El retablo del golpismo

Durante años, Cataluña ha escenificado su particular versión de un popular entremés cervantino: El Retablo de las Maravillas, donde Chanfalla, Chirinos y Rabelín hacen como que interpretan lo nunca visto bajo admonición de que quien no sea cristiano viejo e hijo legítimo no atisbará tamaño portento. Como todos presumen de serlo, asienten con lo que los sablistas tienen por pertinente en el teatrillo del sabio Tontonelo. Es tal alucinación que un labriego baila con una inexistente doncella y acredita que los irrefutables títeres son más bien los infelices aldeanos a quienes movían los hilos aquella trinca de rufianes.

Todo marcha sobre ruedas hasta arribar al pueblo un furriel para apalabrar el alojo de la soldadesca y hace notar que el retablo, lejos de albergar prodigio alguno, está vacío. Su apreciación hace revolverse contra él al regidor de la villa gritando cual poseso: “¡De ellos [judío o bastardo] es, pues no ve nada!”. Desplegó la rudeza del converso que antes había acallado su comezón mascullando: “Habré de decir que lo veo por la negra honrilla”.

Aquella sátira de Cervantes sobre la confiada sociedad de su época coadyuva a descifrar el proceso (más kafkiano que concebido por el mismo Kafka) de una Cataluña que pilota un secesionismo tan subvencionado como afiebrado y que, al promulgar una independencia ficticia, prueba que la estupidez carece de límites. El separatismo se ha ingeniado sus fantasmagorías meneando las cuerdas a través de Chanfalla Puigdemot, Rabelín Junqueras y Chirinos Forcadell.

Si no querían ser tildados de malos catalanes o, directamente, de botiflers (traidores), sus moradores debían transigir con que una Cataluña fuera de España sería el jardín de las Hespérides y gozarían, por serlo, como bromeó Francesc Pujols, filósofo de cabecera de Dalí, de todos los gastos pagados. Así, reveses como la fuga en tropel de empresas no perjudicaría sus bolsillos. En suma, valdría más ser catalán que multimillonario.

El nacionalismo transfigura en axiomas colosales sandeces con el silencio de quienes no tragan con patochadas, pero callan para no señalarse. Esa conducta acomodaticia hace que la fabulación nacionalista goce de prestigio inexplicable. ¿Cómo no pensarlo si ha logrado sentar casi como verdad canónica que una Guerra de Sucesión por el trono de España fue una apócrifa Guerra de Secesión? Juega con la credulidad de la gente y se beneficia de la catequización en escuelas donde se inoculan a los adolescentes la animadversión a España y lo que ella simboliza, lo que refuerza la radiotelevisión pública.

Así ha acaecido hasta que el montaje se ha venido abajo por su peso cuando, en el colmo de la ensoñación, el secesionismo ha desbordado su delirio y ha abierto los ojos a los más cándidos, la boca a los silenciados y ha obligado a actuar a una autoridad que se ha tragado sus embelecos. Esa circunstancia ha desatado su voraz incontinencia y ha originado la tragicomedia catalana, en la que se ha aunado lo trágico de sus secuelas y lo grotesco de una charlotada en la que sus petimetres han hecho el necio sin ayuda ajena.

Sin duda, un triste homenaje a Tarradellas, en el cuadragésimo aniversario de su regreso del exilio. Bien repetía éste que, en política, lo único que no puede hacerse es el ridículo. Tan chusco fue el Pleno de la segregación que ni abrieron la boca los dos líderes de la revuelta ni Puigdemont se asomó siquiera al balcón de la Generalitat para no constiparse, por no referirse a su aparición grabada por TV3 -aún bajo su mando operativo- como president destronado en la ciudad de la que fue alcalde, cerrando el círculo de su escapada. Ni ellos ni sus menguantes seguidores pueden tragarse ya sus engañifas.

Lo peor es que los distintos presidentes de Gobierno de la Nación, por conveniencias varias, han hecho gala de una ceguera voluntaria que no desmerece a los aldeanos satirizados por Cervantes y que cortó de raíz aquel envalentonado furriel en medio de tanta sandez.

Pendientes de salvar la partida diaria, todos sin excepción han ignorado la naturaleza del nacionalismo, al igual que esa burguesía que los alienta y luego se refugia en las sayas del Estado, pidiendo a sus gobernantes que le saquen las castañas del fuego que ellos han encendido. Todo sea que ese mismo establishment catalán no persiga ahora que, buscando restañar heridas, sea el conjunto de los españoles el que reponga la vajilla rota y vuelva a reacomodar a ese mismo nacionalismo para que haga trizas definitivas a un achacoso Estado.

