El respeto a la palabra

Por Ricardo Lagos es ex presidente de Chile, presidente del Club de Madrid (EL PA√ćS, 03/12/07):

Hay que asumirlo. Como pocas veces, la pol√≠tica en el continente latinoamericano est√° siendo afectada por un torbellino de palabras. Parece que se nos hubiera olvidado contar hasta diez y resuenan las altisonancias por encima de las fronteras. Estamos perdiendo, precisamente, la oportunidad de comunicarnos con las certezas que nos otorga un idioma com√ļn.

El lenguaje ha sido un elemento fundacional de muchas asociaciones regionales en nuestro planeta. A lo largo de la historia, la lengua -esa condición central en el entendimiento entre los seres humanos-, ha sido un elemento de cohesión y de construcción de espacios con identidad. En cierta forma, es lo que ha buscado la Commonwealth Británica o la Francofonía, como lo demostró su reciente reunión en Laos.

Y entre nosotros las lenguas espa√Īola y lusitana han dado origen a un espacio cultural de una profundidad innegable. En el mundo no existe una cantidad de pa√≠ses que compartan historia, s√≠mbolos, ideas, literatura, canciones y tambi√©n esperanzas, como ocurre en el hoy llamado espacio iberoamericano. Por eso se ech√≥ a andar la Comunidad Iberoamericana, donde los de aqu√≠ podemos ser un poco m√°s fuertes por tener una conexi√≥n a Europa desde los fundamentos comunes con la pen√≠nsula Ib√©rica, como tambi√©n Espa√Īa y Portugal pueden hablar con voz m√°s potente en el reordenamiento internacional por su ligaz√≥n natural con la Am√©rica Latina. En un mundo global el lenguaje com√ļn se convierte en un patrimonio a cuidar.

En democracia, desde la polis griega, es el verbo lo esencial. El di√°logo entre opiniones diversas otorga la legitimidad a la decisi√≥n final, m√°s a√ļn si las razones entregadas no van impregnadas del af√°n de vencer, sino de convencer. Ning√ļn dem√≥crata puede tenerle miedo a las diferencias y al debate. La confrontaci√≥n de ideas enriquece, pero el primer requisito para procesar nuestras diferencias es el respeto que nos debemos todos, los unos a los otros, y este respeto se expresa a trav√©s de la forma como somos capaces de dialogar.

Si este respeto es determinante en la vida pol√≠tica del interior de una naci√≥n, con mayor raz√≥n el respeto y la pr√°ctica del di√°logo cabe esperarlos entre representantes de pa√≠ses diversos, cuando √©stos concurren voluntariamente a un debate com√ļn. Claro, un l√≠der puede sacarse el zapato y golpear su pupitre cuando otro habla, como una vez ocurri√≥ en Naciones Unidas. Pero no son las maneras ni los ritos t√°citamente acordados. Y cuando ellos se rompen, generan situaciones como las registradas en la √ļltima Cumbre Iberoamericana. Fue precisamente el no respeto al sentido de las palabras lo que produjo un gran da√Īo al logro pol√≠tico alcanzado. En la v√≠spera, como resultado del di√°logo se hab√≠a aprobado un important√≠simo consenso en torno al tema de la cohesi√≥n de nuestras sociedades, pero √©ste fue opacado como resultado de la sinraz√≥n subyacente en el no respeto b√°sico del di√°logo.

Es lamentable porque los resultados de la Cumbre fueron importantes. Podemos tener distintas opiniones entre nuestros gobiernos sobre cómo se logra la cohesión social: se dirá que es más fácil hacerla en unas condiciones que en otras; habrá quienes argumenten la urgencia de crecer primero para después discutir cómo distribuimos el propósito de ese crecimiento; pero también se querrá que no sean sólo las leyes del mercado las determinantes en el devenir de nuestras sociedades; como también se dirá que para crecer es necesario primero invertir y para invertir se requieren reglas claras, bien definidas, un Estado de derecho, entre otras condiciones. Puede haber opiniones discrepantes sobre estos temas, pero eso no significa negarnos al diálogo con el respeto que cada uno de los participantes se merece.

En una Cumbre como ésta cada uno representa a su sociedad, a su país, a su sistema democrático y de gobierno, al de él y al de los antecesores. Y por lo tanto hay que ser extremadamente cuidadoso y a ratos nos olvidamos de ello. Un olvido capaz de sembrar situaciones tan complejas y difíciles como las vividas al final de esa cita. Si no respetamos las palabras, las palabras dejan de tener sentido y cuando ello ocurre se está a un paso de la violencia.

No hace mucho, Saramago lo dijo con mucha sabidur√≠a. "Hoy existe una especie de desprecio por esa cosa tan sencilla que antes era hablar con propiedad. Cuando yo era obrero, siempre ten√≠a las herramientas limpias y en buen estado. No conozco una herramienta m√°s rica y capaz que la lengua. Y esto no significa que hay que ser elegante en la dicci√≥n. Hablar bien es una se√Īal de pensar bien".

Es lamentable que algo tan elemental se olvide. M√°s a√ļn cuando algunos asumen los medios de comunicaci√≥n como la forma de relacionarse entre los Estados. Una ret√≥rica pol√≠tica hecha desde los medios y para los medios. Con el mayor respeto para √©stos, la diplomacia requiere de di√°logo discreto y a ratos ese di√°logo debe ser reservado para que fructifique. Ello si buscamos ser capaces de convencer y no vencer. Se vence normalmente con la fuerza, se convence normalmente con las palabras y la raz√≥n.

Detrás de todo ello también está la sabiduría de saber escuchar. Como muy bien lo dijo Bolívar, "el que manda debe oír aunque sean las más duras verdades y, después de oídas, debe aprovecharse de ellas para corregir los males". Ahí está la clave del desarrollo del ser humano a lo largo de su historia. Aprendamos del pasado. Es hora de poner atención en el respeto de las palabras, las propias y las del otro.

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