El repertorio

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 22/07/04).

En una de las primeras comparecencias ante la comisión parlamentaria encargada de investigar sobre el 11-M, un diputado socialista planteó una pregunta acerca de la premura con que los servicios de información habían descartado la presencia de un terrorista suicida. Es posible que tal preocupación fuera acertada desde un punto de vista técnico. No lo era tanto si incorporaba la creencia de que necesariamente un acto de terrorismo islámico obligaba al suicidio de todos o de alguno de los creyentes que lo practicaron. Más bien sucede todo lo contrario. La importancia simbólica de esa generosidad ante la muerte se halla subordinada a la finalidad que persigue el movimiento. En ese sentido cabría interpretar los hadices o sentencias de Mahoma donde el muyaidín expresa su deseo de morir y renacer para seguir luchando en la senda de Alá. Los terroristas del 11-M no querían dejarse la piel por razones simbólicas en el atentado. Su intención era sobrevivir para volver a matar. Otra cosa es que, puestos a morir, como en Leganés, desarrollasen una puesta en escena destinada a magnificar en el plano simbólico su comportamiento mortífero.

El episodio desvela uno de los rasgos con excesiva frecuencia olvidados del islamismo radical: bajo la apariencia idealista se encuentran una aceptación plena del principio de realidad en cuanto a las relaciones de poder. Ello se concreta en la convergencia entre una mentalidad religiosa, llevada a sus últimas consecuencias por lo que toca a la relación entre el creyente y la muerte, y la discreta entrada en escena de una concepción mercantil de las relaciones humanas. No cabe olvidar que Mahoma fue jefe de caravanas antes de ser profeta, y que ese mundo estaba presidido por un realismo descarnado, propio de quienes practicaban al cincuenta por ciento el comercio y la guerra. El doble propósito de obtener beneficios, tanto a partir de la venta de los productos transportados como de la depredación de otras caravanas más débiles, exigía una regulación de la violencia, de manera que esa depredación no diera lugar a una lucha a muerte, así como la dosificación de su empleo, con el fin de maximizar el rendimiento de los recursos disponibles, en bienes, en hombres y en armas. Eran cuidados los más pequeños detalles, tales como el empleo de yeguas y no de caballos para los ataques por sorpresa, dado que las hembras no relinchaban, y el relincho era un anuncio de la aparición de los atacantes. La propia exigencia de la yihad se ve encajada en un esquema de intercambios: el combate en la senda de Alá es un deber, pero también una inversión. La divinidad ofrece a cambio de la vida del combatiente una ganancia concreta en este mundo, la participación perfectamente regulada en el botín, así como la salvación futura, recompensa que adquiere rasgos de exaltación en el caso de una muerte en el campo de batalla. La presencia escondida de un sistema de valores mercantilista es llevada a los últimos extremos: al mártir por la fe le es perdonado todo cuanto de malo hubiera hecho, salvo no pagar sus deudas. El comportamiento puntilloso de los comandos del 11-S en ese terreno, pagando hasta la más pequeña deuda en vísperas de los vuelos trágicos, confirma la importancia del tema económico en un pensamiento aparentemente consagrado de modo exclusivo al servicio de la divinidad.

Lo puso de relieve el islamólogo británico John Wansbrough al comentar la primera batalla (victoriosa) del Profeta armado en Badr: la yihad no era sino la sacralización de la razzia tradicional, esto es, el asalto en gran escala a una caravana, adversaria en este caso por motivos religiosos y de poder político. Patricia Crone advierte en el mismo sentido que la aceptación del liderazgo profético en Medina tiene más que ver con las expectativas favorables de un poder militar conseguido con la ayuda de Dios que con cuestiones sobrenaturales. Más adelante, la siempre citada muestra de generosidad y de tolerancia hacia las comunidades de “gentes del libro” en territorio conquistado tiene asimismo una base económica: privados de todo poder, los protegidos o dhimmíes proporcionarán con su gravamen específico la capitación, el soporte financiero del Estado califal. En una palabra, una lógica estrictamente protocapitalista inspira los fundamentos mismos de la expansión bélica del islam. Tanto ésta como las formas de conflicto que la hacen posible se encuentran regidas por un riguroso espíritu de cálculo.

De ahí la facilidad con que los esquemas de comportamiento adoptados en la fase inicial del islam se adaptan a las necesidades operativas del integrismo militante de nuestros días. Ello no significa que éste haya ingresado en la modernidad, salvo en el orden de las técnicas: sus propósitos consisten con plena sinceridad en forzar por las armas un regreso a los felices tiempos de la edad de oro originaria, la era de los “piadosos antepasados”. Tal es la esencia del salafismo. Ahora bien, al volver la mirada hacia el pasado, y en la medida que los textos doctrinales de entonces, el Corán, los hadices o sentencias, la sira o vida del Profeta, el integrista no sólo tropieza con la sharía y sus mandatos, sino con una lógica de la acción y un repertorio de comportamientos en ella inspirados, de ejemplaridad diáfana y perfectamente aplicables a la confrontación de hoy con el Occidente capitalista en el marco de la globalización. Empeño este último que sólo puede ser abordado en nuestro mundo por el islam, por cuanto es el único sujeto histórico que coincide con el capitalismo en su pretensión de dominio mundial y dispone de una implantación masiva y diversificada a la misma escala.

