El reto de generar energía sin provocar un cambio climático

Por Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física de la Universidad de Alcalá de Henares y uno de los mayores expertos en España sobre cambio climático (EL MUNDO, 17/01/07):

La Comisión Europea emitió el pasado 10 de enero un comunicado sobre los problemas a los que se enfrenta la Humanidad si se siguen utilizando los combustibles fósiles como fuente energética. El ser humano, que había vivido en la miseria a lo largo de su Historia, descubrió hacia 1800 las ventajas que podía reportar a cada persona utilizar 10 kilowatios en vez de 0,1. Su vida sería así, independientemente de vicisitudes políticas, 100 veces mejor que la de los animales que le rodeaban, limitados a esos 0,1 kilowatios.

Esta enorme cantidad de energía salió primero del carbón y, posteriormente, del petróleo, combustibles fósiles que se quemaban 100 veces más deprisa de lo que habían tardado en formarse. Hasta aquí todo bien. Un reino de Jauja o la isla de Utopía. Gracias a este gigantesco suministro energético, la población humana pasó de 700 millones de individuos a unos 7.000 en 200 años. Hasta aquí todo bien, de nuevo. En los años 50 del siglo XX, la energía era abundante y barata, y nadie pensaba que pudiese presentar problemas. Las casas se hacían sin aislamiento y los coches gastaban de manera desmedida. Los seres humanos se formaron convencidos de que no existía límite al consumo, mensaje rápidamente asimilado por directivos de países y empresas.

Pero las cosas no son tan bellas, ni existe Jauja, y la isla de Utopía sólo estaba en la mente de Tomás Moro. Cuando obtenemos energía quemando combustibles fósiles emitimos el gas CO2 a la atmósfera. Este gas es inocuo, y es el que posibilita la vida en la Tierra, al hacer que su temperatura media global (TMG) esté entre los 9 y los 22 ºC. Es el gas que utilizan las plantas para crecer y almacenar la energía. Sin embargo, el exceso de CO2 en la atmósfera es dañino. En la etapa en que nos desarrollamos como Homo Sapiens, la cantidad de CO2 en la atmósfera osciló entre las 180 y las 280 partes por millón y la TMG entre los 9 y los 15 ºC. Hoy estamos ya en 380 partes por millón, camino en 20 años de las 500. No debemos superar estas 500 ppm. Pasado este umbral, el clima de la Tierra cambia de forma irreversible a escala humana.

El problema , tengo que insistir, no es que haga más calor. Es que millones de personas se quedarán sin agua y con un suelo desertizado. ¿A dónde van a emigrar esas personas, sobre todo de Africa? Es claro que hacia España. Gracias a la energías fósiles hemos creado una civilización enormemente frágil, por su tremenda complejidad, en la que una subida de temperatura de 6ºC lograría destruirla, no directamente, sino a través de movimientos migratorios y guerras, y en la que una subida de 3ºC produciría unas perturbaciones tremendas.

Si seguimos basando nuestra energía en los combustibles fósiles y emitiendo a la atmósfera CO2 al ritmo actual o a un ritmo aún mas acelerado, la destrucción que acabo de citar se producirá dentro del presente siglo, y el punto de no retorno hacia esa destrucción no es de más de 20 años.

Consciente de este problema, la Comisión de las Comunidades Europeas ha acordado una serie de medidas que deberían conducir a la reducción en el plazo de 13 años de las emisiones de CO2 en la Unión Europea, en un 20% del valor que tenían en 1990. Para ello, la única alternativa es empezar a eliminar los productos carbonados fósiles como fuentes de energía.

Pero, ¿puede hacerse esto?

Sin el menor problema, y además en un plazo razonable. Disponemos de la tecnología necesaria para ello. En primer lugar, necesitamos volver a poner en cultivo toda la superficie posible en España y en el mundo, para la captura de la energía solar por plantas que puedan convertirse en etanol (remolacha, por ejemplo) y aceite o, por otro nombre, diesel. La soja y la palma serían algunas de estas plantas, además de otras nuevas. Está claro que estas plantas deben cultivarse sin aporte de energía fósil, de manera que los fertilizantes que utilicen deberán haber salido del uso de la energía solar, y que el diesel de los tractores que labren las tierras sea también derivado de plantas actuales. Al hacer esto, estaremos inyectando nueva vida al campo.

Necesitamos incrementar el número de molinos de viento, y diseñar métodos de distribuir la energía que producen y almacenarla. El almacenaje debe ser vía hidrógeno, y la distribución, vía redes de alto voltaje en corriente continua de escala europea. Necesitamos incrementar el número (hoy testimonial) de centrales de energía solar térmica y fotovoltaica, utilizando el mismo esquema de almacenamiento y distribución que para la energía eólica de los molinos de viento. Y necesitamos instalar tanto molinos de viento como celdas solares en todos los edificios de todas las ciudades europeas y a escala también planetaria.

