El reto común de PSOE y Podemos

En la pugna por el dominio electoral del espacio de la izquierda, Podemos y PSOE se enfrentan a distintos desafíos: la principal tarea pendiente para el partido de Iglesias es seguramente recomponer la transversalidad de su discurso, mientras que la del PSOE sigue siendo la de la credibilidad. Sin embargo, ambos partidos afrontan al mismo reto a la hora de definir un discurso territorial que les permita articular la diversidad de preferencias sobre el Estado de las autonomías entre los votantes de izquierda. La dificultad de esta tarea estriba en que dichas preferencias se han polarizado durante los últimos años. En consecuencia, el discurso territorial en la izquierda se ha convertido en un juego de suma cero, porque su atractivo en algunos territorios desemboca en la pérdida de votos en el resto.

Si se compara entre 2010 y 2015 y por regiones las preferencias sobre el modelo territorial de quienes se definen ideológicamente de izquierdas, el resultado es que estas han evolucionado en direcciones opuestas: en seis regiones la izquierda se ha vuelto en promedio más autonomista (Baleares, Cataluña, Galicia, Madrid, Navarra y País Vasco), mientras que en cuatro de ellas (Andalucía, Castilla-La Mancha, Castilla y León y Extremadura) ha derivado a posiciones más centralistas. En el resto, la media se ha mantenido con pocos cambios. El resultado es que la distancia entre la izquierda más descentralizadora y la más centralista se ha agrandado. Esto no ha ocurrido en la derecha, cuyo viraje hacia el centralismo convierte a sus votantes en un electorado más homogéneo. En 2015, en casi todas las regiones los ciudadanos de derechas preferían un modelo más centralizado que cinco años antes, con la excepción de Cataluña, donde son más soberanista que en el pasado.

El reto común de PSOE y Podemos¿Cómo encaja esta evolución de la opinión pública en el escenario poselectoral en el que nos encontramos? La polarización territorial de la izquierda alrededor del modelo autonómico se solapa enormemente con la distribución territorial del voto a Podemos y el PSOE. Mientras Podemos se ha hecho fuerte allá donde la izquierda se ha vuelto más autonomista (o soberanista), el PSOE resiste donde la izquierda se ha vuelto más centralista. En consecuencia, el reto para ambos partidos es articular la diversidad de preferencias territoriales evitando que la actual concentración regional de sus apoyos se convierta en un obstáculo para conseguirlo. El partido que antes encuentre ese equilibrio estará mejor posicionado para dominar el espacio electoral de la izquierda.

En el caso de Podemos, su posición proautonomista responde a una mezcla de ideología y oportunismo organizativo. El partido de Iglesias comprendió desde el principio que convertirse en una formación de ámbito estatal en un Estado descentralizado y en un breve espacio de tiempo requería organizarse de abajo a arriba, es decir, buscando un soporte organizativo en estructuras ya creadas. La decisión de este partido de unirse a las confluencias no solo fue coherente desde el punto de vista de su más o menos definida visión plural del Estado, sino también estratégica desde un punto de vista electoral, pues les permitió remontar en las encuestas en otoño de 2015 y aumentar el grado de penetración territorial de su aparato organizativo. Además, los resultados del 26-J mostraron que Unidos Podemos resistió mejor donde concurrió como parte de confluencias.

Sin embargo, esas ventajas electorales conllevan ciertos costes, pues el partido debe ahora gestionar una compleja organización que integra una coalición (con IU) y una estructura descentralizada donde los líderes territoriales han ganado peso gracias a sus resultados electorales. La baronía más complicada para el partido, por su mayor divergencia en el tema territorial, es En Comú Podem. Si comparamos las preferencias sobre el modelo territorial del votante de Podemos con el votante de En Comú Podem, este último es casi tres veces más partidario que el primero de un modelo territorial que reconociese la posibilidad de independencia a las comunidades autónomas. En cambio, las diferencias entre los electores de Podemos y los del resto de confluencias en relación con la cuestión territorial son menos significativas.

Ante las incipientes baronías, el partido debe saber encontrar, en un contexto más complejo, el difícil equilibro que durante un largo periodo tan bien le funcionó al PSOE: mantener un vínculo estable con el poder territorial, sobre todo con Cataluña, sin que ello suponga un techo electoral en las provincias con electorados más centralistas. Si no es capaz de hacerlo, quedará confinado a las periferias en un doble sentido: organizativamente, si desarrolla un modelo confederal de fuertes baronías y centro débil, y electoralmente, si se resiente su capacidad de recoger votos en el resto de regiones.

Respecto al PSOE, una de sus mejores cualidades durante años fue ser capaz, tanto ideológica como organizativamente, de articular la pluralidad de intereses de los distintos territorios. En el tiempo del bipartidismo, la apuesta autonomista de los socialistas, en comparación con el Partido Popular, era clara e incuestionable. Sin embargo, mantener dichas credenciales se ha convertido en una tarea más complicada para el partido de Pedro Sánchez debido a la polarización del debate sobre la cuestión territorial y a la fragmentación del sistema de partidos.

El ascenso de Podemos en la periferia ha debilitado al PSOE como marca electoral autonomista con capacidad de atraer en las elecciones generales a votantes nacionalistas. En este contexto, el riesgo para los socialistas es que una insuficiente sensibilidad territorial les inhabilite para competir con Podemos en las provincias donde la izquierda se ha vuelto más autonomista y, en consecuencia, que sus apoyos electorales queden confinados esencialmente a las provincias del sur y del este. Los cambios en la ejecutiva del partido que se produzcan durante los próximos meses serán cruciales para determinar en qué dirección van a resolver el dilema territorial y, en concreto, si acaba imponiéndose la visión de la federación andaluza.

En definitiva, Podemos y PSOE se enfrentan al reto de articular en un mismo discurso la diversidad de preferencias territoriales de los votantes de izquierda. Parten de visiones distintas, por lo que si quieren evitar que la concentración territorial de sus apoyos les impida crecer electoralmente, la posición de uno debería converger algo más hacia la del otro. El que sea capaz de hacerlo primero minimizando los costes ganará cierta ventaja. Los líderes de estos partidos también podrían optar por evitar dicho reto enterrando el tema territorial bajo la alfombra ideológica izquierda-derecha. Sin embargo, dado el contexto actual y las reformas pendientes, no parece que esto vaya a ser posible.

Sandra León es profesora en la Universidad de York y colaboradora de la Fundación Alternativas.

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