Comandados por tales timoneles, los espacios abiertos de una Cataluña que fue cosmopolita hasta que cayó en el ombliguismo nacionalista ha notado como los tractores del ruralindependentismo, hijos del carlismo devenido en secesionismo, han invadido el espacio de libertad de la ciudad, ocupando esas vías urbanas con sus esteladas tremolantes. De nuevo, pues, el Estado ha tenido que ir al rescate de Cataluña y a restaurar el orden constitucional de esta Catatonia transmutada en guardería de lacrimosos viejos bebés gruñones con la faz cariacontecida de Puigdemont y Junqueras.

Atrapada en su chauvinismo ridículo y en su megalomanía identitaria, la Cataluña nacionalista, como explica el filósofo francés Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia, padece dos de las patologías características del mundo occidental: el infantilismo que demanda seguridad sin sometimiento a obligación alguna y el victimismo de privilegiados que se sienten unos perseguidos exhibiendo unos agravios, a menudo, más aparentes que reales. Exigiendo ser reparados, los auténticos damnificados son desplazados por estos maestros en el arte de colocarse la máscara de los humillados. Con ella, se consideran habilitados para no someterse a las leyes y escapar a las consecuencias de sus actos.

Por eso, para reconducir el extravío, una vez parado el golpe, entrañaría una singularidad en toda regla que se hiciera un mejor uso de esta Constitución de 1978 que garantiza la igualdad. Escrito está por Montesquieu que “la libertad es el derecho de hacer lo que las leyes permiten; y si un ciudadano pudiera hacer lo que prohíben, ya no habría libertad, porque los otros tendrían ese mismo poder”.

Al final, Rajoy ha optado por aplicar 55 días el artículo 155 de la Constitución con miras a convocar elecciones, o lo que es lo mismo, adopta la decisión que ofreció a Puigdemont para no desenfundar un artículo estigmatizado estúpidamente y que el president, rehén de sus inconsecuencias, no quiso asumir. No fuera cosa de que lo defenestraran por el balcón de la Generalitat aquellos mismos que fueron a buscarlo a la Alcaldía de Gerona para que trajera la independencia.

Se dirá que Rajoy ha acordado un 155 de circunstancias para supeditarlo al apoyo de Sánchez y Rivera, así como a las peticiones de las cancillerías europeas para que no se repitieran escenas como las del 1-0, fruto de la práctica inexistencia del Estado en Cataluña y de la deslealtad de los Mossos. Pero, a la postre, han resultado excusas perfectas para un político sofá que se adapta a todos los traseros. Si la política es anticiparse a los acontecimientos antes de que te arrollen, y la función del 155 era evitar la proclamación de la independencia, ha acudido a él a posteriori y en la confianza de que, destituidos los cabecillas del golpe catalán, sean los catalanes los que asuman, voto en urna, pero de veras, la responsabilidad de su solución.

Rajoy, del que sus rivales dirán que la Fortuna ha hecho más por él que él mismo, no ha atendido a una máxima napoleónica que vale para la guerra y la política: “Si empiezas a conquistar Viena, conquista Viena”. Bonaparte la tuvo en cuenta para su victoria en Austerlitz, pero la omitió en Waterloo capitulando ante Wellington. Es de Perogrullo que en 40 días no se pueden resolver los problemas de 40 años de dejación del Estado. Pero tampoco se ve voluntad de querer entrar en ellos, por lo que, restablecida la normalidad en Cataluña con el marcapaso del 155 y dado el carácter recurrente de la Historia, habrá que afrontar nuevas reediciones de estos episodios bajo la máscara de la novedad.

A este respecto, Cataluña presenta menos variaciones que aquel music-hall que visitó Bernard Shaw para demostrar que no se operaba evolución alguna en los mismos. Así contaba que una noche estaba en uno de ellos y, aburrido de ver a un prestidigitador ejercitándose con unas bolitas, se fue. Regresó al cabo de 10 años topándose con que el mismo ilusionista proseguía jugando con iguales bolas. En Cataluña, los ilusionistas varían, pero el juego no cambia. Menester será que tenga el 155 a mano

Conviene no olvidarlo tras el alivio que ha supuesto no franquear esa Puerta del Infierno que figura -oh casualidad- en la exposición que, en el centenario de la muerte de Auguste Rodin, acoge justamente Barcelona en estas horas aciagas y que da nombre al conjunto escultórico inspirado en La Divina Comedia, de Dante; Las flores del mal, de Baudelaire, y Metamorfosis, de Ovidio.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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