La Comisión Europea habla bastante de esto. También lo hace el Gobierno de Zapatero en España, así como las comunidades autónomas y los municipios. Hablar se habla mucho. Se convocan reuniones, conferencias, comisiones de trabajo. Pero, ¿y qué más? Por ejemplo, en Madrid no hay una sola central solar, ni el alcalde ofrece subvenciones para que los ciudadanos de la capital instalen celdas solares en sus viviendas. Antes bien, Gallardón ha propiciado, con sus nuevas calles y vías rápidas, un aumento del uso del coche privado, la velocidad del mismo y los atascos en las salidas y entradas a esas vías rápidas, todo ello implicando un aumento substancial de las emisiones de CO2 en Madrid. Por su parte, el ministro de Industria ha asignado una cantidad 10 veces mayor a la minería del carbón que al Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía. Una cosa es predicar y otra muy distinta, dar trigo.

Estamos jugando con fuego, y lo estamos haciendo como niños. En vez de acciones decididas, en vez de tomarnos en serio el problema, estamos utilizando esencialmente la palabra en vez de la decisión y el dinero. Los compromisos antiguos nos atan de pies y manos. En vez de liberarnos de cadenas ya viejas seguimos arrastrándonos pegados a tierra sin poder levantar el vuelo hacia el mundo de hoy.

California aprobó el pasado diciembre una ley (no una recomendación) que obliga a este Estado norteamericano a reducir sus emisiones de CO2 en un 25% respecto a las actuales, antes del año 2020. Siete estados del noreste de los EEUU están considerando medidas parecidas. La Comisión de la Unión Europea ha propuesto hace unos días medidas muy similares a las de California, que sugieren a los países miembros que reduzcan sus emisiones en un 20% para el año 2020. Mientras tanto, el Gobierno del presidente Bush rechaza cualquier medida real para reducir emisiones a escala estatal, y los países más contaminantes del planeta -China, la India y Brasil- están a la espera de signos positivos del resto de los países del mundo.

Se habla mucho de que hacer todo esto supone un gasto que no puede asumir la sociedad. Pues bien, analicemos algunas partidas de los Presupuestos Generales del Estado. En los de 2007, se destinan 2.000 millones de euros para autovías, 400 millones de euros para compensar a las autopistas de peaje, 400 millones de euros para la televisión estatal, 1.000 millones de euros para la minería del carbón, y así otros muchos destinos del dinero. El Instituto para el Ahorro y Diversificación de la Energía tiene como presupuesto 74 millones de euros. Está claro donde está el interés público. De nuevo, una cosa es predicar y otra dar trigo.

Invertir en energía tiene la ventaja de que es invertir en dinero que vuelve a producir dinero. Invertir en nuevas energías es inyectar un impulso inmenso al desarrollo industrial, agrario y productivo español. Por el contrario, seguir insistiendo en más de lo mismo nos lleva, por un lado, a la aceleración del cambio climático, y por otro, a perder la capacidad de adaptación frente a los nuevos retos del siglo XXI.

Si todo son ventajas, ¿de dónde sale la resistencia al proceso? Sólo puede venir, como en otros muchos casos de la política, de compromisos adquiridos hace años. Así como nuestro devenir actual deriva de ideas de hace al menos 40 años, el esquema energético que estamos viviendo deriva de ideas ya caducas, pero que siguen en marcha por falta de decisión política.

En la actualidad, se sigue insistiendo en el uso de la energía nuclear. Ésta es, no lo olvidemos, en su más pura esencia, peligrosa. Sus residuos son muy difíciles de almacenar y neutralizar. ¿Es necesaria? Es claro que no, pues la solar es igual de eficaz y es, en su esencia, inocua, y sus residuos no entrañan peligro alguno. Pero hay personas en posiciones de poder que han soñado toda su vida con la energía nuclear. ¿Van a dejar estas personas de lado su sueño sólo porque la tecnología ha ido más deprisa que sus mentes?

Cuando un alcalde consulta a los que tiene a su lado sobre en qué invertir el dinero de que abundantemente dispone, ¿cuál puede ser la respuesta? La mayoría de ellos sólo tiene la idea de que el dinero se debe invertir en pisos. Se formaron hace ya muchos años y, aunque han leído u oído algo acerca de nuevas energías o de ahorro energético, no tienen de ello un conocimiento detallado de manera que, ante la duda, tiran por la vía más fácil.

Cuando un presidente de Gobierno consulta a su alrededor sobre este problema, recibe toda una serie de opiniones contradictorias. Hay quien dice que se debe insistir en el gas natural, otros en la energía nuclear, los que proponen la energía solar no pueden aportar experiencias, como tampoco los que proponen el hidrógeno como vector de almacenamiento. De esta manera van pasando meses y años, el problema se va agravando, y no se acaban de tomar las medidas necesarias para la corrección del problema.

Por desgracia, la parálisis sólo se romperá de verdad cuando sea tarde, cuando los efectos sean ya tan grandes que no pueda seguirse dando la espalda al asunto. Entonces será tarde y las medidas que podamos ir tomando irán siempre por detrás del aumento masivo de la temperatura.

La única solución es un convencimiento profundo de dónde está el problema de la sociedad. Como en la época de los arbitristas en España, que no se cansaban de señalar la locura de emplear la riqueza del país en una guerra inútil contra Holanda, nuestros gestores sociales deben darse cuenta de que estatutos, leyes de dependencia, violencia de género o repartos territoriales de poder son juegos que hoy no se puede permitir nuestra sociedad, cuando el peligro de destrucción es claro como el día y está a la vuelta de la esquina.

¿Serán nuestros gobernantes los equivalentes a los últimos tres Austrias?