El resto cristiano

La vocación es como una urgencia que surge desde el interior. Dice San Pablo: «Cada cual camine conforme le ha asignado en suerte el Señor, como le ha llamado Dios... ¿Que fue uno llamado como circunciso? No rehaga su prepucio. ¿Qué fue llamado como incircunciso? No se circuncide». En otro lugar dice: «Que cada uno siga en su vida cotidiana como el día en que fue llamado». El hombre nuevo usa de su vieja vocación, de su profesión, de su oficio, que no es sustituido por otro, sino que lo usará para cumplir con la llamada de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», que hace inoperantes las diferencias sin eliminarlas ni hacer un único último. Esta amistad es el principio fundamental del actuar, del amor, del relacionarse con los otros, del que la vive. Es una ocupación que solo en lo esencial toca y transforma la vida cotidiana y causa su éxito, aunque no tenga efectos contables.

Para el cristiano es indiferente la condición y situación social y humana en que se encuentre porque el cristiano está libre de toda atadura, solo es servidor de Dios y su Cristo. Las relaciones con respecto al mundo, la profesión y lo que cada uno es no determinan en modo alguno la facticidad del cristiano. El universalismo cristiano es un principio superior a todas las divisiones. A mucha gente le cuesta creer esto porque su dios es un dios de partido, un dios de derechas o de centro, pero Dios no tiene partido. «El mundo ve a la gente como elementos de derechas y de izquierdas. El Espíritu nos ve del Padre y de Jesús», dice el Papa Francisco. Lo cristiano de los cristianos es algo que supera por sí mismo todas las diferencias, que escinde la partición binaria judío/no-judío, progresista/conservador.

La relación personal con Jesús permite vivir la vida de muy diferentes maneras: quien fue llamado siendo del PP, del PSOE, de Podemos, de Vox siga siendo lo que era pero en cristiano, según dicta la exigencia del amor y la entrega a los demás. Ser cristiano puede vivirse dentro de cualquiera de esas circunstancias vitales. Cualquier oficio, cualquier ideología, cualquier manera de pensar, que adhiera a la persona de Jesús, transforma y cambia íntimamente la condición humana al ponerla en relación con una persona. La relación con Jesús es una ayuda en la vida, en la que cada paso es un riesgo sin experiencia, en este mundo en que todo sufre una invisible pero incesante transformación y todo sucede como en entretanto y provisionalmente. Ser cristiano implica la imposibilidad de coincidir consigo mismo y la imposibilidad de que las divisiones sean exhaustivas. La esencia del ser cristiano es un excedente de la parte respecto al todo y del todo respecto a la parte.

Las Bienaventuranzas, de manera paradójica y sobrecogedora, invierten los valores normales de un mundo en el que los hombres y mujeres quiere triunfar y disfrutar por la riqueza, la saciedad y las satisfacciones de tipo posesivo; nos sitúan ante la enseñanza originaria de Jesús, que no puede entenderse de forma aislada. Estas bienaventuranzas de los pobres (los que tienen hambre y lloran), con la lamentación sobre los ricos, constituyen el centro y clave de su enseñanza y tarea mesiánica, centrada en el descubrimiento del valor más hondo de la vida, desde la misma pobreza y sufrimiento de los más pequeños. Cristo, el más pobre de todos, el que pasa mayor riesgo, pues no guarda nada para sí, sino que lo regalo todo, de manea que, al decir «bienaventurados los pobres», se está retratando a sí mismo, como el Pobre por excelencia, siendo así bienaventurado, como fundamento y sentido de todo lo que existe.

