El respeto empieza en casa

Por Vicente Carrión Arregui, profesor de Filosofía (EL CORREO DIGITAL, 16/07/07):

No sé si es ingenuidad o cinismo lo que alimenta las polémicas mediáticas sobre las carencias de nuestro sistema educativo. Las constantes reformas legales, la Educación para la Ciudadanía o la recuperación del ‘usted’ no servirán de nada si olvidamos que la escuela es un microcosmos que permeabiliza lo mejor y lo peor de nuestra sociedad a través de cada alumno. Reflexionar sobre la educación no es, por tanto, sino considerar qué estamos haciendo con nuestros propios hijos, qué hábitos de conducta llevan al cole en sus mochilones, qué ilusión por aprender y crecer se les adivina en el gesto con el que entran en clase.

Por eso, defender la educación pública más allá de las consignas partidistas es apreciar las ventajas de que cada aula escolar reproduzca en miniatura la variedad humana que estructura nuestra sociedad. El niño conoce las diferencias de clase, nivel cultural, costumbres y demás desde pequeño y aprende a valorar, distinguir y utilizar las relaciones sociales que facilitarán su integración en la vida adulta. El profesor es el director de orquesta que armoniza las diferencias individuales en torno a una mayoría, el grupo, que se convierte en el referente que se enriquece con las peculiaridades individuales, sí, pero que fuerza a los individuos a marcar un ritmo común hecho de hábitos, esfuerzos y rutinas que nadie cuestiona sin permiso de su batuta dominante.

Semejante modelo educativo está en crisis por infinidad de motivos, pero apuntaré primeramente tres factores que, en mi opinión, están machacando la escuela pública. La segregación lingüística que pretende utilizar la enseñanza para perpetuar la mística nacionalista ha hecho del euskera un filtro reductor de la diversidad social. La concertación de la enseñanza privada ha permitido a las clases más pudientes sortear tales imposiciones lingüísticas y, en último término, la creciente inmigración ha visto tan cerradas las puertas de los centros euskaldunes como las de los colegios religiosos, con lo que muchos centros de la red pública se están convirtiendo en todo lo contrario del microcosmos social que la educación pública un día fue: en un reducto para los que no pueden aspirar a nada mejor, un espacio híbrido entre la educación y la beneficencia en donde hay alumnos que desafinan tanto que, a veces, hasta consiguen que el profesorado les dedique más atención que al conjunto de la orquesta.

Pero no quiero extenderme en lo ya obvio. De ahí mi alusión al presunto cinismo de quienes dicen alarmarse por el temario de una u otra asignatura. Hasta que no incidamos de raíz en la causa de estos problemas, derogando el Concordato con la Santa Sede, soporte de la prepotencia eclesiástica, condicionando la concertación de la enseñanza privada al respeto de las ratios y matriculaciones que decidan las autoridades educativas, y reconsiderando si la recuperación del euskera merece ser el objetivo número uno de la enseñanza pública, no veo horizonte alguno de mejora en el sistema educativo. Es más, aunque se tomaran tales medidas, seguiríamos encontrándonos ante una realidad tozuda: las relaciones que los alumnos establecen con los profesores y entre sí están mucho más determinadas por sus relaciones familiares que por las leyes educativas. Por ello prefiero centrar estas líneas en cuestionar algunas pautas educativas en boga.

Doy por hecho que todos queremos muchísimo a nuestros hijos pero, como se manifiesta en estos días en que ya están de vacaciones, también doy por hecho que para la mayoría de los padres los niños son un engorro. Sería estupendo si estuviéramos con los niños la cuarta parte del tiempo que dedicamos a programar cómo quitárnoslos de encima. Y como pasamos tan poco tiempo con ellos, no es cuestión de estropear esos breves ratos con broncas, deberes y prohibiciones. De ahí deriva que asociemos querer mucho a nuestros niños con ser complacientes con ellos, y que llamemos libertad a dejar que pasen todo el día a su bola permitiéndonos atender nuestros asuntos mientras les echamos muchísimo de menos. Luego aparentamos sorpresa cuando nos enteramos de las barrabasadas que hacen a nuestras espaldas.