La importancia del repertorio resulta evidente. Llamamos repertorio al conjunto de modos de actuación que encuentra disponibles ante sí un determinado sujeto a la hora de emprender su acción. Con el tiempo y las circunstancias, así como siguiendo los planteamientos doctrinales, varían los componentes. Así, el secuestro de aviones aparece en un momento dado y luego deja de ser practicable ante el incremento de las medidas de seguridad. Otro tanto sucedió, en un campo diferente, con la huelga revolucionaria, y tiempo atrás, con la insurrección de barricadas. Fue el éxito de Hezbolláh en Líbano lo que propició la plaga de hombres bomba, que se mantiene vigente hasta el presente. Los aspectos técnicos también cuentan: la mayor estabilidad de los explosivos está en el origen de su condición de instrumento principal para el terrorismo de las últimas décadas. Paralelamente, las referencias doctrinales del grupo legitiman o desautorizan este o aquel componente del repertorio. Una matanza de civiles es perfectamente aceptable para un terrorista islámico, si esos civiles son infieles, y aunque tales hechos se hayan cometido más de una vez al amparo suyo, no sucede lo mismo para una conciencia cristiana. A su vez, las pautas de comportamiento fijadas en la Biblia para el trato a dar a los enemigos del ‘pueblo elegido’ legitiman una acción sanguinaria de represalias, del tipo de la llevada a cabo por Sharon. En cambio, si bien tanto para el judaísmo como para el cristianismo son juzgadas positivamente las conductas que implican aceptar la pérdida de la propia vida por la patria o por la religión, se da una cierta repugnancia a asumir la condición del mártir tipo shahid en la yihad. Faltan el estímulo económico y la exaltación del suicida por la propia causa. En la definición de las estrategias y de las tácticas del actual islam integrista, el repertorio elaborado en los orígenes desempeña un papel esencial. Nos referimos, claro es, a la fase guerrera, cuando la razzia o ghazwa de la lucha entre caravanas se convierte en yihad. Poco tiene que ver esta mezcla de lo religioso y de lo económico-militar con la fase precedente del Mahoma predicador vehemente que elabora un planteamiento teológico apoyándose en las construcciones precedentes del Pentateuco judío, muy posiblemente a través de la secta de los samaritanos. En cualquier caso, en los años de definición teológica en La Meca estamos ante una predicación terminante, intensa, pero sin aires de violencia. Es el asidero al que es preciso aferrarse para mantener un islam, sí; terrorismo islámico, no. El repertorio de la violencia islámica procede en su integridad de la guerra emprendida por el Profeta desde Medina contra sus adversarios ‘paganos’ de La Meca. A partir de ese momento la violencia no sólo es legítima, sino exigencia ineludible para el triunfo de la fe.Tal vez el más importante legado para la empresa anti-occidental de hoy consista en el propio planteamiento estratégico, aspecto en el cual Bin Laden se muestra como un fiel y lúcido discípulo de su maestro. La beligerancia puesta en práctica desde Medina contra los mequíes, amén del aspecto táctico, directamente inspirado en las razzias de las caravanas, nada tiene que ver con una empresa de conquista. Mahoma es consciente de que sus recursos iniciales le impiden vencer mediante una sucesión de batallas abiertas; lo mismo que sucederá a Al Qaeda hoy. La primera, la victoriosa de Badr, es en realidad el desenlace involuntario de una razzia en gran escala y juega con la sorpresa de una iniciación masiva de las hostilidades contra un enemigo entregado ante todo al transporte comercial. En la sucesiva confrontación abierta, en Uhud, los musulmanes pierden, y deben luego su salvación al fracaso de los enemigos mequíes a la hora de conquistar Medina. Entre esos grandes momentos, Mahoma desarrolla una eficaz labor de propaganda y desgaste, logrando por una parte conseguir una suma creciente de aliados entre las tribus árabes, y sobre todo, sembrar en los enemigos un sentimiento de radical inseguridad. Literalmente, los golpes puntuales dados por los seguidores del Profeta no les dejan vivir. La paciencia, la atención al acopio de recursos propios y a la destrucción de los adversos, la sucesión de ataques aquí y allá en condiciones de superioridad, acaban produciendo la desmoralización de los mequíes y provocando su rendición, falso pacto mediante. Un estricto antecedente de lo que hoy persigue el entramado de Bin Laden. Resulta curioso que los politólogos americanos al servicio de su Gobierno, tan atentos al estudio de modelos de imperio hasta un pasado remoto, no reparasen en la formación de una alternativa a su poder de antecedentes tan definidos. En cuanto a la articulación de tácticas diversas, vistas siempre como instrumentos de poder, y nunca de signo moral o propiamente religioso, aunque Alá las presida, los relatos contenidos en los hadices y en biografías clásicas, como la de Ibn Hisham, muestran cómo procedimientos y criterios diversos en apariencia responden a un enfoque de suma coherencia: el pacto cuando no existe superioridad o el otro reconoce su subordinación; el empleo de una violencia implacable para destruir adversarios menores o deshacer el círculo de aliados de los mequíes; la propaganda por la represalia, cuando se acaba con un enemigo concreto y se aspira a sembrar el terror y la intimidación; la medición de los tiempos de preparación y de ataque; la eliminación uno a uno de los adversarios. Claro que fueron los propios mequíes, con su intransigencia inicial y con sus errores en cadena, los primeros en propiciar la victoria final de los creyentes. Una lección también para el presente. De otro modo permaneceremos en el limbo en que se situaron los organizadores del Parlamento de las Religiones en Barcelona, al iniciar su presentación musical con el spiritual de Josué dando vueltas a los muros de Jericó, olvidando que tras la caída de los mismos procedió, por orden de Yavé, a ejecutar a todos los seres vivientes de la ciudad, desde los hombres hasta los animales domésticos. No son tiempos para ignorar unas realidades demasiado peligrosas. Por desgracia, las religiones no se componen sólo de amor, y cuando se piensa en su lamentable enseñanza obligatoria -en vez de explicar el hecho religioso- conviene tenerlo en cuenta.