«¿A qué se debe la alegría, el equilibrio y la bondad de este pobre diablo que, al menos aparentemente, no y tiene más que problemas?», se pregunta mucha gente. A algo que no se ve, que no tiene un fin práctico, dice él. A su profunda comunicación con Jesús, dicen los que le conocen. La diferencia entre un cristiano y alguien que no lo es no está en ver cosas diferentes en los mismos hechos sino en el significado que le puedan dar al mismo acontecimiento, en la intención adherente, en el sistema acoplado a cada suceso. La sociedad de nuestros días está anclada en principios interinos, movibles, que convierten la vida en algo líquido, que valora las cosas por sus efectos y resultados contantes y sonantes, no por el bien que puedan hacer a las personas. La vida es como una bola de billar que pasa haciendo carambolas que pueden alterar y hacer desear el final de todo, pero una profunda relación con Jesús puede ayudar a sobreponerse a todas ellas y tirar adelante.

Ser cristiano es la asunción de las mismas condiciones fácticas jurídicas en las cuales se es llamado. Lo que hacía de alguien un judío, un esclavo, un libre, un socialista, un conservador, un de izquierdas, de derechas; ese algo que los hace diferentes, sigue siendo lo que es, pero queda superado por la vocación. A veces el otro es opaco para el yo, como el yo para el otro y solo detecto al otro en forma de agujero negro, como un antagonista fundamental, como un problema que no sé cómo abordar. Lo mismo que puede pasarse a él conmigo. Peor y más difícil es aun cuando la persona se ve a sí misma como algo inaccesible. Toda la discordia y todo causa de distanciamiento entre los cristianos proceden de que cada concesión busca lo común en ellos mismos. Si buscaran en el Evangelio verían que las raíces son las mismas y que están unas de otras más cerca de lo que piensan. Hay muchos cristianos, de una u otra confesión, que confunden la parte con el todo y hacen imposible, no solo la unidad sino cualquier tipo de conversación porque rellenan cada palabra de contenidos ideológicos en vez de esencia evangélica.

Todos los creyentes forman un cuerpo, el cuerpo tiene muchos miembros y cada miembro tiene una función. Cristo es quien une a todos por encima de todas las divisiones, profesiones, identidades y a uno mismo por encima de todas sus contradicciones. Ser cristiano es vivir en una profunda y amistosa relación con Cristo. Cristo es la unidad de los cristianos, los cristianos muestran las diversidades de Cristo. La unidad de Cristo no destruye la diversidad humana. La unidad del cuerpo guarda las diferencias inconfundibles entre sus miembros. Las aversiones entre pueblos vecinos, más aun si forman parte del mismo, no son más que aversión a si mismos, que brotan de los oscuros meandros de las propias contradicciones y se fijan en una víctima apropiada. Las formas de vida de los hombres no se pueden cruzar en un laboratorio, sustituyendo la tradición artesanal por la inteligencia de la fábrica, para lograr una especie de vida sintética igual para todos. Solo teniendo en cuenta las diferencias entre las diferentes Iglesias, los diferentes credos, las diferentes interpretaciones, los diferentes ritos, se puede barruntar la riqueza del Evangelio, la Buena Nueva.

Muchos no creyentes aportan poesía pura y hablan de la grandeza humana de Jesús, grandeza que a veces los creyentes olvidan. A lo largo de la historia, desde su encarnación, siempre se ha especulado al alza o a la baja con su persona en el nombre del poder de las ideas. A pesar de que para la sociedad líquida lo que de verdad cuenta son los resultados medibles, nunca se escribió ni estudio tanto la persona de Jesús ni la de san Francisco, entre otras muchas personas que entregaron su vida a los demás, como en los últimos tiempos.

A Jesús lo mataron porque criticaba la cerrazón sobre sí mismos de los sacerdotes y jefes de la religión y porque el estado de cosas estaba desgastado y los discursos del sanedrín y en las sinagogas eran enmohecidos, propios de perfectos administradores, sin nada más allá de una Torá impresa en unas cuantas leyes exteriores que ni dieran unidad interior a la religión ni produjeran inquietud propia de las ideas altruistas, y porque los sacerdotes se habían olvidado de que el hombre es un agente, operante y viviente, no sólo narrador de su vida. Las mismas razones por las que Francisco se encuentra en la actualidad con la oposición de ciertos grupos dentro de la misma Iglesia.

Manuel Mandianes es antropólogo de CSIC y escritor. En blanco es su última publicación.

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