los diferentes procedimientos establecidos para las países de la zona euro. No ocurrirá lo mismo con nuestros dolores políticos que se refieren al ámbito interno de España y cuya aplicación la UE no intentará siquiera disuadir.

Hay otros dolores políticos adicionales que no me resisto a evocar, es el primero el dolor del centro. Y es que un centro político sólo es posible a condición de que existan a su lado una derecha y una izquierda con los que le sea factible el pacto. El PP, ya se ha visto, es un partido que, con todos sus errores políticos a cuestas -y son muchos y bastantes de ellos nos han traído a la situación actual- es un partido con el que se puede acordar. No ocurre lo mismo con el partido de Sánchez, ultramontano con los que antes se echaron al monte del separatismo, del comunismo y del republicanismo. Ciudadanos tiene con este gobierno la dificultad de consolidar una opción de centro desde la doble adversidad de sus malos resultados electorales y de la ausencia en el mapa político de un partido socialdemócrata responsable. La necesidad indudable de un proyecto como el que de facto ya lidera Inés Arrimadas se verá confrontada por el vértigo parlamentario de la política de bloques que ya presagiaba el reciente debate de investidura.

Y dolor finalmente, ¡ay!, en el PSOE, el que conocimos un día y que servía como un instrumento vertebrados en la España que nació en 1978. ¿Habrá alguien que ofrezca una cura a ese padecimiento?

Fernando Maura es escritor y político.

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