Falta mucha presencia familiar, y no digamos paterna. En unos casos se intenta paliar con sobreabundancia material, con lo que criamos seres comodones y caprichosos que lo desvalorizan todo porque, como en Internet, la posibilidad de tener todo se parece mucho a no tener nada. En el ámbito humano, alucinan cuando un profesor, ese desconocido, pretende que hagan lo que sus padres nunca lograron. En otros casos, a las carencias afectivas se suman las materiales, fuente también de resentimientos, envidias y poca autoestima en este mundo tan materialista. Dejadez física y emocional que está en la base del déficit de concentración, de la falta de límites y de la necesidad de llamar la atención que caracteriza a los alumnos de conductas problemáticas, esos que no descansan hasta sacar de quicio al profesor.

Con un perfil o con otro – y si la Administración no se ocupa de impedir su diversidad en el aula-, el profesor tiene que hacer equilibrismos para sortear las dificultades individuales creando un referente de grupo en el que todos, o la inmensa mayoría, puedan sentirse incluidos. Son normas, hábitos, reglas de juego de entre las cuales destacaría una, la de levantar la mano para pedir la palabra, como ejemplo de lo que veo en retroceso. Por definición todos los niños son egocéntricos. pero habrá diferencias según si se han criado con más hermanos o si se les ha educado creyendo que puedan interrumpir a los demás cuando quieran. Ahora mismo, mucho más importante que la recuperación del ‘usted’ me resulta recuperar el viejo hábito del dedo levantado, por lo que supone de reconocimiento al grupo, al orden de las intervenciones y a la autoridad del profesor para gestionarlas. Tengo la sensación de que el conocimiento abstracto cada vez está más infravalorado; lo general y lo común, devaluado ante lo particular y lo concreto. Cuando el profesor da una explicación para todos, hay cada vez más alumnos que desconectan. Parecen no reconocerse en una instrucción general, como si exigieran una explicación particularizada como punto de partida mínimo para empezar a escuchar. Desconocen la dimensión de ‘la mayoría’ del grupo, la que habla desde la pizarra, el discurso común que evita al profesor multiplicar por veinticinco cada explicación, cada toque ante el incumplimiento de los métodos de estudio que, tan disculpables en lo individual, imposibilitan el clima de trabajo cuando se generalizan.

Pequeñeces así, como no disculpar los retrasos, las distracciones, el parloteo, el descuido hacia los materiales de estudio, etcétera, son las condiciones de posibilidad del aprendizaje porque crean el clima de interés, concentración, encuentro y curiosidad intelectual que permite a alumnos y profesores saborear la satisfacción de haber aprovechado el tiempo, de haber aprendido algo y de haber abierto el apetito para seguir haciéndolo. Detalles como el que se practica en las escuelas Waldorf -¿lástima que la concertación se agote en los centros privados convencionales!-, donde el profesor recibe cada mañana al alumno en la puerta de clase mirándole bien y dándole los buenos días, o como los que se cultivan en cada vez más escuelas rurales, en donde la relación con la huerta, la tierra y los ciclos estacionales no es meramente teórica, nos hablan de un respeto que ha de cultivarse en todas las direcciones y no sólo hacia el profesor.

Cuestiones todas ellas que suponen un gran esfuerzo, titánico cuando tales hábitos de trabajo, orden y colaboración no se inculcan fuera del recinto escolar. Fomentar la creatividad, la espontaneidad y el disfrute del alumno es imprescindible y muy valioso pero, en la dilatada resaca del nacional-catolicismo, ha brotado demasiada ñoñería pedagógica que ha hecho creer a muchos alumnos y a bastantes padres que lo más importante de la escuela es pasarlo bien, disfrutar e ir a gusto. No digo que eso esté mal pero parece habérsenos olvidado que el disfrute más sabroso es el que procede de la voluntad consumada, del esfuerzo sostenido y de la dificultad superada. A la hora de cavilar acerca de qué tipo de respeto se está perdiendo en las aulas, yo no diría que se haya perdido el respeto al profesor ni al alumno, yo diría que se está perdiendo el respeto al grupo, a la mayoría de chavales empeñados en una tarea común, diría que se está perdiendo respeto al aprendizaje mismo y a sus condiciones de posibilidad. Y es una pena porque el ser humano viene al mundo programado para aprender, para intentar saciar esa curiosidad que le constituye hasta que entre unos y otros vamos minándosela.